El pueblo de las piedras quebradas
Minuto a Minuto

 

 

25 de agosto de 2021

 

Suyin Espinoza
Crónica y fotografías

 

Bendecido por una geografía que te quita el aliento y un no sé qué que te seduce hasta sus adentros, seas visitante u oriundo del lugar, el pueblo resguardado por el imponente Cerro del Tepozteco es tierra de historia, misticismo, tradición, sabores, artesanías, un clima inmejorable y relajación, pero sobretodo, una vibra intensa y energía que revitaliza. En la actualidad, se le identifica como uno de los “pueblos mágicos” de México. En los cerros de Tepoztlán hay cuevas sagradas que conducen al corazón de la tierra donde habitan los antiguos dioses y en las que se encuentran pinturas rupestres, primitivos diseños de antiguas deidades y de elementos de la naturaleza.

Tepoztlán, viene del vocablo náhuatl que significa lugar del hacha de cobre o lugar de las piedras quebradas. Sus calles parecen sacadas de un pintoresco cuento del siglo pasado contado con hermoso lenguaje, un cuento donde la gente juega un gran papel, los niños pasean tranquilos jugueteando de arriba abajo, mientras que, los mayores atraviesan las amplias avenidas vestidos con sencillas ropas y un accesorio característico: la sonrisa bien amplia. La actividad del comercio abunda y se disfruta, puesto que, el vendedor es cálido y no cesa simplemente en cerrar la venta, te dibuja los atractivos y las principales festividades del lugar.

 

El champagne mexicano

 

 

Ha contado el señor Alejandro, quien vende pulque en la avenida principal, que, cuando se recorren las brechas que ascienden a las montañas, entre los enormes paredones de roca y el silencio, se percibe todavía el rumor de los miles de peregrinos que durante siglos y procedentes de lugares tan lejanos como Guatemala, vinieron aquí a rendirle culto a sus deidades y de paso, les heredaron la bebida de los dioses, el pulque, el cual es clásico en este pueblo de piedras quebradas.

Don Alejandro, creador del champagne del mexicano como él lo llama. Nos contó desde acerca del proceso del pulque, una bebida alcohólica de la región que estaba asociada a la fertilidad, la cosecha y el viento, según los antepasados. Cómo con la revolución industrial las compañías cerveceras obligaron a salir del mercado a los artesanos del pulque, hasta que la producción y tradición de este se vio arremetida a casi la “ilegalidad”, en ese entonces. Pero también nos ilustró sobre la leyenda de la creación del pulque.

Se dice que, Tepoztécatl nació de una princesa cuyo embarazo fue producto del amor de un pajarillo colorado a las faldas del Cerro del Aire, con hermosos trinos entonados consiguió la atención de la princesa y mediante una de sus finas y coloridas plumas que dejó caer, la princesa tomó entre sus manos para portarla en su cabeza. De este suceso creció en su vientre el producto, pero ni los padres ni el sacerdote a cargo de la educación de la princesa estaban de acuerdo. Al nacer el bebé lo echaron al monte, en una cueva de hormigas, sin embargo, opuesto a lo esperado, estas lo criaron y tiempo después una pareja de ancianos lo educaron para ser autosuficiente en el monte. Ya crecido el niño un día en la actividad de caza intentaba ensartar lanza a un conejo, “ometochtli”, pero no conseguío su cometido, se sentó a descansar bajo el arduo sol y vio que de la planta de maguey emanaba un líquido lechoso, sediento, lo bebió, este líquido estaba fermentado, y sin querer, se emborrachó. Enseguida su perspectiva cambió, no era ahora un conejo, sino dos, “ometochtlissss” exclamó. Era simplemente el estado de ebriedad que lo hacía ver doble. Así se descubrió el pulque en la región y se implementó.

 

La excursión

 

 

Con la premura de la desmañanada y el rocío del amanecer empacamos unos botellones de agua, un kilogramo de mandarinas y unos cuantos bocadillos, chocolate especialmente, que por si se nos bajaba la presión. Íbamos por la México-Cuernavaca y pasando el cementerio de Ahuatepec, se iba abriendo el apetito con el excelso aroma de una barbacoa en cocción, pero no habíamos ni picado desayuno para iniciar con algo tan pesado. Pronto el asombroso panorama de los majestuosos montes nos distrajo el hambre, desde la pista inicia la aventura. En el horizonte, se erigen unas formas que te hacen pisarle más fuerte al acelerador para llegar tan pronto puedas. Septiembre, domingo y una excelente compañía para llegar hasta la montaña más alta del valle. Frida es una experimentada scout, quien fue nuestra guía, desde el primer peldaño montaña arriba hasta el regreso entre risas, sudor y el compartir amigable.

Sobre las 9 AM empezamos a escalar. Cabe mencionar que, como aún abundaban las últimas lluvias de la temporada, el clima estaba exquisito y el suelo húmedo, resbaladizo, tangible el frescor y casi igual de tangible el riesgo. Siempre dicen que al estar en Tepoztlán algo que no se puede dejar de visitar es el Tepozteco, un famoso sitio arqueológico que se encuentra en la cima del cerro homónimo, construido por los Xochimilcas en honor de Ometochtli-Tepoztécatl, dios del pulque. Esto no quiere decir que sea lo único valioso allá arriba, el valle de cerros cargados de magia y misticismo también te deja sin palabras y es una experiencia totalmente gratificante. Esta última, fue la opción por la que nos decidimos, la cima del Cerro de la Luz como nuestro destino.

 

 

Comenzamos en el mismo camino por el cual se sube a la imponente zona arqueológica del Tepozteco, partiendo justo en la Cruz de Axitla, en la ribera del río Atongo, donde la leyenda cuenta que Fray Domingo de la Anunciación logró la conversión del Rey de Tepoztlán a la fe cristiana y lo bautizó.

El cotilleo y camaradería tuvieron lugar desde un inicio, la mayoría del equipo ya nos conocíamos de años, pero algunos nos veíamos por vez primera. No obstante, logró hacerse de nosotros una mezcla homogénea y funcional, porque, así como subimos bajamos, sanos, salvos. Nos dieron un amplio panorama con explicaciones a detalle de cómo sería el recorrido hasta el Cerro de la Luz. Para llegar a la cima, serían aproximadamente unas 4 horas y media.

Estando en la cima disfrutamos la majestuosa vista. De bajada haríamos máximo 3 horas. En general, no eran tantas indicaciones, solo, lo más sobresaliente, estar siempre comunicados entre nosotros, por voz, ya que, no hay señal, tener cuidado dónde pisábamos, no tocar plantas que no conocíamos, en caso de algún percance alzar nuestro pañuelo rojo para indicar a los demás que sucedía algo, claro, sí es que lo podían ver…

Durante el trayecto nos acompañaron desde plantas medicinales hasta viejos y crecidos amates amarillos, los cuales, son típicos de la flora regional. Respecto a la fauna, abundan los cacomixtles en esta zona, el teporingo, y algunas más especies endémicas del lugar. A lo alto, se extiende el eco sonoro de las aves, no todas de ornato, por llamarlas de alguna manera por su belleza, otras estaban al acecho de un despistado, de la especie que fuera, los carroñeros.

 


Por algunos sitios peculiares del recorrido están colocados distintos altares, ollas, tazas, platos de barro rojo y algunos amuletos.

Llegado cierto punto de la subida, el cuerpo se agita pero se acostumbra. El punto donde se separaba nuestro “camino”, entre comillas porque no está meramente delimitado, del camino que sí está marcado es donde inicia el reto. No necesitas ser un experimentado del ecoturismo o un scout de formación, pero sí tener sentido común y algo de condición física, o te quedarás estancado a los minutos de haber empezado, tal como fue el caso de Doña Paty y su hijo Víctor, quien vómito apenas pasadas las 9 de la mañana.

La excursión fue amenizada por los chistes no tan buenos de Kevin, las instrucciones y porras de Frida y el resto de nosotros…pues siguiendo el paso y siguiendo la fiesta. Mi bocina de corazón del tamaño de la palma de mi mano fue un éxito, puso fondo musical a esta historia peculiar. Jonathan con su ánimo o te hacía subir con más ganas o hacía botarte de la risa en una piedra a descansar. Nos enfrentamos a escaladas un poco peligrosas, donde la única forma de subir era mediante una cuerda y la ayuda del equipo.

A pesar del cansancio y jadeos alguien nos sorprendió y puso el ejemplo, Don Víctor, pegándole a los 50 años tuvo un aplomo indiscutible al escalar, las dudas lo asaltaron entre seguir subiendo o ya bajar, pero muy firmes sus pasos marcaron una senda para los demás. Esto fue no sólo motivante sino gracioso, por ciertos chistes personales que se suscitaron entre él y Kevin, hasta que toda risa quedó cesada ante una pared de 20 metros, la única vía para llegar a la cima y posteriormente bajar del cerro. Y digo la única, porque bajar por el mismo lado que subimos es una locura.

Don Víctor estaba a punto de romper en llanto cuando la única forma de subir cayó, y literalmente cayó, puesto que Erasmo, encargado de lanzar la cuerda hacia otro extremo para que Frida la asegurara y poder subir la tiró al vacío. La aventura en escasos momentos se tornó a un trago amargo a punto de tomar o derramar. Pasada una corta crisis de nervios y estrés, todos nos armamos de valor y logramos subir la gran pared, escalando, a mano limpia y así llegamos, enteros, jadeantes y victoriosos.

Una vez arriba, encontramos con una gloriosa, fascinante y refrescante vista. Digo refrescante porque el tiempo allá arriba es lo más fresco que hasta ese momento la pandemia me había permitido sentir. Se puede avistar sin problemas de contaminación visual Tepoztlán, el valle de Cuernavaca, Tlayacapan y demás zonas aledañas al valle.

Nos instalamos en una meseta, pegados a la cruz y cerca de otros excursionistas, algunos lugareños y otros visitantes de otros Estados, todos movidos por un mismo idioma: la aventura en la naturaleza. Organizamos un picnic con sándwiches de atún, sabritas de sal y demás frituras, una mezcla de frutas, verduras, agua y unas cuantas cervezas. Nos permitimos extender la camaradería a los otros excursionistas, así como compartir algunas historias. El paisaje, la comida, la compañía fueron los 3 ingredientes que hicieron de este viaje una experiencia memorable. Sin duda alguna, Tepoztlán es un refugio cercano al corazón.

Íbamos en fila india, ya con el estómago y los ojos llenos, extasiados. Ahora, el camino sí estaba delimitado y era mucho más sencillo. Había varios perros con sus dueños ejercitando, era ya la 1 y pico de la tarde. Cruzamos toda la vereda hasta llegar al poblado de San Juan. Aquí tuvimos que esperar un camión que nos llevase nuevamente al centro de Tepoztlán. Era la única manera de llegar o caminar otras horas. Mientras esperábamos decidimos refrescarnos con una bebida bien fría.

 

 


Este trabajo fue el resultado del Taller Virtual Literario de Crónica y fotografía bajo la Dirección de Fomento Cultural, de la Secretaría de Cultura del Estado de Puebla, impartido por el Mtro. Luis Manuel Pimentel


 

 

 

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