Ramón Zárate Jali. En mayo otra vez la muerte
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alejandro tamariz campos.jpg- LOS ROSTROS EN EL ESPEJO -

Ramón Zárate Jali. En mayo otra vez la muerte
 
Alejandro Tamariz Campos*

 

RAMON ZARATE JALID, estaba entre el sueño y la vigilia, casi a punto de sucumbir en el hechizo de Morfeo, casi como pretexto para no caer, puso su mirada en la foto del Che Guevara jugando ajedrez, en otra foto de Silvio Rodríguez del lado derecho, y un viejo poster del ensamble de cuerdas en el que Ramón tocaba, y poco a poco la figura del chelo y la guitarra se fueron combinando en su cabeza, los arreglos de las canciones de María Greever, Agustín Lara, Álvaro Carrillo, Armando Manzanero, y todas aquellos éxitos del ensamble en ese edificio neoclásico con un piano de cola blanco adornando la habitación, y fue dándole vueltas a los tonos menores, las síncopas, a la ronca voz de ese chelo que dramatizaba más todavía ese dolor humano, alternando en terceras con ese dolor del corazón que tenia clavado en el pecho, y que le retumbaba en la cabeza y en el corazón y que le hacía caer los párpados pesados, como los pies enlodados y fríos cuando descendía el monte alto.

 


“Como figuras lejanas, lejanas también sus voces, recorría aquellos cuerpos como quimeras, como figuras hechas sólo de pequeños recuerdos, sólo alejadas por las amarguras naturales del sentir humano, del suyo, y más próximas por aquellos goces sublimes, así fue recorriendo aquellos espectros fantasmales, amorfos, de mujeres prístinas en aquellos lejanos tiempos del lívido y del deseo, algunas todavía con partes de su corazón sujetada, y otras clavadas con aquellos odios en los que se transforma constantemente el amor no correspondido, pero atadas a los girones de su pecho, formaban imágenes complicadas que trataba de unir y que confundía con sus sombras, que se arrastraban aún más en aquellas miserables formas, algunas siluetas tratando de adivinar las caricias, y los aromas de los cuerpos, los perfumes, su nombre dicho por aquellas voces, sus deseos amalgamados con esos deseos, como si fuera una acuarela movible, como una plasta de óleo en hilachos de telas toscas y colgantes de alguna materia acuosa, con ríspidos choques de luz y de color centelleante y opaco, como si las arcadas del chelo pintaran colores bajos, plomizos, y de tonalidades frías, combinándose perfectamente con los tonos cálidos de la guitarra, luminosos y fuertes, realizando una perfecta combinación en complementarios y en un concierto de cuerdas, sólo iluminado por aquella voz de soprano, que alcanzaba a iluminarle la cara a esos recuerdos aturdidos, quemados por el alcohol y el tabaco, con el Nombre de Ramón Zárate Jalid atorado en sus dientes, en su garganta, igual que su imagen se les atoraba en su mente, desgastándose por el olvido y desgastado por el tiempo y por el espacio, mientras su figura cambiaba en las figuras de aquellas, concomitantes en un movimiento perpetuo”.

Ahora estas ahí, postrado en tu dolor, diciéndote que sigues vivo, que estás vivo como siempre, que como siempre quien se muere es ella, la que muere siempre es esa mujer, porque mujer son todos los nombres, siempre participas de su muerte, siempre estás dispuesto a sobrevivir a como dé lugar, y quedas otra vez así, solo, descalzo, sin una manta que te tape ese frío, mientras ella espera la muerte o agoniza, y si está bien, procuras enfermarla, alejarla, matarla de una vez por todas, contagiarla de un odio hacia a ti que la ahuyente poco a poco o la haga dejarte definitivamente, como si fueras una de esas yerbas amargas a las que atrae su extraña forma y aleja al curioso intempestivamente o al poco rato, así estás, como para medir la fuerza de esa mujer, de esas mujeres, de esta precisamente que está muriendo, decepcionada de ti, conmiserada de ti, indignada de ti y de tus actos, carnavalescos, satíricos, burlescos, cómicos y tajantes. Por qué Ramón, por qué te preguntas, por qué tienes que ser así, por qué tienes que ser siempre el ojete, el hijo de la chingada, el desgraciado infeliz, o al menos siempre has visto en aquellos ojos estas palabras puestos en la rabia y en los ojos de esas mujeres, siempre tienes que ser el malo del cuento, el amor mercenario, el amor pirata y el amor liviano que llega tan rápido como se marcha, el picaflor, el coyote hambriento que una vez saciada su hambre o su capricho se marcha, así eres Ramón, así amas Ramón como un coyote, así siempre te estás yendo, a paso lento y sin mirar atrás, como se van los vándalos o como se van los predadores de corazones débiles como éste que estás matando.

Ramón Zárate Jalid, recobró un poco el aliento, se prendió un cigarro, para que el tabaco oscuro le amargara un poco más la boca amarga, y tomó una bocanada larga y profunda, y pensó en esa mujer a quien tanto daño le había hecho, y que seguramente, guardaría su recuerdo en los lugares más negros y más profundos de su corazón, ahí donde se pone lo más desagradable y asqueroso, y pensó que otra vez fue en mayo, otra vez la muerte fue en mayo, en mayo otra vez la muerte.

* Alejandro Tamariz Campos egresado de la Facultad de Derecho de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, combina la pasión por la pintura y las letras con el ejercicio profesional.  
 
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