1 de enero de 2013
Si pudiera escoger dónde ir cuando muera, sería al rancho de la abuela.
Volver para siempre.
Soñar para siempre.
Que ella cierre la puerta.
Con los sentidos en plenitud y sin el influjo del tiempo, pude grabar en mi mente el paisaje de aquella inmensidad que surcaba la casa de la abuela. Sus noches silenciosas tendían sobre el espiguero un manto diferente cada noche; a veces sabana tejida con hilos de plata, luego simulado mar en un hermoso tono azul, espeso y oscuro. Los cielos del rancho arropaban la dulcísima soledad.
El camión se detuvo a la orilla de la carretera ante un camino de tierra suelta. Los árboles enfilados parecían estar ahí como para recibir a sus contados visitantes, era como adentrarse en el principio de un cuento. La felicidad innata y el sol del medio día plegaban mi frente.
La vereda se abrió como si fuese un pecho ansioso. Interpreté la tierra suelta, su voz me llamó a este sitio de nostalgia. Nadie más por ese camino, nadie para observar mis muecas, nadie para evitar la liberación de las cuerdas del obligado protocolo. Pude volar pero, decidí correr. Quise que me anunciara el corazón, que además se hizo escuchar con más fuerza cuando la vereda subía para luego descansar en un latir arrítmico, trepidante y forzosamente discreto. Momento para mirar al cielo, cegarme con su brillo roto y recuperarme del resuello.
Con las manos en los muslos y la cabeza hundida entre mis hombros, entrego mi ser a la magnitud de la naturaleza, ella me toca con sus manos de aire y yo sonrió como respuesta a tanta belleza. Un hilo de sudor cosquillea mi cuello, reconozco mi momento, risa y llanto convergen, la hierba triturada habla.
Los árboles son fuertes, comparten la vida con el Dios Maguey.
Canto verde, sangre aguamiel, gratitud a este lindero entre el paraíso y el cielo.
El sol había tomado su sitio en el horizonte, la acuarela estaba completa. Las líneas paralelas que franqueaban mi camino fueron entonces los dedos equidistantes que señalaron la casa de tabique gris. Ahí estaba la abuela coronada de azabache, abrió los brazos y, con ellos desplegó su mundo, su espacio.
-¡Bienvenida!-
En la cocina de humo saludo a doña Lupe. Enclavada en el monte de su falda parece que no siente el comal de barro que lanza lenguas de fuego; levanta la cabeza, sonríe y sus pómulos se adelantan:
-¡Niña, que bonita estás!-
Sus deditos de bronce hacen exhalar el vientre de la tortilla, la salpica de sal, luego la enrolla para ofrecerme en círculos la bondad de esta tierra.
Del molcajete brota la salsa y la olla de frijoles aromatiza la casa. La sed se apaga con la baba sagrada del agave.
La tarde llega para arroparnos con su manto azul, ya casi negro: combinación que hace sentir que los sueños se mezclan entre la magia y la realidad.
La abuela al hablar descansa en cada palabra, complementa así… la noche prematura; cuenta historias que le nacen como flores, en su boca son capullos que abre suavemente, mientras la luz amarilla del quinqué se consume y su rostro vuelto espiral de humo me hipnotiza.
Alguien arrastra el alba por la casa, lo veo pasar, es el esposo de la abuela: tlachiquero por herencia. Son las cuatro de la mañana, hora de ir a libar el alma del maguey; pavoneándose, lo sigue el rey del gallinero.
La abuela esparce en el solar alimento a las damas del plumaje.
-¡A desayunar!-
Se llenan los jarros con chisguetes de las ubres de la vaca; salimos rumbo al tinacal. Me contaron que a las mujeres no les es permitido entrar. Su paso imprime el sello de la maldad, el olor que emana de ellas estropea el proceso sagrado de la bebida de los dioses.
Caminamos dos horas: tlachiquero libador y yo. El jumento decidió no dejarse montar, en sus ancas lleva el acocote lleno de aguamiel.
La gente pasa a nuestro lado ganándonos tramos en el camino; son gente fuerte, mezcla de su misma tierra, resultado del coloquio amoroso con este sol pasional. Las mujeres llevan en los brazos tenates de tortillas y. como atletas de su propio destino, trotan y toman del cielo garrafas de pulque; nubes blancas chorrean por las comisuras de la boca.
El camino me gusta, la tierra seca y las piedras me punzan los pies, los vientos levantan la tierra y le hacen manchones al paisaje: es el trabajo de las manos de aire, del escultor que tiñe a soplos a los hombres de piedra.
Por fin llegamos.
El tinacal es una bodega que por dentro y fuera suda frio, la entrada es de elevadas vigas de madera: portón abierto para el arribo de los libadores: hombres de mirada ladina, de miradas escondidas por debajo de los sombreros de palma.
Suerte de ser la sobrina del patrón: cruje la puerta, enojo de señora disgustada; de a fuerza se abre. Voy procurando la disculpa con actitud tímida e insegura. La gran bodega resguarda barricas que se desbordan en cascadas espesas y blancas.
Los espíritus del aire son capaces de hermosas concepciones, en mi hay mezcla de orgullo y miedo, me he convertido en una doncella cautiva. Dentro me esperan los sacerdotes: atan mis manos y, un golpe en las corvas me dobla, de rodillas caigo sobre charcos de pulque:
(Coro) Sacerdotes:
-Serás llevada a la casa de la alegría, casa de las nuevas almas-
-Eres ofrenda, en honor de Xochipilli (Dios del arte)-
Doncella:
¡Omecihuatl (Dios de la dualidad, señora dos) conviérteme en estrella!-
Sobre las brazas, panecillo quemado, cenizas.
Alimento para el que da vida y hace salir al sol.
Estoy dormida, sueño que soy la abuela y es la abuela la que sueña, hablo suave y camino sobre niebla. Absorta en el paisaje disfruto la sabiduría callada.
Ojos que parten la humedad, lenguas envueltas en vaho ansioso.
Mujer y hombre, dualidad.
Terminaron las vacaciones, hay nostalgia en la despedida.
La abuela me abraza, persigna mi cara, mi pecho. Sus lágrimas mojan nuestras manos que, enlazadas hacen pacto de atravesar la distancia con las letras:
-No olvides la dirección-
-Nunca-
-Te escribiré-
-Escucha mi memoria-
Rancho “EL ESPIGUERO”
Domicilio conocido, vía Calpulalpan, Españita Tlaxcala.
A través de la ventana del autobús, veo pasar, entre bandas de un devenir vertiginoso: árboles y casas que huyen desdibujando el paisaje.
El camión se detiene, el chofer baja y da la espalda, abre las piernas, orina y suspira.
Aquí está la línea que divide al tiempo.
Llego y otros se van.
Camino por la sala de espera, sobre piso de mármol.
La puerta de salida es de cristal…
Romboide con pivote de movimiento circular, su sentido es uno, hacia atrás jamás.

Leticia Díaz Gama radica en Puebla, México y es amante de las letras.








