
10 de enero del 2022
Pensamiento luminoso y oscuro
La vida y la conciencia que se tiene de la experiencia humana, dan sentido a nuestro mundo y es el lugar donde de manera fortuita y después por elección habitamos, así sea, el propio infierno del que emergemos para renovarnos.
El filósofo Zygmunt Bauman nos dice: “Resulta improbable que las formas, presentes o solo esbozadas, cuenten con el tiempo suficiente para solidificarse”.
Sin embargo, la poesía ha de ser cimiento, lugar de referencia: eje, apoyo, materia para el pensamiento luminoso y oscuro, experiencia primordial, creación del mundo, objeto tortuoso.
A través del poema, atrapamos el líquido donde navegan nuestras emociones y el tiempo es anclaje en momentos plenos, donde nos renovamos para continuar el viaje. Impregnamos de emoción la ausencia para alcanzar su fin en la memoria. El poema eleva hacia las alturas la metáfora del tiempo.
Émile Durkheim escribió: “El objeto sagrado nos inspira, si no miedo, por lo menos un respeto que nos aleja de él, que nos mantiene a distancia y al mismo tiempo es objeto de amor y de deseo”.
Eterna resurrección, energía acrecentada del poema, rayo fijo de la poesía, donde el instante contiene todos los instantes. Sin dejar de fluir, el tiempo se detiene, colmado de sí.
El poema niega los límites, borra su línea divisoria y derrocha su sentir conquistando libertad, trasmutando navíos que arden en el aire para luego sumergirse en la palidez de un día lluvioso.
La palabra se alza como columna vertebral del tiempo, y en ese punto, contenemos y nos contiene la vida. Nuestra travesía es polvo y erige paisajes, maravillas volátiles: realidad, ficción y magia.
Belleza, crisol del brillo cegador, odre de la palabra, pensamiento inasible donde yace el sueño de los signos.
La boca, como vientre, dibuja con su cálamo el lugar que ha de habitar. El poema antecede a la vida. Las palabras se atropellan, se abrazan, se desatan, son capaces de arder y enfriar el fuego.
Surcan los páramos más grises y pueden llegar al origen, al lugar donde balbucea un niño.
“La revelación poética implica una búsqueda interior. Búsqueda que no se parece en nada a la introspección o al análisis; más que búsqueda, actividad psíquica capaz de provocar la pasividad propicia a la aparición de las imágenes”.
Octavio Paz
Adjetivado como gris, un día sin discurso no puede nombrar al paisaje, más la voluntad suscrita en la nube estalla en necesidad y la capacidad de pensar se reduce a la inmediatez del yo. Desprovisto de arrojo, el ser desfallece ante la falta de un nombre que pueda hospedar su levedad. Ya no hay verde o azul que elegir, y una tela palpita casi imperceptible sobre un objeto hecho para ser inmóvil, que no siendo es y se recupera como propósito al sostener lo desarticulado e incoloro. El día renace.
Algo engendra la quietud, el artilugio despierta a aquella ausencia; laxo el ser continúa vivo, suspendido en la idea de crear tarimas para sus abismos.
Despierta ante la dureza de la silla y se mira indecible; experimenta la muerte porque no muere y su final nace con la palabra:
El mundo y sus pies de tierra
el hombre y su condición de aurora
tierra sorda, masa del amanecer,
con el último impulso
inventa el socavón.








