Cuentos del narrador oral escénico - Francisco Garzón Céspedes
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MOMENTO DE LA VERDAD

"Las palabras estarán en el círculo del viento aguardándome", piensa. Ni siquiera integra el círculo. Tampoco se trata de un círculo, sino de una oleada de círculos, de los que el último contiene a todos los otros. En el Taller habían explicado que el público debía situarse en arco. Eso fue después. Lo puntualizado como preámbulo del arco fue que el narrador oral escénico delimitaría con el público el espacio que necesitaba para contar y le propondría el arco. En la plaza, cuando él vino a darse cuenta, se halló en el centro de una sucesión de círculos, por lo que siempre tendrá público a su espalda. "Pero las palabras están en el viento
aguardándome", piensa. Ha elegido un cuento que, por los personajes y peripecias, considera le permitirá lucirse. Demostrar las cualidades escénicas que cree poseer: la opulencia de su lenguaje verbal, las artificiosas modulaciones de su voz, las disímiles caracterizaciones del rostro para cada personaje, la agilidad de su cuerpo para contorsionarse en el espacio. En fin, no en balde es actor, y aunque comienza a comprender que es otro el proceso, otra la relación con el texto y con el público, por algo le habían repetido y vuelto a repetir que la narración oral es un arte escénico. Piensa: "Qué manía de definición". Ciertamente, tiene dudas en éste su primer cuento para el público y prefiere despegar desde su experiencia como actor profesional. Piensa: "para el público"' y en el Taller no le dijeron "para el público" o "al público" o "frente al público", reiteraban "con". Tampoco hablaban de interpretar o representar. Hablaban de sugerir. Si hubiera pedido entonces que le aclararan. "Pero las palabras están aguardándome", piensa. "Ante la elección del cuento, más que conmocionara al propio narrador oral... ¿cómo lo expresaban?: 'que lo motivara internamente'." Prefirió elegir una historia que, si bien le gustaba, no lo estremecía y en su criterio admite que él muestre sus dotes. Recordó su preparación para apropiarse del cuento. Sabía de las opiniones enfrentadas en cuanto al uso del espejo. Él necesitó verse desde el comienzo, admirarse. "Bueno, admirarse no. No es una postura admisible." No deseó afirmar eso. Quiso decir: "comprobar", "fijar". "Ése es otro aspecto en discusión con el teatro. ¿No son artes escénicas los dos?" También contra todas las indicaciones de que, al menos al inicio, no se grabara durante los ensayos, lo hizo. "Fue... grato escucharse." No por narcisismo, no, sino que pareció como si su voz se reflejara en un espejo de agua y regresara a buscarlo. Él no se desestimuló por escucharse. "Lo más difícil será mirar a los ojos de la gente. Cómo van a saber que no los miro cuando dirija la mirada no por encima, ni abajo, ni arriba, ni a los lados, aunque tampoco a los ojos, sino entre una y otra persona del público." Dirige la mirada al vacío para amurallarse. "¿Qué dijeron de 'desnudarse con el público', de 'un momento de la verdad'?, cuando el arte es ficción. Y escenificación es invariablemente representación. ¿O no?" Ya debe comenzar. Busca las palabras fuera. Las palabras aguardándolo. No logra atrapar las palabras, traerlas a su voz. Y no se ahoga de palabras como cuando son tantas que se atropellan o vienen de dentro con tanta emoción que anudan. Allí, frente a la multitud, que no con el público, que no indefenso con cada uno; sin momento de la verdad, el aprendiz de narrador oral escénico se ahoga de impotencia, se hace invisible de palabras.



LA IMAGEN (COMO SI NUNCA)

La imagen se fue agrandando en su interior. Nítida. Él se había concentrado hacia dentro. No desde dentro. A solas con su visualización interna. Pero él estaba allí, debía narrar. El público estaba allí. Debían  compartir un mismo espacio. La imagen continuaba agigantándose dentro. Hasta que el aprendiz de narrador desapareció. Como si nunca hubiera existido. Tragado por una imagen que no logró sugerir.



LA SUGERENCIA

"Sugerir. ¿Será describir?", se pregunta el aprendiz de narrador oral escénico. "¿Cuál es el secreto? ¿Los matices de brillo que diferencian una perla de otra? Es diáfano entre carbón y diamante. Mas sugerir..." Cuando narre dirá que "el hombre era muy fuerte". Puede verlo. Palparlo en el cuento. Camina. Respira. Está vivo acá. Pero si lo dice así, tan escueto, tan definitivo, y sigue contando, el público no tendrá suficiente materia prima para imaginar, ni tiempo. Dirá que "el hombre era muy fuerte, porque, siendo alto y sano, había hecho pesas para tener anchas espaldas, piernas resistentes y músculos poderosos". Pero si lo dice así, tan determinativo, y sigue, el público no podrá crear su propio hombre muy fuerte, sino que, como mucho algunos comenzarán a ver el hombre muy fuerte que él está viendo. Y si dijera que "el hombre era muy fuerte, tanto que hubiera podido de un cabezazo traspasar las montañas". 0 que "era un hombre tan fuerte como un elefante enloquecido de sed". Y si no dijera "fuerte". Sino que "era un hombre que parecía capaz de detener, con una sola de sus manos, un dragón". "Un hombre que podía alzar a otros dos como si los pesara en una balanza." "Un hombre que de un soplo derribaría uno tras otro los robles crecidos en hilera." Eso resonaba. ¿Qué pasaría? Pero ¿y la concisión? ¿Eran o no concisas esas... sugerencias? Y, sobre todo, ¿qué pasaría cuando comparara al hombre con el dragón, la balanza, el soplo devastador? El aprendiz tomó una decisión. La hizo palabra, voz, gesto. Evocó al hombre muy fuerte y dijo "dragón" y dijo "balanza" y dijo "soplo". Una multitud de hombres muy fuertes comenzaron a flotar por encima de las cabezas del público, como si numerosas botellas conteniendo genios hubieran sido descorchadas para que brotara el humo moldeable de lo sugerido.



LA INCONGRUENCIA

Cuando el aprendiz de narrador oral dijo la palabra "luz", nada se iluminó dentro de cada persona. Los rostros del público continuaron ensombrecidos. Las posturas. Él, con otras palabras, reiteró: "Todo se había iluminado; todo era fulgurante". Pero los rostros de sus interlocutores continuaron ensombrecidos, como el suyo. Como el suyo. Y como sus puños, cerradamente inscritos en las sombras.



LA REINVENCIÓN

A las brujas del cuento no les agradó el giro brusco de la trama en las palabras, voz y gestos reinventores del narrador. Había aprendido la técnica recientemente. El giro, en opinión de las brujas, era rebuscado, falto de coherencia interna y, por tanto, de verosimilitud. Terminaría por dejarlas en ridículo y tendrían que montar en sus escobas y desaparecer del cuento. No esperaron a verse envueltas en más desatinos. Con un conjuro lo enmudecieron. Y tomaron ellas la palabra.



LA CONCIENCIA

El narrador está a oscuras, de pie, detrás del telón que en un momento se abrirá. En esa soledad que tensa el murmullo de un público al que aún no puede ver. Cree que no recordará ni uno solo de los cuentos a contar. Y se pregunta angustiado: "¿De dónde vienen las palabras que narro? ¿De dónde acuden a encontrar  voz? ¿A convocar los gestos?". Y el murmullo cada vez más anhelante del público al otro lado del telón parece responderle. Porque una respuesta lo remueve: "Lo primero es el eco, no la voz de cada cual. Uno escucha dentro. El eco musita las palabras. Las susurra en milagro. Esas que uno dice como propias.  Primero fue el eco. Primero es. Las palabras son únicamente el eco del eco". Y esto es lo último que le resuena en la conciencia, porque los cuentos vuelven, uno a uno, vivos, deseosos.



LA PAUSA Y LA REITERACIÓN


El narrador oral contaba con adultos un cuento sin edad, se acercaba al final y dijo: "Con tan mala suerte que los monos... los monos tiraron una cáscara de plátano, el elefante la pisó...". Debía decir: "¡Y se cayó!". Pero el día no era bueno: discusiones, lluvia y faringitis. Equivocándose exclamó: "¡Y desapareció!". Con lo que el cuento perdía su sentido, porque el final era que el elefante al caerse comprobaba que no desaparecía, y levantándose respondía animoso a la duda de sus amigos. Cuando el narrador oral se equivocó afirmando: "¡Y desapareció!", deseó que el proscenio se abriera y lo tragara. Deseó desaparecer. No podía traicionar al cuento y a quien lo había escrito, ni a sí mismo, ni al público, ni a aquel recinto, por escénico, sagrado, ni a la circunstancia amorosa, optimista. Hizo una pausa, y siempre mirando a los ojos de la gente, retrocedió hasta el centro del escenario y se detuvo, abrió y cerró los brazos, y con un énfasis de una tristeza lenta, reiteró: "... ¡y desapareció!". Hizo otra pausa, retrocedió hasta el fondo, mientras buscaba ansiosamente una solución y, en el momento en que su espalda tropezó con el mar negro de la cortina, de nuevo abrió y cerró los brazos, con mayor rapidez y amplitud, y con alegría reiteró: "¡y desapareció la cáscara de plátano bajo su enorme pata al caer. Y con su trompa verde se tocó cada una de las patas azules y estaban allí. Y el lomo rosado, y estaba allí. Y las orejas amarillas,  y estaban allí. Y se levantó y otra vez comenzó a bailar. Y sus amigos le dijeron: 'Pero, Guy, ¿un elefante no ocupa mucho espacio y, si se cae, puede desaparecer?' .Y él respondió: '¡Sí, un elefante ocupa mucho espacio y, si se cae, puede desaparecer; pero, si quiere, si quiere, si quiere también se puede levantar!' ".


EL PODER


Cuando el cuchillo penetró más allá de la piel, el narrador oral concluyó: "Pero el cuchillo era sólo una pesadilla del desamor". Y el cuchillo retrocedió velozmente. La herida desapareció sin cicatriz. Y la sangre se transformó en una manta roja y protectora.