VIENTO PRIMERO O DE LAS ARMAS DEL VIENTO
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VIENTO PRIMERO O DE LAS ARMAS DEL VIENTO

 

 

 

 Por: Alejandro Tamariz Campos*

 

 

 Así, en un aliento queda tu nombre hasta el fondo de mi débil latido, como el ardor en el pecho después de la carrera, como el sabor metálico de la sangre, como este dolor constante y sutil de tu amor, impasible y oscuro, estrepitoso y violento.

 Así se saborea el olvido, como el camino de fusilamiento de esa hora desagradable que no se quiere que llegue pero que es inevitable, como un grito callado e inadvertido, como un héroe sin calle ni festejos, porque la memoria del tiempo pasó la vista de corrido ante su hazaña, ante este inefable aleatorio del destino.

 Pero claro, que no entiendes, porque si entendieras lo mucho que me dueles como me dueles, tal vez otra cosa sería, como ese cuento en el que un pobre diablo estaba triste, porque no tenía que comer, y sólo masticaba cáscaras, y se lamentaba y se dolía; hasta que se dio cuenta que otro más desgraciado repasaba el poco sabor de las cáscaras que el tiraba, y entonces se sintió contento, y un esbozo de sonrisa se dibujo en su rostro; evidentemente su situación no había cambiado, su estado era el mismo, pero ¡Oh sorpresa!, había otro más desgraciado que él, así es, en la medida de la desgracia no importa el dolor o la pérdida, si no la comparación con los otros, porque siempre que existe otro más desgraciado que uno, pareciera que el consuelo es no estar tan desgraciado.

 

 

 Lo que comprueba que no se pueden cuantificar las desgracias, y tal vez ni los dolores; y ahora hasta tú quieres competir con este dolor añejo, con este dolor polvoroso de tiempo, del cual en gran parte fue felicidad tuya, a costa de mi lejanía, a fuerza de mi anonimato, como esa abnegación del salmón para que la vida siga, para que mi dolor fuera felicidad, la tuya, para que tus reclamos sean escuchados, a costa del alejamiento de los míos, para que tu voz se escuche a costa del silencio mío.

 

 

 Y sólo es egoísmo, sólo eso, también el mío, porque a quien le puede importar alguien tan desgraciado que repasa cáscaras, a quien puede importarle una hora, un día, un abrazo, el gastarse un tiempo y un espacio, una mirada a los ojos, cuando yo hubiese dado mi brazo izquierdo, incluso un lunes o un jueves, pero cuando mi interés personal asoma la cara, es tratado como un delincuente, como a una mala palabra, como una grosería, como si le estuviera vetada la existencia, sin derecho a voz ni a voto.

 

 

 Y es que ese estarte yendo mal no es exclusivo, ni siquiera para competir con mi mala fortuna, ni siquiera en otras cosas, porque en la desgracia, como canción de José Alfredo siempre gano, es decir, siempre pierdo, y si las pérdidas son mi constante, como puedo competir con el otro polo, como puedo competir si contigo siempre pierdo, si no hay manera de ganarle al amor que por ti siento.

 

 

 Yo entiendo que en la vida hay prioridades, las tuyas, las que sean, cualesquiera siempre serán primero, y si alcanza, se agendará este suspiro, este dolor que me mata de angustia, esta espera que tu acordaste, este domingo, el que escogiste, este como todos esos días largos, lejanos que se estiraron como se estira el vacío en el estómago, este bogar a la deriva.

 

 

 Pero como todo perdedor profesional, estoy aquí, con este dolor silencioso, que cuando se acerca a tu oído lo espantas con un movimiento de hombros, aquí, como antes, así, como ayer, como ese no llego de antes, como si la historia, no la misma, si no otra más dolorosa, solo le diera vueltas al mismo punto, casi en un movimiento cíclico.

 

 

 Y la memoria del tiempo se registrará así, sin villanos ni víctimas, si no con alguien que se enamora perdidamente como yo, y que se va en esta vereda del desprecio otra vez, otra vez a brindar con extraños, otra vez a llorar por estos mismos dolores, otra vez a presumir la desgracia, a regresar a esta costumbre melodramática de la tragicomedia mexicana, José Alfredo Jiménez no ha muerto, es la memoria del pueblo que canta la misma canción, esa que se lleva el viento.

 

 

 Pero ya habrá alguien que se ajuste a tus caprichos, que este a la estatura de tu vida, que no repase cáscaras, que no sea tan menos, que no te provoque tanto odio, tanto resentimiento, ni tanta indiferencia, y que sea digno de gastar tu tiempo, y la mirada de tus lindos ojos, porque este amor que siento, no alcanzó a cumplir tanto requisito, simplemente, no merece siquiera aspirar a tu fina y agradable presencia.

 

 

 Hablemos entonces de las armas del viento, que hace crujir mi corazón en esta madrugada de otoño, como el crujir de las hojas de los árboles del jardín como premonición de este llanto, que ya no se soporta en las nubes grises.

 

 

 Hablemos de este viento salado que se ha mezclado con las lágrimas saladas del mar, de este mismo mar que hace naufragar mi corazón herido, de esta herida, sobre la otra herida, esa que no había acabado de sanar, de esos años, y de esos dolores.

 

 

 De este viento tan voraz y tan rápido, que no encuentra obstáculo, porque esta en el vacío, como en el vacío de mi vida sin ti, sin tu odio siquiera, sin tus esperas aplazadas cuando menos, sin siquiera la esperanza, esa mínima, esa que estaba en harapos, esa miserable, esa repasadora de cáscaras, esa esperanza tan desgraciada, que hacía los días largos y distantes, pero dispuesta a ese llamado casi imposible, esa esperanza que esperaba, como un caballero mal armado, mal comido y mal vestido, que espera el llamado a la batalla, que de tanto esperar ya esta oxidado, enmohecido, vacío. 

 

 Todo se va en el viento incluyendo esta desgracia, y se transforma en el viento del norte, ese que trae tormentas huracanes y desastres, ese viento que trae muerte y agua violenta, y ese dolor se va a transformar con la combinación del calor y la humedad de mis lágrimas con ese viento del norte que trae tu nombre ya marchito, y ese dolor se irá pudriendo, y se mezclará con la tierra de mis pasos que siguen recorriendo este insondable camino. Y al paso del tiempo, será campo fértil para otro amor, será la madre de otra semilla,

 

  

 

Canto ahora el viento que inunda ardiendo a otros cuerpos

 

y a través de nosotros destierra,

 

mas retiene confusamente unidos,

 

hundiendo una pequeña daga de alarmas e impaciencia.

 

Que no invade la ventana en que observas

 

el paso de otras vidas sobre tu vida y tu piel:

 

eres una memoria de sangre y rostros que llegan a mi,

 

cuerpos ardiendo en el olvido y que no se consumen

 

como esta hora sin sitio

 

que destierra y desata, absorbe y sana.

 

Es el viento que remonta despertando más allá de nosotros,

 

en la paciencia inconstante de las noches.

 

Ahora, vuelvo a recibir tu aliento.

 

Viene, llega este tu amor a través

 

de cuerpos semejantes a los nuestros

 

y ya en tus ojos nos hace mirar lo mismo.

 

Es el aliento que entibiará los mismos lugares

 

cuando abracemos la tierra que ahora nos sostiene;

 

que a través de otras noches, de otros años,

 

llegará hasta nuestros siguientes cuerpos,

 

persistirá en nuestras siguientes vidas,

 

amándote con esta caricia, con esta piel que no seré yo,

 

besando otra vez tus ojos, tus manos,

 

el tibio cuerpo que no serás tu.

 

Y en nuestra habitación, junto a los ríos,

 

en el lecho del hotel, en escondrijos,

 

en solitarias calles: ramas, árboles

 

donde este viento de amor se enreda y gime,

 

es viento que nos enlaza y nos comunica

 

más allá de los pensamientos y fracasos,

 

de las mentiras y masacres;

 

viento sin centavos, viento sin ropa, sin nombre,

 

que nos hace miserables y poderosos,

 

viento en que el muchacho se estrella en un cuerpo olvidado y

 

envejecido

 

que lo acoge,

 

viento en que la muchacha encuentra la primera caricia que la

 

aprisiona

 

y la descubre,

 

viento en cuya certeza podemos sentir que somos uno,

 

decir que somos uno:

 

luminosa, opaca, distante, envejecida, tibia,

 

pero luminosa, carne irremplazable.

 

CARLOS MONTEMAYOR…DE LAS ARMAS DEL VIENTO

 

POESIA 1977-1994 EDITORIAL ALDUS-MEXICO PP. 15

 

 

 

 

 

 

 

*Alejandro Tamariz Campos (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) es abogado egresado de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, combina el ejercicio profesional con la afición a las letras y la pintura.

 

 

 

 

 

 

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