AMOR, NO DEJAR COMO TAREA A LOS ESPÍRITUS
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francisco garzon cespedes.jpgAMOR, NO DEJAR COMO TAREA A LOS ESPÍRITUS

Francisco Garzón Céspedes*

 

Todos los pobres nacían en la Maternidad Obrera de Camagüey. Al menos los que en 1947 vivían en la ciudad, o cerca y lograban llegar a tiempo. Una ciudad del centro de la isla mayor del archipiélago cubano, de la isla con forma de caimán. Una ciudad sin mar porque después de varias invasiones de los corsarios y piratas se la habían llevado lo más lejos posible de la costa. Santa María de Puerto Príncipe se llamó primero. Una ciudad sin montañas porque casi toda la provincia era, es, una extensa llanura. Sin un río grande. Sin lagunas o lagos. Y sin importantes monumentos históricos. Con otros encantos. Con otros méritos. Con otros dones.
 


 

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Mi madre casi había muerto durante el embarazo y decía que se salvó gracias a una transfusión de sangre de su hermano menor, el único varón de cinco. Parece que lo de la compatibilidad sanguínea fue difícil. Yo nací con un peso considerable. Hay fotos de cuando tenía nueve meses, en especial una donde estoy vestido con una camiseta llena de pequeños rotos (supongo que contribución artística del fotógrafo), sentado en el suelo, y con una enorme pelota delante, preanuncio de que en la niñez sería algo pudoroso. En esas fotos, pocas por la pobreza, se ve lo bien alimentado que estaba. Las fotos comparten mi mirada de entonces, una mirada de quietud e ingenuidad, y de alguien que ha decidido dejarse fotografiar.

Recordaba cada cierto tiempo, mi madre, a su compañera de habitación en la Maternidad y al niño nacido casi a la misma hora que yo. Mi madre tenía una propensión a considerar a las personas, con las que iba coincidiendo en instantes de excepción, como sus amigas para toda la vida. Y me traspasó esa tendencia tan generadora de desilusiones. Hablaba de aquella mujer y de aquel recién nacido como de seres entrañables. Tengo la sensación, no sé si por algo que mi madre me contó al paso de los años o porque en alguna ocasión durante mi niñez volvimos a coincidir los cuatro, que, para aquella mujer, no era significativo con quien había compartido la habitación justo antes y justo después del nacimiento de su criatura.

Me asombra cómo hay quien recuerda su infancia más temprana. Yo tengo un recuerdo fugaz de ir corriendo por la sala de mi casa, salir por la puerta, llegar a la acera, tropezar y caer en el agua que cruzaba por la calle dado que en los años cuarenta los desagües de las casas no habían sido aún soterrados. Pero no creo que ese recuerdo sea del momento real sino del relato que me hacían de cómo esa mañana al lechero se le había roto en ese lugar una botella y mi tía abuela Isabel había ido de inmediato a recoger los vidrios por miedo a que yo pudiera herirme, algo poco probable porque yo era un niño rodeado de adultos muy cuidadosos, un niño tranquilo y sobreprotegido. Y esa mañana me caí donde el amor y la precaución no dejaron ni un vidrio. Mi tía abuela creía en el espiritismo sin dejar de tener un enorme poder de observación respecto a su entorno cotidiano y un sentido práctico tan presente como para no dejar de tarea a los espíritus el hacer lo que era ella quien tenía que hacer.

*Francisco Garzón Céspedes (Cuba/España)  fundó y dirige la CIINOE (Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica)

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