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Francisco Garzón Céspedes
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LOS ANTIGUOS CUENTOS
Allá dentro el narrador oral, para calmar su ansiedad, decidió limpiar los dientes de la ballena. Lo hacía y recordaba los antiguos cuentos, convencido de que encontraría la solución para salir de aquel encierro. Limpiaba los dientes con la misma persistente intensidad con que recordaba. La ballena, molesta, tragó en seco y casi lo arrastra hasta la cueva más profunda de su estómago. "Cueva", pensó el narrador oral en silencio, y de inmediato alzó un brazo y su voz resonó: "¡Ábrete Sésamo!".
EL MÁS FUERTE
Cuando ocurrió lo que nunca había ocurrido. Cuando el enfurecido elefante lo tomó con la trompa y lo lanzó a volar por los aires, el domador del cuento supo, en las improvisadas palabras, voz y gestos del narrador oral, quién era el más fuerte.
DAMA DE LA CARICIA
Ella estaba en el recinto escénico. Acababa de narrar oralmente en el acto de clausura del Taller. Había sido un Taller con damas de la caricia. Así decían. "Sexo servicio", afirmaban ellas. Preferían no repetir los vocablos que usaban en la calle para nombrarlas. Allí estaba ella. Acababa de descender del escenario. Narró y la aplaudieron. Mucho. Ahora, sentada, mientras aguardaba que culminara el acto, acariciaba el diploma de graduada. Las palabras del diploma. Negras y brillantes. Sensibles al tacto. Resonando en el corazón. Las acariciaba. Dama de la caricia. También persona. También narradora. También caricia de contar.
VOCACIÓN DE PARAÍSO
El narrador oral, equivocadamente llevado al Infierno, supuestamente atrapado, perdido, indefenso, aun dentro de las llamas, a palabras, voz y gestos convocó el Paraíso.
LA PALABRA
Allí estaba la nube, con asombro de asombros, sintiendo cómo al ser nombrada por la voz y el cuerpo del narrador oral se reproducía en forma de algodón, o de nieve, o de espuma, o de humo, en la imaginación de cada ser humano donde aposentaba su reino de cielos.
LA JUSTICIA POÉTICA
(EL NARRADOR ORAL ANTE EL CADÁVER DE SU AMOR)
El narrador oral perdió la memoria. Los cuentos de su vida quedaron quién sabe dónde cuando presenció morir a su pareja. Él narraba desde siempre, pero, desde que descubrió el amor, contaba con todos porque primero contaba con el amor. Así que en ese instante en que su mente recuperó la pureza absoluta de los orígenes, aun en ese instante, ante el cadáver que se tornó conocidamente desconocido, la intuición, la magia, el oficio fue tan poderoso que, como si el antiguo cuento le tocara el corazón, dijo: "Hace mucho tiempo...". Y se inclinó, y en caricia besó esos labios, y miró fuera del tiempo esos párpados. Los ojos del amor se abrieron. Los labios musitaron: "Había una vez un hombre que narraba. Tenía cuentos para compartir con su amor, tantos que su amor era también el mundo, la justicia poética del universo. Y el narrador poseía el misterio de afirmar la vida y negar la muerte".