UN NUEVO CORAZÓN
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martinez garcilazo.jpgUN NUEVO CORAZÓN

Por: Roberto Martínez Garcilazo*

Tengo que relatarlo, aunque tal vez nadie lo lea.

Debo hacerlo porque es la manera de reanimar lo pasado, de conservar la identidad  y la memoria.

Escribo lo que sigue para ofrecer tributo a la amistad.

Recuerdo y el corazón renace como un fénix.

Allá lejos, en el año de 1975, conocí a Edgar de la Huerta.

Teníamos quince años y cursábamos el primer semestre en la preparatoria  Diurna Benito Juárez de la que todavía no era Benemérita.

 

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Eran años de gran actividad política de la izquierda radical.

Habían pasado dos años del golpe militar en Chile –muerte dramática de Salvador Allende en el Palacio de La Moneda el 11 de septiembre de 1973 y, a partir de ese día criminal entronización de Pinochet por más de 17 años.

Habían pasado dos años de la muerte del poeta Pablo Neruda, el 23 de septiembre –doce días después que Allende. ¡Ah vastedad de pinos, rumor de olas quebrándose, lento juego de luces, campana solitaria, crepúsculo cayendo en tus ojos, muñeca, caracola terrestre, en ti la tierra canta!

Neruda obtuvo el Nobel en 1971; en ese año yo cursaba el quinto grado de la primaria en una escuela que llevaba por nombre el de uno de los personajes más intrincados de la historia de la literatura; el de uno de los héroes políticos más admirable de la historia poblana: Aquiles.

Mi primaria se llamaba Aquiles Serdán y sólo un muro los separaba de la penitenciaría, de la cárcel de Puebla: recuerdo como en la media hora de recreo los custodios armados con rifles, desde la azotea de la cárcel nos miraban y nos hacían señas jugando siniestramente a dispararnos y nosotros, en el patio de la escuela, nos dábamos por heridos y agonizábamos ostentosamente en el piso rodeados de cantos y juegos infantiles.

Volvamos al setenta y cinco.

Hambrientos de absolutos, Edgar y yo, hicimos de las clases de filosofía –Lecciones preliminares de Manuel García Morente- nuestra vía de acceso a la revolución total.

Ingresamos, en condición de aprendices, al partido trotskista y comenzamos a leer y escribir poesía. Son las caídas hondas de los Cristos del alma, de alguna fe adorable que el Destino blasfema. Esos golpes sangrientos son las crepitaciones de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Era el año del fin de la Guerra de Viet Nam y era rector de la UAP Luis Rivera Terrazas, miembro del Partido Comunista Mexicano.

Como ese también era el Año Internacional de la Mujer nuestra célula de conspiradores se llamó Natalia Sedova, en honor y desagravio de la esposa de Trotsky, humillada por los escandalosos amoríos de su marido con la extraordinaria Frida Kahlo en la Casa Azul.

Recién llegamos al mundo, los catecúmenos de izquierda éramos entonces, decidimos –reunidos en la biblioteca de la prepa, que no importaban los 37 años que ya habían transcurrido desde el luminoso día veracruzano en que se conocieron, en Tampico, Frida y Lev Davidovich Bronstein que, desde Europa, huyendo venía del camarada Stalin, y desempolvamos el nombre de la esposa engañada.

Historias de guerrilleros, de filosóficos combates, de épicas traiciones al proletariado, de revoluciones fatales asomando la nariz por la esquina del Carolino, de amores de vertiginosa belleza, de esclarecida ebriedad poética. Historias que poblaban nuestros días que eran páginas solares en las que escribíamos versos.

Y fundamos el mundo en el mil novecientos setenta y cinco.

Hoy escribo este fragmento de memoria para otro de los libros de poesía de Edgar, que tal vez -¿quién sabe?- lleve por nombre el que corona –orgulloso- este texto.

* Roberto Martínez Garcilazo es director de Literatura, Ediciones y Bibliotecas de la Secretaría de Cultura del Estado de Puebla, México. 

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