Ser mujer en la Puebla de finales de los cuarentas reducía a Ana María a vivir en un mundo cuadrado, llegar a sus aristas le provocaba vértigo; una especie de miedo y de frustración. Tal vez la caja de pandora se esconde en las orillas, quizás el vértigo la llevaría al sueño oculto llamado enigma. El miedo hasta entonces la había salvado.
Los ángulos de la casa convergen en la mirada vigilante de su madre.
En la cocina el capeado baja con el goteo que brota de los ojos almendrados de Ana María. En el fogón se sazonan los moles y, a los caldos se les extrae infusiones aromáticas. La casa esta blindada con ajos, cebollas y chiles verdes.
Ana María recrea su espíritu de artista, canta:
a) -No sé por qué dices que has visto en mis ojos que estaba llorando de celos por ti, por más que me veas a veces llorosa…
Ana María sonríe al ver oscilar el péndulo del reloj: es la hora de ir al mercado.
-Caminaré lento, muy lento, sobre una línea imaginaria, como si el moño que adorna mis corvas anudara mis rodillas; quiero respirar el aire libre-
La madre de Ana María la llama; sus gritos estropean la ondulación sonora del aire.
-¡Ana María, son las doce, qué esperas!-
-Toma la lista del mandado-
-Cuando termines las compras pasas a ver a la tía Mercedes, está enferma, a ver en que la ayudas-
-Esta bien mamá, voy a tardar un poco, la casa de la tía queda lejos del mercado-
-Una hora más. No te distraigas ni hables con extraños; apúrate, el tiempo vuela-
-Tendré que correr, olvidarme de la cadencia. Mejor es ocupar el trayecto en atrapar el paisaje, esconderlo en el crepúsculo de mi pecho.
Ana María sale. El medio día brilla intensamente, la envuelve.
Se detiene en las esquinas y, le parece que el paso del tranvía es tan lento…
El destino crea contubernio con el tiempo. Ante sus ojos se repiten vertiginosamente las ventanas y las puertas.
Un hombre la observa, es el espectador en el que germina la chispa de la codicia.
Esteban la mira recargando los codos sobre el mostrador de su negocio. El ir y venir de los días se detiene.
Ana María cruza en la esquina, dobla justo en la calle donde los ojos de Esteban la esperan.
Las piernas de Esteban se hunden en la emoción. Desde ahí se impulsa para saltar sobre el mostrador.
La sigue, el horizonte se acerca y, el cielo rasa su cabeza, Dios proyecta su sombra.
Ana María siente las chispas mojadas de sus palabras.
-¿Adonde con tanta apuración señorita?-
Ana María confunde los colores del semáforo, los tres le parecen rojos.
Los ojos de Esteban la tocan.
Ana María recuerda las palabras de su madre:
“No hables con extraños”
- ¡pts., pts., pts. !-
-¡Déjeme pasar, no me moleste!-
-No le voy a hacer nada-
-Sólo quiero platicar con usted-
-Se tiene que acostumbrar a mí, yo soy amigo de su papá, él ya me dio permiso para visitarla-
-Uno de estos días iré a su casa, me quiero casar con usted-
-¡Lárguese de aquí, usted me da asco!-
-¿cómo se atreve?-
Ana María cruza la siguiente calle y un automóvil enfrena para evitar atropellarla.
Las semanas pasan y, el incidente se desgasta con el olvido. La mañana de este día se presenta fría; el tejido azul del cielo es luminoso, el patio está listo para ver cruzar los pasos disciplinados de esta familia hecha de barro y de talavera.
Las manos femeninas indagan en lo prohibido, arremeten en la piedra. Con el brazo del metate dan rienda suelta a los sueños, a los instintos. De la pendiente de piedra resbalan sus humores.
En el zaguán pende una masa de hierro que al golpear la madera de pino emite el llamado corrector del supuesto desaliño en la casa. En un conteo de tres todo se perfecciona: uno, dos, tres; objetos y seres limpios.
-Señorita Ana María, buenas tardes-
-Que suerte la mía que usted me abra la puerta-
-¿puedo pasar?-
-Le dije que no quería volver a verlo-
-¿Quién lo invitó?-
-No necesitamos de sus servicios mecánicos-
El padrastro de Ana María se asoma por el hueco; por el visor ajustado al emisario del diablo. Sito entre el hombro y la cabeza de Ana María.
-Buenas tardes Don Esteban, estamos por sentarnos a la mesa-
-Nos da mucho gusto su visita-
Ana María abre inusualmente los ojos; como queriendo hablar a coro les pide ayuda; sorprendida de gritar en un mundo sordo.
-Ya lo estamos esperando-
-Pase, pase, por aquí-
La familia en séquito ha dispuesto la mesa. Madre y hermanas ponen en escena lo ya pactado. La mesa es una isla de tierras duras e impenetrables, de aguas innavegables.
Esteban yace en la iniquidad, en su yo profundo, en su deseo, en su vida, en su mundo.
En la mesa colocan frente a frente a la lujuria y a la soberbia.
-Así que usted es ingeniero en mecánica, muy bien-
-Es una carrera muy interesante a más de difícil, lo felicito-
-Gracias señor, me han llamado de México para trabajar en una empresa, seré uno de los ingenieros que instale la maquinaria-
-Le aseguro que Ana María tendrá todo lo que desee-
El grito de Ana María no se escucha; la garganta cierra sus compuertas; el chorro de saliva la ahoga en aguas negras. Sus pies pierden estabilidad en el lodo que brota del ladrillo rojo.
-P e r o. . .
-¡papá!-
-¡este señor tiene mujer e hijos!-
-¡toda la gente del barrio lo sabe!-
-¡Salió en el periódico por un lío de faldas, lo golpearon sus cuñados porque andaba con una de las hermanas!-
El rostro de Ana María se desfigura. Su locura hace que el padrastro se entere de su estadía.
-No, no, este hombre te quiere, te vas a casar con él-
-Lo demás son chismes, habladurías-
-Es por tu bien-
Ana María no encuentra los recursos que obren en su defensa. Convertida en agua, se ahoga en sus tormentas. Una punzada se instala en sus sienes, un golpeteo martiriza su pecho. Sus risos se desatan; la maraña en la cabeza contribuye al momento del desacuerdo.
En defensa propia la víctima rechaza el patíbulo. Se ríe y llora. El drama es completo y, a ella le toca butaca en primera fila.
Un esbozo de sonrisa enmascara la lluvia fina.
-¿Por qué no se casa usted con el si tanto le gusta?-
-Deje que le demuestre cuanto la quiero-
-Nuestra casa ya la está esperando-
La escena se divide. Esteban y el padrastro sonríen en un mismo plano y, Ana María se sumerge; crea su propia regla de tres. Aceptar, fingir, engañar y…
Escapar.
“No me queda más remedio que aceptar, me voy a ir con este hombre, luego me escapo. Esta es mi oportunidad de huir, ya no aguanto. ¿Qué más me puede pasar? “
El intermedio se tiñe de negro, negro sobre negro. La salida tiene cerrojo.
Afuera un guardián no tiene cambio de turno. La ventana se abre a dos manos y, la huida se puede realizar a horcajadas sobre la barda de un metro.
Ana María es discípula graduada del miedo.
La penumbra se apropia de Ana María y sus manos de humo no la sueltan.
“Hace mil años salí de mi casa con el alma somnolienta. Me fui a otro lugar igual de infame. El presente inextinguible me sobrevive”
-¡No, por favor, no me deje encerrada, ábrame!-
-¡usted dijo, prometió!-
-¡esto es su venganza!-
Esteban tiene las palabras ateridas, se pasea en sí mismo con las llaves rompe tímpanos.
“Hoy es el día, saldré por la ventana.
Voy a correr sin detenerme.
Alguien, algo debe esperarme”
El tiempo transcurre transfigurando al miedo.
Ana María mira a través de los cristales de la ventana.
No es tiempo de lluvia…
Su cara de cera no logra cruzar los vidrios…
Los muros son de aire.
Ana María canta:
a)
-No sé por qué dices que has visto en mis ojos que estaba llorando de celos por ti, por más que me veas a veces llorosa…
a) Canción “CELOSA” de Pablo Rodríguez.

Leticia Díaz Gama radica en Puebla, México y es amante de las letras.








