Ramón Zárate Jalid. Luna de octubre
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alejandro tamariz campos.jpg- LOS ROSTROS EN EL ESPEJO -

Ramón Zárate Jalid.
 
Luna de octubre
 
Alejandro Tamariz Campos*

RAMÓN ZÁRATE JALID, estaba sentado en un banco en el balcón que daba a la calle, con una copa de ron entre las manos, y con unas ansias locas de que se lo tragara la noche temprana, que balbuceaba su oscuridad entre las luces amarillas de los faroles y las figuras mortecinas que caminaban por las aceras grises, con el frio calando, lastimando la piel y los labios.

Adentro, en la habitación se amontonaban palabras de amigos pintores un poco amorcillados por el ron, discutiendo quien sabe que cosa, algunos, luchando antes de caer por la estocada del alcohol hundida en el pecho, y todos con un atavismo de creer que son diferentes, de creer que ese extraño camino de las artes plásticas, los separaban un poco del mundo profano, de los busca chambas, de los conformistas y de los alineados a la normalidad más estereotipada. Ramón los observaba como quimeras heráldicas, anunciando cada quien las buenas nuevas de alguna cosa que había descubierto, como si estuviese a punto de crear un enorme asombro a su interlocutor; Ramón miraba casi un monólogo de egoístas, nadie escuchaba al otro, cada quien se oía a si mismo, en una competencia feroz casi a punto de los gritos, como en una torre de babel y de personalidades compitiendo por tener voz y por prevalecer sobre las demás voces.

Ramón Zárate Jalid, sintió una punzada en el pecho, no supo si por el frio o por la soledad que le inspiraba el paisaje gris amarillento de la calle, y trató de imaginar el óleo de aquella danza dantesca, trató de imaginar a esos pintores vestidos cada uno con su soberbia, con sus miserias y con los harapos del arte plástico, y trató de imaginar la investidura de él mismo en aquel lienzo. ¿Qué traje será el mío?, pintor costumbrista?, acuarelista sistémico acartonado?, paisajista de volcanes y chozas pueblerinas?, el típico abstracto figurativo, que no sabe dibujar figura humana, pero que denosta a los costumbristas?, el pintor que buscando la originalidad, se encasilla en un estilo, y vive encarcelado en su “estilo”?, el pintor que busca el reconocimiento y la fama pública, y que además la consiguió?, el que se vende caro, no importa que porquería haga?, el que busca el arte por el arte mismo?, ¿Cuál sería?....Entonces, Ramón empezó a hacer un boceto con el humo del cigarro que envolvía los colores ocres del farol con la mezcla de aire frio y seco del comienzo del invierno, y se dio cuenta que la silueta dibujada era la de un extraño, un viajero, un advenedizo, un paria, un hombre de paso, por ese misterioso mundo de la plástica que no encajaba en el guion teatral de ese drama y esa comedia que era el mundo de la pintura.

Un tipo se acercó a Ramón, y le dijo quien sabe que cosa, Ramón le dijo que si, ¿qué otra cosa podría decirle que no fuera lo que quería oír?, entonces, aquel subió una pierna al barandal con la intención de tirarse, y miró a Ramón como esperando a que lo detuviera, como si con esa acción, lenta y anunciada, esperara el inmediato auxilio, la lluvia de palabras de esperanza, de ánimo, la mano en el hombro diciendo, no te tires, no lo hagas, estoy contigo, la vida sigue, y alguna de esas frases que se les dicen a los suicidas, a los desesperados, a los que no ven la salida, a los artistas frustrados e incomprendidos como este dibujante de restoranes y de botaneros, a este caricaturista de plazas públicas y cafés al aire libre.

Pero Ramón estaba tan sumergido en la noche invernal, que se quedó agarrado a su vaso de ron, como se agarra ese primer beso embebido en un deseo inmenso, como si en lugar de que le mordiera los labios el frio de la noche, fuese la muerte, la que le dejase ese dolorcito en los labios, ese beso frio de la muerte, y con el, las ansias más de muerte que de vida. Así que de nada sirvieron los simulacros de saltos de aquel caricaturista, ni las miradas constantes que realizaba a Ramón, como diciendo, ¿Qué, no lo vas a impedir?, como reclamando ¿Serás capaz de dejarme morir?, ¿serás tan cabrón para que te valga madre que salte?, ¿No vas si quiera a decirme algo, para que no te remuerda la conciencia, o para que no se te culpe penalmente por omisión?.

Pero Ramón siguió firmemente agarrado a su vaso de ron, y hechizado por el beso mordisco de muerte que entre el frio de aquella noche invernal, y la mancha de aquel paisaje grisáceo, con tintes ocres de aquel lienzo, y el boceto que acababa de hacer con el tabaco rubio, de ese intruso que vestiría la perspectiva de aquella noche, y daría el punto de fuga para precisar la composición dantesca de egos henchidos de voces de colores tierra opaca, gritando sus podredumbres en oleos y acrílicos, acuareleados con las turbias aguas de sus manantiales miserables, diluidos en compuestos de ron, tequila y suspiros condensados, y tratando de acomodar en primer plano, esta caricatura hecha al carbón de expectativas quemadas, en aquel papel ridículo de conmiseraciones prensadas a la usanza artesanal de llamar la atención, de decir que existe, que el mundo no puede dejar de papacharlo, de darle un abrazo de aliento, de decirle que todo va a estar bien.

Por un momento, sintió una oquedad en el bajo vientre, dejo de sentir los músculos apretados, y solo sintió la caricia del frio en la cara, e imaginó la forma de conseguir más luz sobre estos colores pardos y cobrizos, cuando la luz natural se ha ido, y es imposible aclarar las formas, y hacer cálidos los pigmentos, y trató de imaginar un enorme espejo que reflejara aunque sea un poco de la luz que necesitaba el cuadro; cuando de repente, vio emerger de las casas de enfrente y el árbol al  terminar de la calle, un suave resplandor en las nubes, con una luz azulada, luz fría que se enfriaba más con la noche invernal, pero luz al fin, y que se presentía un poco tenue, y que iba apareciendo como una rasgadura del cielo negro, y haciendo ancho el agujero de la noche, por el cual aparecía una moneda de plata con un conejo impreso, que o rompía la noche y que reflejaba apenas un Sol lejano y distante de este ensayo plástico. Y al fin la luna sirvió de tragaluz a esta historia oscura y fría, luz mal reflejada por la figura del conejo estampado en la moneda, que Ramón combinó con el amarillo medio de los faroles, y con el rojo carmín de un par de corazones rotos, y definió aquel lienzo, su composición y su perspectiva, tomando como punto de fuga, una caricatura suicida, en el resplandor del final de la calle, a contra luz de las voces y siluetas amontonadas, y la mancha a espátula de un extraño, un corazón caminante, un amor que siempre se esta yendo, un paria que solo escucha sus propios pasos, y ocasionalmente como en este caso, las voces de los pasos que deambulan en ese reposo ocasional a la sombra fresca de un vaso de ron, y a la luz mortecina de la luna, azulada y fragmentada entre nubes, árboles y caricaturas de suicidas, de pintores y de egoísmos cretinos.

Poco tiempo duró aquella caricatura suspendida en un pie entre la mirada de Ramón, y entre la luz fría de la luna al final de la calle, mientras sus desprendidas pupilas hicieron dos o tres alegatos a el auxilio y a la conmiseración; pero el paso viajero, es experto en quitar los disfraces del corazón del hombre, y Ramón siempre supo, que no se iba a tirar del balcón, que solo quería llamar la atención, que le funcionó dos, tres veces con los pintores ahí reunidos, pero no supo retirar aquel intento a tiempo, sobre todo, con egos que tienen la necesidad de hablar, de gritarse, de oírse solos, y al cabo de unas demostración de amistad, de unos apapachos, de abrazos prontos a detener el suicidio, y como ya nadie le hacia caso, porque todos quedaron gritándose a si mismos, solo le quedó aquella figura extranjera que contemplaba la noche desde el balcón, y a Ramón, que nunca se había interesado por esa actitud suicida, pretendió que ahora si le podría interesar, fallando caricaturescamente en el intento.

-Me voy a matar-dijo, mientras subía una pierna a la reja del balcón-.
-Mira que estoy que me lleva la chingada-, -Esta pinche vida no vale la pena-.
-¡Mátate pendejo!!!-,-No me interesa-dijo Ramón-,
-Pero ya aviéntate cabrón-, que me tapas la luz de la luna-, -Si no tienes valor para vivir-, -¡Menos para matarte!!!-.
Lentamente, miro la parsimonía de aquella figura sentada en el banco, que chocaban con la dureza de sus palabras, y bajó lentamente la pierna del balcón, y se quedó mirando fijamente a Ramón Zárate Jalid, pintando con la luz de sus pupilas, haciendo mezclas y terminando figuras en su mente, insertando su figura en aquel lienzo, a manchas de luz de farol de calle, y aquella luz emergente de luna, de aquella luna plateada y azulada, con la impresión de la leyenda del conejo, la misma luna que seguramente ella estaba mirando ahora, la luna de corazones lobos solitarios, LA LUNA DE OCTUBRE.

* Alejandro Tamariz Campos egresado de la Facultad de Derecho de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, combina la pasión por la pintura y las letras con el ejercicio profesional.
 
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