El silencio nos mata.
Si no es para cuidarnos
Se nos convierte en asesino
Destruye la esperanza,
Sella los labios,
Tapona los oídos;
Dice alarmado a la conciencia:
¡No te muevas!
No emitas ningún ruido
Por que despertarás
Al monstruo de la guerra,
Al de la explotación,
Al que amenaza con matarte
Si gritas o murmuras:
¡Basta de expoliación!
Y el silencio se impone
Porque tenemos miedo de morir,
De ser asesinados, torturados,
De caer en mazmorras donde moran
Los que quisieron protestar o protestaron,
Y cayeron
Entre las garras de los que torturan,
De los hombres siniestros,
Los del oficio avieso,
Representantes de la ley;
La que no es otra cosa
Para el dominador, que arbitrio,
Voluntad de ordenar,
De imponer, de aplastar
De arrebatar a ratos,
Y si no lo permites,
Ordenará que te recluyan:
Que te tumben los dientes,
O te apaguen un ojo,
O abusen de tu hombría.
Por todo esto y mucho más,
Es que el silencio ha sido el rey
Desde el principio de los siglos,
Cuando ya un hombre poseía una lanza,
Mientras que el otro estaba inerme.
Cierto es que no ha logrado
El control absoluto,
Pues hay quienes no temen
Y gritan y denuncian.
O, cuando se dan cuenta
De que gritar ya no hace efecto,
Optan por la violencia,
Como respuesta a la violencia
De los que decidieron, quizás, desde la cuna,
Que tenían que ser emperadores en la tierra,
Dueños de vidas y destinos.
Y por eso
Los que sufrían los latigazos
Y perdieron el miedo,
Concluyeron que el ruego,
La petición o la exigencia
Ante el que tiene el fuete
Y está dispuesto a utilizarlo,
Ya no tiene sentido.
Son los que han sacudido, y desgarrado
El silencio en la selva,
En el desierto,
En el poblacho y en la urbe,
Y van por los rincones
De las callejas antes apagadas;
Marchan por las banquetas
Embaldosadas o empedradas,
Por las calles de zonas y barriadas,
Por bulevares antes muy discretos,
Por los jardines antes apacibles,
Y vocingleros, bulliciosos
Al grito de la sangre nueva,
De la que reivindica,
El derecho a vivir,
El derecho al decoro, a ser oídos,
A disfrutar lo mismo que disfruta
Fustigan al farsante,
Ese pelafustán que se disfraza
De gran señor; que se codea
Con el que, enrojecido de emoción
Observa los tableros de la bolsa,
Donde se juegan los valores
De las finanzas y el dinero.
Los inconformes y valientes,
Van increpando,
Van escandiendo sus consignas,
Aunque se irriten reyezuelos,
Malandrines en traje y con corbata
Luciendo su elocuencia en el Congreso,
Voceros obsecuentes,
Gacetilleros a destajo,
Articulistas alcahuetes,
Y empiecen a sonar los espadones.
Los que rompieron el silencio
Los que son sangre nueva,
Le han dado un puntapié a la sordina;
Rasgaron el silencio,
Y están diciendo su palabra,
Que es la de todos los que sufren
Aunque guarden silencio, o por ello.
Es la tuya y la mía,
La de todo el que piensa
Que debe respetarse el gran principio
Elaborado por esclavos,
Por explotados medievales,
Por el, o la que brega en los talleres,
En la oficina y en el campo
¡Bien por ellos, los que rompieron el silencio!
Ricardo Montes de Oca, Puebla, Pue., 27-8-2012

Ricardo Montes de Oca ha escrito novelas, ensayos, cuentos y poesía. Ricardo ha cursado estudios profesionales en México y Rusia.








