Llegaron hasta mi puerta, les había pedido auxilio. El sueño incomprensible se tornó en algo real cuando sobrevino en mí la eterna noche.
"A pesar de ser mexicana, parece ser inteligente” son las palabras que emite el juez, no sin antes escudriñar el cabello negro, lacio y amontonado, como vigas del alma sobre su cabeza; la observa insistentemente por encima de los espejuelos, sin lograr levantar del piso la mirada de María.
Sus ojos arremeten contra el suelo: heridos por un rayo estacionado, rojo y latente.
La sala del juicio es blanca e irreprochable; resalta en sus paredes altas un clavo negro que pincha la moral de piedra. Pende el tiempo y la navaja brilla: son las doce.
El aliento del diablo borra los minutos y los segundos. Un grupo de diez hombres y mujeres esperan la orden del juez para iniciar el discernimiento de un asunto ordinario, lleno de lágrimas de mujer. En tanto, dos hombres cruzan la sala, sosteniendo en las manos, gruesas carpetas. Asisten a un ensayo más, donde sus fuerzas tienen probado peso contra la desgracia: María se encuentra en la grieta de su destino. Sus antecedentes la ponen en desventaja: pobre, indocumentada y mujer.
Los dos litigantes esperan de pie, delante de las sillas que les fueron asignadas. Las corvas de sus piernas rosan la gruesa madera del descanso, y sus pies se han afianzado al frio mármol.
La claridad que da la luz neón enfatiza el color bruno de la puerta; es inevitable que el público sea atraído por la fuerza del contraste. Todos reviran en coro ocular.
El escrutinio inicia con la entrada de María.
María camina como si estuviese en el desierto. Ella sabe lo que el sol quema, de cómo se muestra en plenitud: desnudo, rojo, bola de fuego que somete.
El juez ordena que ocupen los asientos: todos esperan a que él se anticipe.
El tiempo se ha convertido en eternidad para María. El aire que flota ondula espinillas de cactus, cargadas de curiosidad.
-La atmósfera tiene un peso sutil, su peso se instala en mi espíritu. El martillo del juez irrumpe mi aislamiento.
-Mamita, te estoy gritando, me ahogo en el pasado. La vida que nos tocó parecía tan infinitamente simple, tan delgada, tan pobre; pensé que podía cambiar aquellas mañanas donde el hambre se acumulaba; limpiar nuestras paredes enmohecidas; comprar ilusiones que reflejaran cabellos alaciados y brillantes. Nacimos de este lado, asignadas por el “nunca”
La sala de audiencias comprime el calor del infierno y se confunde con el perfume del juez y los abogados; el pequeño grupo de asistentes ya se han sentado y, frente al estrado, respiran el aire enrarecido.
-La voz habita mis adentros, la cárcel hecha con mi esqueleto: hierros que no permiten el eco, solo sofocan mi desvarío.
-Quisiera caminar sobre el techo y las paredes, hacer de ellas lugares por donde avanzar.
-Mi mundo y mis centinelas son cuadrados.
-Antes pobre; ahora se agrega a mi estado: el nombre de asesina. El gran rostro de la ley me mira: “soy la vida, la implacable vida”.
Un cortejo de recuerdos la sitúa en otro tiempo, mientras se encamina a la silla de los acusados.
El olor a moho sustituye sus remordimientos. El pasado cinceló en piedra los ojos y la boca, su rostro avala la neurosis.
-No quiero el hoy, quiero el ayer… Mamita sírveme lo que queda del café.
- Hasta mañana mamá.
El hambre las había separado, era un espectro que se movía a sus espaldas, infringiéndoles, un sólo sentimiento.
-En mis entrañas guardo arenillas del desierto. Mamita el desierto es inútil: el viento reina y lo borra todo.
Una anciana se distingue entre el grupo, la miseria avanza desde su cabeza, y los cabellos amarillentos la hacen evidente. Tiene la cara ajada, llena de surcos; sus ojos buscan la fuente seca de su pecho.
Madre despojada de carne caliente; de pasos gravosos, de voluntad agotada, de manos torcidas que no se empalman para suplicar al cielo.
-Lo que más me pesa es no poder cerrar mis heridas, dejar de exponerlas y, así dar a tu alma consuelo.
-Caí de bruces en el campo, me arrastre; el miedo y la noche no me permitían incorporarme y, al fin hui a todo correr, perdiéndome en la oscuridad de la noche.
Los grandes acontecimientos son, en su mayoría, públicos; las escenas cotidianas acontecen entre cuatro muros. María es un rostro más, nada calculado, nada que no se pueda dejar pasar.
-He sobrevivido en espacios cuadrados, sin decoro y decorados, en suma: carentes de barrotes que le den el significado de cárcel. Para mi han sido el contenedor y la frustración de mis sueños-
Hacía tres meses que le dejaban a la niña; la ilegalidad les convenía, no tenían que cumplir con tantos requisitos, y así delegaban el cuidado de su hija en manos de una mujer con características de madre abnegada.
-Estaba llorando, le di un pedazo de pan.
-La radio me llevó a otro lugar, al patio de mi prima cuando cumplió sus quince años: esa noche estaban casi todos los vecinos del barrio. Agobiados por el calor se habían dividido. La vibración de los sonidos hizo rechinar las vigas de la casa, mientras los otros bailaban bajo el techo estrellado, reanimados por el soplo divino.
-Me quiero quedar aquí, en la fiesta… “duérmete mamita, no me esperes”.
-No me esperes, estate tranquila y guarda el dinero para cuando yo vuelva, ese día, nos vamos juntas a comer unas tortas ahogadas, y ya luego te compro tus zapatos, los viejos, tíralos.
-La niñita está bien bonita: tiene el pelo rubio, casi blanco, es un ángel que Dios extravió.
-Ella no sabe de distingos. Me abre los brazos y me envuelve con el cordón de las nubes.
-Dicen que yo la maté, me lo han dicho tanto que, a veces, creo que yo inventé toda esta historia.
-Ya no llores, espérame un ratito…
-Si, allí me quiero ir, donde todo es bello, ahora lo sé porque aquí no puedo respirar. No me quiero morir lejos de ti.
Las tretas se valen de un instante y se pueden volver dulce de papel.
-Cuando me acordaba de la miseria, me pasaba lo que a la niña: experimentaba en la garganta esa contracción que hace sentir la falta de aire, de morir por un instante-
Los hoyuelos de la niña desaparecen, contribuyen y dan espacio a la muerte. Sus ojos azules están fuera de sus órbitas, el corazón lucha con el invasor.
¡Ayúdenme!
-El magistrado viene a torturarme en nombre de la ley, infame mortal que asesina sin matar, que entrega en cifras los días que han de evocar a Matusalén. Particularmente ha de volver mis días en una sola hora inacabada: tal vez me vuelva loca para involucrarme, al fin, en todo este sin sentido.
Los jueces escucharon las voces de los testigos; testigos fuera de las paredes, testigos con imaginarios apabullantes.
Los padres de la niña fueron los que más elevaron sus voces, su inglés parecía (en oídos de María) más trenzado que de costumbre. La madre alargaba el cuello para dar énfasis a su testimonio y con el dedo índice sometía, hasta casi enterrar en el suelo a María.
El traductor parecía no entender, y para no quedar mal, hacía gala de su conocimiento semántico, observando el lenguaje establecido en la cabellera rubia que daba brochazos a los infiernos de María.
Traductor:
-Ella dice que esta mujer es culpable, que taponeó la boca de su hija, que hizo un tramado de dulce y papel para que la niña no la interrumpiera-
Todo parecía una acusación muy simple y la fundaban sobre la idea de que una mujer como María, carecía de un cerebro superior, apenas el de un primate que actúa por arranques, en un mundo donde (María) lo mismo da una o más Marías.
María habla:
-¿De qué me tengo que arrepentir, de la necedad de oponerse al orden del mundo y al lugar que me tocó?
-Es tan difícil detallar lo sucedido ante la promesa de una existencia de emparedado viviente, no hay solución.
-Ustedes miran mi pena, y yo me siento desnuda al comprender lo imposible de este sufrimiento.
Igual al que agoniza, emprende un último suspiro: arquea y vomita la negación:
“No es a ustedes mi ruego señores. Me valgo de su atención para hacer de mi juicio la entrada al lugar de los estorbos. Sus teorías nada tienen que ver con mi persona. Por hoy, y conmigo aplacan su hambre, la mía y la de mi madre continuará en mis hijos”
-¡A, señores!, es posible que me consideren inteligente, porque las palabras que salen de mi infierno nutren sus días opacos-
La inofensiva mujer calla, tras verter sus palabras en un tamiz. La justicia poseía tres agravantes: la de ser mujer, indocumentada y para colmo mexicana.
El éxito de ellos justifica sus actos, en eso estriba el interés por María. La sentencia estaba dada.
Allá en el dedo índice de la tristeza, junto a la rabia sometida, María es una cicatriz queloide, agravada por el recuerdo.
Lo que fue su boca, hoy es la huella de un camino borrado. Con el pelo ata cabos para vivir en su nueva circunstancia.
Sin libertad, lleva la cuenta de los días en una libreta que la soledad borra con su aliento helado.
María hace cuna las venas.
El pelo decaído cosquillea los despojos de la mujer inercia.

Leticia Díaz Gama, poeta residente en la ciudad de Puebla, México.








