VIENTO SEGUNDO: VIENTO QUE SE MUERE COMO EL ÚLTIMO ALIENTO...
Minuto a Minuto

RADIO Sabersinfin.com

 

 

 

VIENTO SEGUNDO: VIENTO QUE SE MUERE COMO EL ÚLTIMO ALIENTO, COMO EL SOPLO DE VIDA QUE TERMINA, COMO TERMINA ESTA HISTORIA, EN UN SUSPIRO

 

  

Por: Alejandro Tamariz Campos[1]

Viento que canta los elementos vitales, los que se separan cuando lo que anima se aleja, los que se descomponen cuando el verbo se va al origen, lejos como los recuerdos que regresan al fin a casa.

 

 Así, como esta separación dolorosa, en que la materia vuelve a la materia, volverá mi vida a la muerte, porque en gran medida lo que animaba a este loco corazón era ese motivo, esos ojos, esa risa, ese paso a prisa, siempre corriendo como el correr de un río montaña abajo, así se va inclinando esa balanza que siempre hacía menos aún mi más caro esfuerzo, y así se va ahora en este silencio.

 

  

 

Y en silencio queda mi amor dolorido, como ese otro “no me esperes porque no llego”, en esa elección sin fraude en que siempre pierdo, en esa vista impía que no se detiene a mirar mis ojos, con esa decisión mezquina que no da nada porque esta acostumbrada a recibir, y en este silencio se pudre y se enferma mi esperanza ya de por si tan adolorida, en el olvido de estas calles solitarias, de estos refugios de corazones proscritos, en este refugio de alcohol y tabaco oscuro, en silencio.

 

 

 

Ya sea por una, ya sea por otra, por cualquier razón, quizás aún por la razón de la sin razón, es que sea, es que duela como duele, es que sangra como sangra, es que se atore nuevamente en mi garganta tu nombre cuando estoy impedido a pronunciarlo, porque lo mancho, porque así es la sentencia sin leyes, porque así fue de dura esta decisión como el diamante de tu mirada, como el rigor y la firmeza de elegir la bifurcación de los caminos.

 

 

 

Ojala, que la culpa no se asome, que no sean decisiones de las vísceras, las que obligan a tu corazón y a tu deseo a hablar con el silencio, ojalá que no sea la indolencia de tu cuerpo la que no se permita testimoniar el hecho, ojalá que no sean las culpas, y ese incierto que se traduce en angustia las que aparezcan, y que todas esas cosas hermosas que pasamos no se callen para condenarme como me condenas ahora, porque cuando el fusil del tiempo haga blanco en este amor que siento, y se derrumbe poco a poco en el semblante de la muerte, no habrá crimen sin castigo, no habrá tranquilidad en este acto injusto, ni sosiego, ni retórica que lo justifique.

 

 

 

Pero si así tiene que ser, que así sea, que mi amor quede ante esta dura condena sin indulto, sin queja alguna, sin el arrepentimiento de los cobardes, sin que le venden los ojos, para poder mirar otra vez, el dulce aroma de tu amor, el tierno y dulce calor de estar profundamente enamorado.

 

 

 

Y así, pasarán esas huellas que desandan esos caminos, como una sombra detrás de estas circunstancias que me dan muerte, tus besos húmedos, la profunda emoción de verte, de escucharte, de hablarte, aunque no me escucharás, pero aún así de hablarte, con mis palabras necias, con mis locuras, con mis manos, con mi deseo, con la luna de testigo, con unos ojos que te gritaban que te necesitan, que no pueden vivir sin verte, porque no soy nada sin ti, como en esta noche húmeda, como en este dolor que ya no aguanto, con estas ganas de llorar, y que me permito ver sin esta venda de la hipocresía.

 

 

 

Sólo espero que este duro juez que me juzga, nunca tenga los sueños de los culpables, quienes siempre sueñan su daño y su perfidia, y siempre viven marcados por la angustia, por la insoportable dureza de la consciencia que como una voz constante les reclama el crimen.

 

 

 

Y este sueño de amor, se confunde con la muerte, el sueño primo hermano de la muerte, que me confunde entre la somnolencia y la agonía, y así me voy muriendo o durmiendo yo esta noche triste, más triste que la derrota, más triste que un blues, más trágico que un tango, como el último suspiro en el que se marcha la vida.

 

 

 

Ya el tequila casi no lo siento, ya el sabor amargo del tabaco me sabe dulce, ni siquiera un ermitaño se sentiría tan solo, porque el tiene a su lado la tranquilidad de su alma, no como yo que tengo un dolor furtivo, un desprecio en emboscada, un papel de malo de la película, un exilio, una condena a muerte.

 

 

 

Pero que quede constancia de esta historia, de la mía, de mi amor, del desprecio, y de la muerte, como del acto del labrador que ciega la vida de la mala hierba, esa que envenena, esa que sólo causa mal, esa que hay que arrancar de raíz para que ya no aparezca porque es terca, porque ésta no necesita cultivarse, porque su fortaleza es dura como la vida, como ese necio insistir, como el insistir mío.

 

 

 

Que se arranque esa hierba, que la maten porque es un amor espurio, porque se ha colado al huerto sin que se le invitara, es un terco amor, y hay que matarlo pronto, que no se defienda, porque es capaz de salvarse, así son esos amores tercos, como las malas hierbas, como este loco amor que por ti siento, ampútenle la voz porque convence a la tierra árida para que le de la razón y la vida, cuando lo bueno casi no crece, y menos florece.

 

 

 

Pero este terco amor crece hasta sobre las piedras, como en la dureza de tu corazón, porque le basta poco, muy poco para vivir, y a veces parece conformarse con lo poco que le ofrezcan, y crece y florece fácilmente, y aunque no lo escuchen canta, y aunque no lo quieran ama, y aunque las probabilidades no lo favorezcan vive, y hace poesía, y arte, el arte necio de la vida, que muere cuando la mano selectiva la arranca por mala hierba, por que sobra, porque es un terco amor.

 

 

 

¡Mátenlo!, mátenlo varias veces, porque sólo dos veces no bastan, porque igual que la vez pasada, pareciera que se había ido, y fue capaz de volver como el fénix, o como las malas hierbas, arránquelo del sentimiento que lo alimenta y arrójenlo lejos, bastante lejos, ahí donde el amor no crece, y esta vez no se equivoquen porque no es el terreno del dolor o de la incomprensión en el que no crece, arrójenlo al terreno de la indiferencia, porque ahí su raíz no penetra, porque ahí la brizna de su esperanza en harapos no llega. Hagan lo que hagan ¡Mátenlo!

 

 

 

No tengan piedad, no oigan al deseo, ni al recipiendario de sus caricias, ni menos a esa angustia que se mantiene agazapada, sólo denle muerte, para que no haga más daños, para que no ocasione dudas y replanteamientos de lo establecido, a esos amores tercos no se les hace juicio, porque son advenedizos, porque no se merecen ni el derecho a ser oídos, sólo merecen morir, así ha sido siempre, porque siempre invocan al amor, ¿qué se han creído?, ¿qué me he creído yo?.

 

 

 

Ni siquiera Pársifal estaba tan loco, ni siquiera el Quijote estaba tan beligerante, ni siquiera Samael era tan terco como este amor tan necio, ni siquiera una parábola o una alegoría podrían decir que tanto me estoy muriendo por ti ahora.

 

 

 

Y así me muero sin mirar tus ojos, sin besar tu boca, sin oír tu voz, y muero como la mala hierba, sin defensa y sin venda en los ojos, sin súplica y sin último deseo…

 

 

 

Porque si me lo pidieran, no lo pediría para mi, como siempre lo pediría por ti, como ayer, como siempre, aún a costa de lo mío, y aceptaría beber este dolor amargo que me mata por dentro.

 

 

 

Y hoy lo vuelvo a beber, más amargo aún, pero espero que la felicidad que tuviste en mi ausencia de hace cinco años se multiplique aún a costa de la mía, que sea más fértil que esos años felices que pasaste sin mi, que esta mala hierba que llora su dolor, abone tu vida, y que se convierta toda esta agua salada que mana de estos ojos que te adoran, eterno dolor manando muerte, sean para ti la felicidad, la tuya, la más importante.

 

 

 

Si me lo pidieran ese sería mi último deseo, el tuyo, cualquiera que tu escojas, con quien sea, como sea, con todo, por todo, a pesar de todo, a pesar de mi.

 

 

 

Si tan solo pudieras verlo, monstruoso aparece este terco amor desistiendo de su esencia, es decir, de su terquedad, para que el huerto cultive los frutos escogidos, es como ver una mala hierba con sentimientos de abnegación.

 

 

 

Si vieras bonita cuanto me estas doliendo, cuanto siempre me has dolido, y cuanto te estoy agradecido de esta esperanza miserable que despertaste, cuanto alimento a la muere y a la poesía.

 

 

 

Pero sobre todo, cuantas mujeres he apartado por ti, sólo por ti, por ti nada más, como si entre más las apartará más estuviera cerca de ti, pero no fue así, como la mala hierba procurando crecer frondosa y elegante para que así la elección del cultivador no la arrancara, como tratando de impresionar, como coqueteando al imposible.

 

 

 

Pero no fue así, no fue, no fui, no fui yo, ¡que demonios le voy a hacer!, que puede hacer este loco amor que me desangra por dentro, sólo morir lo más dignamente posible, y tardar mucho en marchitarme en ese terreno de la indiferencia, sólo por fregar, sólo para hacer valer la característica de terco amor, de mala hierba, sólo para que este dolor se alargue, sólo por disciplina.

 

 

 

Y que no te asombre mi dolor, porque nunca te asombró mi amor, porque no puede causar sombra lo que nunca existió a la luz del sol, es decir tu interés, porque el mío, se cansó de gritar, se quebró de tanto amarte, se esta muriendo sin querer morirse.

 

 

 

Si supieras cuanto has estado en mi corazón desde esa tarde de jacarandas, si supieras tantas otras cosas que nunca me escuchaste porque no me diste la oportunidad de decirte, si supieras lo gustoso que estaba mi brazo izquierdo por sacrificarse por ti, pero nunca me dejaste decírtelo, nunca dejaste que enraizara este loco amor.

 

 

 

Tengo tantas cosas que decirte, pero mi voz ya casi no se escucha por el dolor y la agonía, y se irán marchitando mis palabras, y la muerte lentamente como el atardecer de ese verano nuestro, irá tendiendo su vieja cobija agujerada por donde se miran las estrellas, para el sueño de esta noche olvidada, y la tierra volverá a la tierra avara, y el agua se desangrará en el vapor de este aire fresco, y la luz de este fuego se irá apagando, hasta que otra vez los concurra la vida, hasta que otra vez las separe la muerte. Shhhhhhhhh… SILENCIO.

 

 

 

 

 

 

 

Por doquiera que te esconda la muerte;

 

voy a buscarte:

 

por el agua, por el fuego,

 

por la tierra, por el aire…

 

 

 

Seré cavador de tumbas

 

hasta que mis manos sangren,

 

atalaya de los vientos,

 

buzo de ríos y mares,

 

y salamandra en la lumbre

 

de las estrellas errantes.

 

 

 

Me vestiré con arreos

 

de muerte por encontrarte,

 

y seré sombra entre sombras

 

antes que la sombra llame.

 

 

 

Solo callaré tu  nombre

 

para que no se me escape

 

y se me pierda lo único

 

que no han podido quitarme…

 

Y cuando, al fin, dé contigo,

 

¡cómo correré a besarte

 

con un beso silencioso,

 

con un beso que no acabe,

 

con un beso que no escuche

 

nadie, ni la muerte, nadie!...

 

 

 

Dondequiera que te escondas,

 

irá mi beso a buscarte...

 

¡Por el agua, por el fuego,

 

por la tierra, por el aire!

 

 

 

LA BUSQUEDA       ENRIQUE GONZALEZ MARTINEZ

 

 

 



[1] Alejandro Tamariz Campos (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) egresado de la Facultad de Derecho de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, combina la pasión por la pintura y las letras con el ejercicio profesional.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  1. Facebook
  2. Twitter
next
prev
next
prev

Hay 1287 invitados y ningún miembro en línea