Lanzamos la advertencia
Silenciosa,
Primero;
Después, con un suspiro;
Más tarde con gemidos,
Enseguida con gritos,
Luego con alaridos
De desesperación.
Nadie nos hizo caso;
Nadie
De entre los poderosos,
Los que viven soñando con el oro.
No lo harán:
Nos dejarían morir
Con la garganta desgarrada
Hasta quedar sin voz
Ante el allanamiento
De los que bailan ante el dólar.
A estos nada los conmueve,
Ni los conmoverá;
Se sienten intocables
Porque el “Destino manifiesto”,
Del que se dicen portadores,
Les ha formado una coraza
Que es de acero.
Su prepotencia
Llega a la insolencia;
Al salvajismo, si es preciso.
Así lo han demostrado:
Han hollado
Los suelos, y las selvas
De la virgen del cobre,
Las tierras de Sandino;
Las que pertenecieron
Al sultán Saladino;
Han estado guerreando
En los confines orientales,
Y entre las selvas de Indochina.
Me privaron
De más de la mitad
De estos espacios,
Los que pertenecieron
Al portador de vara
Como bastón de mando:
Señor Acamapichtli;
Entraron con sus hordas,
Se llevaron,
Millones de kilómetros cuadrados,
De lo que fue la herencia,
Legada por Cuhutemoc
Y Moctezuma Ilhuilcamina.
Se enseñorearon en las tierras
Que menciona la Biblia,
Y andan por todo el mundo
Como perros de presa,
Buscando a quien rajar,
A quien cortarle la garganta.
Y sin que nadie les pregunte
Van diciendo,
Enarbolando una consigna
Que nadie les pidió:
“Es por la democracia”.
¡Qué desgracia!
Que el vocablo y la idea
Pensados por la gente
De la tierra de Ulises,
Sócrates y Platón,
Sirva de hoja de parra,
Para encubrir, no sus vergüenzas
Sino para ocultar
O disfrazar,
El cinismo que a chorros
Se les resbala por la cara.
Ahora ya los miramos
Rondando la gran casa
Que nos legaron mayas,
Aztecas
Y toltecas,
Y parece que tienen
Metido un pie en la puerta,
Con la finalidad de entrar a saco
Otra vez, a estos lares
Para imponer su imperio.
Y ¡qué vergüenza!
Que los estemos viendo
Sin que lancemos voz de alerta,
Sin decirle al vecino
Aunque sea susurrando:
Mira por la rendija;
Andan ya merodeando
Los que se dicen salvadores
Del mundo;
Esos depredadores
Sedientos de petróleo.
Y nosotros, mirando,
Sin preguntarle al de la banda tricolor:
¿Señor, no se da cuenta
De que ya es inminente
Que dejemos
De estar como conejos temblorosos
Sin siquiera lanzar algún chillido
Avisando a la prole
Que hay que limpiarse las chinguiñas,
Por que los del pendón
De las barras y estrellas
Se encuentran ya a las puertas
Y nos van a invadir?
¿Por qué no nos avisa?
¿Será que a usted no le interesa
El sino de esta tierra.
O, será que usted mismo,
Es caballo de Troya
De cuyo vientre brotarán
Los que ya vienen
En nombre de los Lincoln,
De Washington y Jefferson
A señorear en nuestra playas?
Si lo que yo sospecho es la verdad,
¡Qué tristeza, señor!
Y qué ¡vergüenza!
Que para hacer entrega de esta tierra,
Tanto se haya esforzado,
Diciendo sibilino y descarado:
“Haiga sido como haiga sido. Y se acabó.
Ricardo Montes de Oca, Puebla, Pue., 30-8-2012

Ricardo Montes de Oca ha escrito novelas, ensayos, cuentos y poesía. Ricardo ha cursado estudios profesionales en México y Rusia.








