16 de julio de 2012
Llueve del cielo y le llueven los ojos. El alma adormecida, enferma de años, despierta como del largo sueño invernal después de soñar infiernos.
Las ideas suben como medusas, imposibles de tocar aún. Y hay silencio. Hay ese silencio grande que suena a vacío. Pero no es vacío.
Agradece. Ella agradece estar sola.
Huele a flores, huele a ángeles. La miel es el paraíso de quienes vuelven del exilio de sí mismos. Sabe a miel. Sabe a exilio.
Estira las manos buscando lo que sabe que no hay. Sin respuesta las guarda en el bolsillo. Habrá que buscar en otros lugares.
Más allá de la ventana todo es verde y húmedo. Gracias. Otra vez.
Al cerrar los ojos ella vuelve a verlo. El éxodo de las serpientes. Se van todas, se van juntas, en silencio.
Son sordas, son ciegas, son serpientes. Se llevan sus juicios entre dientes, no miran atrás.
Reptan lejos pero han mordido. Han dejado heridas y veneno.
Ella camina entre los cadáveres de afectos mordidos por las serpientes. Siguen ahí. El aire frío los irá desvaneciendo hasta que sólo quede polvo que se lleve el viento.
Arden las heridas, quema ese veneno que a pesar de todo no es mortal. Le han dejado con esa muerte que no quita la vida.
Guarda lágrimas para después. Para beber de esa lluvia cuando vuelvan a doler las mordidas, cuando sienta de nuevo los dientes clavados, quemándole.
Al cuello su luna de plata, símbolo de que ha sobrevivido.
Hierbas, luna y miel para vivir, para resucitar de esa muerte en vida.
Cierra los ojos y reconoce ese olor, el de antes de la lluvia. Suspira.
Se impregna de la paz que ha dejado el éxodo. Lluvia.

Mónica E. Pérez García es psicóloga por la UAM Xochimilco con Maestría en Educacion por la Universidad Marista.








