¿No oyes ladrar a los perros?
Minuto a Minuto

 

 

 

18 de agosto de 2021

Dora Gema Serrano Castillo
Crónica y fotografía

 

Meses previos a la llegada del coronavirus a la ciudad de Puebla, varios comercios empezaban a despuntar en la zona sur de la capital. Nuevos locales fueron construidos para ser ocupados a la orilla de las vialidades principales de la zona, la prolongación de la 16 de septiembre y la 3 sur. Pasó algún tiempo para que la pandemia lo rearticulara todo, incluyendo el espacio urbano en esta área. Tras 8 semanas, 15 semanas, 30 semanas, comenzaron a deambular nuevos rostros por este lugar; cuerpos cansados, andrajos por vestimenta y mirada que no se sabía si buscaba o evitaba contacto.

Junto a la panadería “Yaret” desaparecieron dos casas que hacía tiempo lucían desocupadas, en su lugar erigieron dos amplios locales que aparentemente a nadie se le dio la gana terminar de realizar. En uno de ellos colocaron un sillón viejo y unos trapos alrededor suspendidos en una especie de tendedero improvisado, más tarde apareció un hombre muy sucio con forma de bulto durmiendo sobre unos cartones en un rincón. Consecutivamente el sitio comenzó a llenarse de plásticos, palos, bolsas, desperdicios por aquí, pertenencias allá.

Fueron levantadas dos pequeñas carpas, una pegada a la otra, hechas con lazos, cartones y cobijas. —Son dos, un señor y un muchacho. El muchacho es muy ordenado pero el otro no — Comentó un vecino. Dicen que llegaron hace varios meses, al señor lo corrieron prendiéndole fuego a sus cosas. En el local dejó botada y achicharrada una carreola con la que iba a todas partes. En poco tiempo llegaron otros dos jóvenes, es raro encontrarlos entre sus carpas durante el día, como ha estado lloviendo tampoco se mira a nadie deambular por ahí, nada más en las noches unos cuerpos se desplazan entre la penumbra, entonces no conviene pasearse por ahí, únicamente los focos del talachero y si acaso los tacos de la esquina le dan algo de vida a ese pedazo de ciudad.

 

 

A la redonda había al menos cuatro “inquilinos” más, uno de quizá treinta años que solía pasearse eufórico merodeando mujeres mientras balbuceaba alguna cosa sin sentido. Me tocó encontrármero afuera del Comex de la 16 de septiembre, por suerte que él iba muy mareado y me le pude perder fácilmente con acelerar el paso. La otra es una viejita que se sienta siempre afuera de un Oxxo, tiene unos labios secos y cuarteados que solo se abren para solicitar caridad, mantiene la palma de la mano medio abierta, la cabeza agachada y sus pies polvorientos bien juntos. Se coloca al lado de un poste de electricidad, al pasar no la notas hasta que te atraviesa su voz ronca y la mano engarrotada queriéndote alcanzar. La vieja y el acosador no se quedan en esas calles, quién sabe a qué hora llegan y más incierto aún es saber a qué hora se van.

Sombras van, sombras vienen, hace un tiempo desapareció “el mudo”, andaba con una carretilla repleta de cacharros y unos diez perros alrededor. Entre ellos había uno pequeño, blanco y peludo que atropellaron como cuatro veces sobre la 3 sur, me imagino que los coches no lo veían o a lo mejor no les importaba matarlo. El perrito cojeaba, tenía la pata derecha de enfrente ya tiesa, parecía un peluche hecho de estopa muy sucia y con la fuerza de algo intermedio a lo vivo y lo muerto, solo cuando lo tenías bien cerca se veían sus ojitos con el brillo de dos canicas muy gastadas. El mudo y sus perros pasaban todas las noches que se sacaba basura en las calles, escuchábamos primero ladrar a los perros y luego la carretilla raspando el concreto, deteniéndose frente a cada casa para separar el cartón y las latas.

A veces me los encontraba cuando volvía de la escuela, aunque a primera vista la jauría intimidaba, los perros conocían a todos por la zona, yo les daba sobras de comida si traía en la mochila porque en el fondo me sentía más segura caminando esa larga cuadra rodeada de perros, a que me encontrara con algún humano mal intencionado en el trayecto. Algo así me imagino que sentía el mudo, me sé su historia porque el hermano del mudo trabajó en mi casa hace muchos años. Sé que el mudo hablaba mal desde la primaria y que los niños lo molestaban, que creció y muy pronto dejó de ir a clases para ponerse a trabajar, que ya de grande tuvo esposa e hijos y nunca logró afianzar bien eso de las palabras. Se tiró a la bebida a tal grado que su familia lo abandonó y después él mismo se dejó también, que ni los anexos ni las madrizas que le ponían ahí “enderezaron” su rumbo, y que así llegó a la calle, haciendo trabajitos, cortando el pasto, escarbando en la basura.

El mudo y su manada vivían en un terreno aún sin usar, ahí entre láminas y palos se hizo una chozita, hasta le puso un baño. Unos meses más tarde mandaron a hacer una bodega muy grande en ese sitio para colocar un negocio de materiales de construcción y al fondo un taller mecánico. Me fui a asomar para ver si encontraba rastros de la casa del mudo pero la gente ahí no es muy amigable, cuando me acerqué para tomar fotografías pronto salió un hombre con un palo en la mano, en su mirada leí un reclamo, “¿Tú qué quieres aquí?”. Así que me fui. Una vecina dice que al mudo lo corrieron, que a lo mejor se ha de haber muerto, de enfermo o de viejo. Parece que quienes si anduvieron por aquí fueron sus perros, ya sin dueño y ya menos, nada más se quedaban sentados con la cola muy movida y las costillas salidas, a ver si alguien les aventaba algo de comida para sobrevivir otro día.

 

 

A quién se observa en este lugar todavía es un señor que se juntaba con el mudo, le pagan los locatarios por hacerles trabajos de limpieza, lo he visto en la farmacia, en la carnicería y ayudándole a las señoras que venden memelas. Antes se le notaba más fuerte, hasta corría de un puesto a otro con la escoba en la mano. Me lo encontré de frente hace unos días, una pierna se le vencía y eso que iba a paso muy lento, lucía como animal herido que busca un rincón solo para terminar de morirse. Me pregunto si está enfermo, si tendrá la misma suerte que el mudo.

Quisiera decir que le vi el rostro a cada uno de los que he nombrado, que crucé palabra y conversé con ellos, que es verdad lo que escuché por ahí, que en el fondo puede ser gente noble, quisiera ser solidaria y afirmarlo, pero no. Los buenos deseos no alcanzan cuando el entorno es hostil, este no es un lugar amable y su gente tampoco, aquellos que viven en la indigencia morirían muy pronto si no se recubrieran de algo que aleje a las personas, algo que les provea la seguridad que por todos lados se les niega.

Si me preguntan, la miseria tiene rostro moreno, ojos dilatados y sonrisa podrida, cuerpo sudado, olor a tinner o a orines en el peor de los casos. La miseria tiene perfil de anciana que cabecea mientras espera en un banco de plástico que alguien le eche una moneda en la mano para que con esfuerzo meta esos pesos entre su sueter de estambre roído por el tiempo, mismo que proteje del mal clima a su cuerpo jorobado y quebrado, despertando un sentimiento de desesperanza nada más de verla.

La miseria tiene semblante de viejo con barbas cenizas muy enredadas y sombrero de paja, manos bien aferradas a una carretilla oxidada, dibujando siluetas de humano y de perros en grupo, todos haciéndose espacio en las calles donde una y otra vez se les rechaza, por sucios, por jodidos y porque son incapaces de comunicarse con otros; un animal y un hombre inválido ¿Cuál nos estorba más actualmente?. La miseria también puede carecer de rostro, ser solo abultamiento dentro de unos locales en obra negra, verse como basura y arapos de los que todo el mundo habla y nadie sabe más en realidad, puede rayar paredes y dejar caminos de orina sobre los pilares del lugar, puede ser jóvenes anónimos que aquí transitan, pero nadie sabe dónde están ni a dónde van.

 

 

Me percaté que cuando rastreaba a estas gentes siempre estuve buscando el suelo, los restos, las sobras. Recordé algo que una amiga me preguntó hace varios años, ¿Qué motivará a esas personas a seguir con vida?. Francamente no creo que estemos muy lejos de ese margen del margen que ellos habitan. Me quedé con una sensación de miedo cuando ví la cara de desconfianza de la gente de la zona al ponerme a grabar o tomar fotografías, un sentimiento de culpa por capturar la imagen de las personas más necesitadas en este lugar.

La atmósfera se llenó de cosas que se pudrían, cada desperdició mezclado con los árboles, cada alcantarilla saturada de basura, cada perro con alguna herida. Quizá a eso sabe la miseria, a una cosa agria que te tragas entre el hambre y el asco, un rechazo profundo con sabor a dolor y vergüenza, tragos amargos de saliva que resbalan por la lengua hasta las visceras. Agudizado por la pandemia y la transformación del espacio público que ha hecho más evidente la desigualdad social en la ciudad. De este lado de Puebla la miseria se renueva, pesa y molesta, pero ahí está. Una vuelta a la cuadra basta para encontrarsela de nuevo cada día, en donde la indigencia retorna de forma cíclica.

 


Este trabajo fue el resultado del Taller Virtual Literario de Crónica y Fotografía bajo la Dirección de Fomento Cultural, de la Secretaria de Cultura del Gobierno del Estado de Puebla, impartido por el Mtro. Luis Manuel Pimentel. 


 

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