MEDITACIÓN FRENTE AL SEMÁFORO
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martinez garcilazo.jpgMEDITACIÓN FRENTE AL SEMÁFORO

Por: Roberto Martínez Garcilazo*

 

 

Ayer en la noche, regresando a casa, estaba detenido frente a la luz roja del semáforo esperando la verde. Prendió, metí el cloch y puse la primera, pero no arranqué, por alguna razón desconocida arranqué, fue cosa de segundos y frente a mí, pasándose un alto rugió una camioneta negra a toda velocidad. Se pasó la luz roja. Todavía al través del rugido del escape pude oír la música, por llamarla de alguna manera, de banda –tamborazo y metales- esa horrorosa murga estridente. Quédeme inmóvil frente al semáforo pensando en qué lo hubiera pasado si, confiando en las señales, hubiera arrancado cuando la luz verde encendió. Sólo dos opciones: la camioneta me habría chocado y a esta hora estaría en el hospital fracturado e incapacitado; o tal vez estaría muerto dentro de un cajón rodeado de mi familia y amigos en alguna capilla de velación.

 

 

            Ayer, en la noche frente al semáforo, pensaba en la lección que la filósofa Adela Cortina pronunció en el auditorio Ignacio Ellacurría de la UIA Puebla, durante la ceremonia de concesión del doctorado honoris causa. Ella dijo que “…algunas de las teorías éticas actuales intentan justificar la obligación moral referida a otros seres humanos de forma más o menos explícita, e intentan responder a la pregunta ¿Porqué debo tener en cuenta en mis actuaciones a los demás seres humanos, sin excluir a ninguno? Algunas de ellas recurren para responder al propio interés, a los que Hirschmann llamaría el interés más fuerte, en la línea de Maquiavelo y Hobbes; otras a los sentimientos sociales, siguiendo a Adam Smith y Hohn Stuar Mill;  otras al hecho de que las personas gozamos de una capacidad de estimar los valores (Scheller, Ortega); los kantianos de estricta observancia, aun los corte naturalista, afirman que la otra persona es para mí una ley, de igual forma que yo lo soy para mí misma (Korsdgaard)…”

            Recordando las palabras de Adela Cortina se me ocurrió entonces pensar en las calles y en las conductas de los automovilistas como en una metáfora de la vida social, de la vida en comunidad regida por ciertas normas elementales que buscan preservar la vida y el desarrollo de los destinos de cada uno  de los individuos que de la polis participan, Nítida apareció ante mí la necesidad de respetar los derechos del otro para, en una suerte de sistema de interdependencias, poder ejercer los míos. Si atropello al otro destruyo el vínculo humano que hace posible el ejercicio de nuestras respectivas libertades. Se cancelan por igual las soberanías de la víctima y del victimario; sea por la muerte y el castigo de la ley, respectivamente; o sea por el daño impune. Porque la impunidad destruye la condición del individuo que al evitar el castigo se desnaturaliza a sí mismo al negarse a estimar el valor moral de sus actos. Me explico: es victoria pírrica la del impune: no burla la ley sino a sí mismo.

            La imagen anterior de la vida de la polis como el flujo del tránsito regido por el semáforo es útil también para valorar las conductas públicas de los poderosos, sean estos gubernamentales, empresarios o políticos. Pasarse los altos, frente a nosotros o sobre nosotros, al volante de una estruendosa camioneta negra con el estéreo a todo volumen no los hace superiores. Es lo contrario.

            Y también se me ocurrió pensar que no sólo nos dañamos físicamente sino también con las palabras. Es alarmante el nivel de la violencia verbal de la vida pública, es impresionante el nivel de irresponsabilidad verbal de los políticos, su descuido del valor de las palabras, la ligereza de los ataques, la imperdonable vanidad de sus impúdicos autoelogios.

            Pero aún más lo es el efecto corruptor del mal ejemplo. Sí. Sucede ahora que estas conductas delictuosas o de simple mala voluntad se han convertido en modelos de vid, en ideales de millones de personas que han sido infectadas por el cinismo, por el exhibicionista dese de demostrar que los poderosos valen más que los ciudadanos comunes.

            En contra de lo anterior, yo pienso –todavía estoy frente al semáforo que a estas alturas de mi escrito es ya un oráculo- que el imperativo ético más importante es  No dañarás. Ya no postulo, como antes lo hacía, como una “obligación” ayudar a los otros a realizar sus planes de vida, porque ahora estoy convencido que eso es parte de la más exigente ética religiosa. Pero el mandato de No dañarás a los otros, estoy convencido, es parte de una ética ciudadana de los mínimos indispensables para la convivencia política.

            Me despido con un par de dilemas:

            Sí un hombre es capaz de pasarse un algo porque no hay agente de tránsito que pueda castigarlo, será capaz –llegado el momento y en oportunidad de impunidad- de robar o de mentir.

            ¿Son transgresiones cualitativamente idénticas, sólo con diferencia de grado?

            O, por lo contrario, ¿El criminal, en un acto de calculada perversidad, selecciona las oportunidades de transgresión según el cálculo su ganancia?

*Roberto Martínez Garcilazo (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) es poeta y escritor poblano, director de Literatura, Ediciones y Bibliotecas de la Secretaría de Cultura de Puebla.

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