Siempre hay que subir escaleras para llegar a Wafi
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09 junio, 2020
A Wafi Salih

 

Luis Manuel Pimentel

De vuelta a Barquisimeto para visitar a mi familia, unos amigos me habían dicho que una poetisa estaba dictando un taller de literatura en la Universidad Yacambú. Pensé que era bueno compartir mis inquietudes literarias con otras personas, que no estaban en la cotidianidad del Tulio Febres Cordero, La Cibeles, el bar de Ligia, la Facultad de Humanidades y cualquier otro espacio donde se encendían tertulias sobre autores y su resonancia en la ciudad de Mérida.

Esa tarde llegué con el Molusco y Tibisay al taller “Ramos Sucre” que dictaba Wafi Salih. La primera impresión fue mirar a una mujer pausada, -luego descubrí que su poesía era así- nos enfocamos en que cada uno de los integrantes del grupo quienes trabajaban con una propuesta literaria urbana. Los vi poseídos con esa mirada metafórica y realista sobre el ser social. La mayoría de las ideas de los compañeros se parecían a las que yo llevaba en unas hojas, con la diferencia de que lo mío lo notaba hiperreal, construido con un espíritu transgénero.

Wafi Salih nos habló del poeta José Antonio Ramos Sucre con devoción e inmanencia. Igualmente, aquella tarde, revisamos nuestras propuestas. Recuerdo que había llevado un poema que me tenía de cabeza, porque estaba jugando con la construcción doble; la poética (en verso) y con la misma estructura y sentido llevarla al cuento. Lo titulé Sicario, una mutación de poecuento. Con Sicario me pasaba algo interesante a nivel lírico y al mismo tiempo me daba unas cuantas bofetadas el aterrizaje narrativo. Una vez que lo leí ante el grupo de talleristas algunos dijeron que era poesía y otros un cuento. Total, todo quedó como una sospecha de algo.

Hablamos de la narrativa de Tibisay, la de Molusco, de la poesía de Kelly, los cuentos cortos de Andrés, y de los otros compañeros que no recuerdo bien su nombre, pero que andaban por la vida desenfadados, al mismo tiempo, enamorados del vínculo sensacional que dejaba la literatura como una impresión imaginaria que salva y hunde.

Terminamos el taller y casi todos los que estábamos, nos fuimos caminando por la Avenida Pedro León Torres, cuando entre las conversaciones entremezcladas Wafi volteó y me dijo:

– ¿Tú fuiste el que escribió un cuento que tiene que ver con unas empandas y unas sirenas?

Me sorprendí porque ese cuento lo había escrito en Mérida hacía como dos meses, no estaba publicado, me parecía muy raro, que ella, lo haya mencionado en nuestro andar. Le dije que lo había escrito y tenía otros más en la misma onda. Todos estaban reunidos en un libro que titulé Otros Lugares. Quedé con el asombro de cómo había descubierto ese cuento. Luego de subir las escaleras de un edificio llegamos a su apartamento con Carlos Cadenas. Empezamos hablar de un movimiento que estaban haciendo llamado Snapshop, como una consecuencia de la estética posmoderna. Pasamos la tarde tomando café y leyendo nuestros trabajos.

Cada vez que volvía a Barquisimeto, tomaba tiempo para saludarla. Siempre he sabido y sentido que es una voz relevante de la poesía femenina venezolana, y de eso no tengo la menor duda. En una de esas visitas vacacionales, ella se había mudado para otro apartamento más céntrico. Después que subí otras tantas escaleras llegué a su nuevo apartamento y al rato me pidió que por favor fuera a buscar a una amiga suya al aeropuerto, ella venía de Caracas y ya se hacia de noche. Con mucho gusto fui, pero regresé a su casa con las manos vacías. Su amiga se había cansado de esperarme y yo también a ella. Aquel enredo se convirtió en una anécdota aérea, que íbamos pasando con una rica cena que había preparado Wafi en honor a Magali.

Entre el comer y hablar, esa noche pensaba en el pendiente de cómo se había enterado del cuento de la empanada de sirena, hasta que le pregunté y me dijo: - el cuento de la empanada intuí que era tuyo, a mi me lo leyeron, pero no me dijeron quién lo había escrito, y cuando te conocí pensé que este chamo tiene la imaginación como para escribir esta genialidad-.

Subimos los vasos cortos mientras brindábamos con un trago de cocuy. Desde aquellos momentos hasta hoy, seguimos en contacto. Nos une la amistad, la literatura, la poesía, Barquisimeto y últimamente el desengaño social.

 

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