Subterráneos
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15 de septiembre de 2014

Volví a despertar de madrugada. Tenía una semana de abrir los ojos automáticamente en las primeras horas del día, sin poder dormir de nuevo. Las últimas noches mis sueños ocurrían en un espacio extenso y oscuro por el que transitaba. El lugar desierto, sin márgenes, era lo que me causaba angustia y me hacía despertar como acto reflejo. Por la luz incipiente que percibí a través de la cortina adiviné que serían alrededor de las cuatro. Desde la cama, miré el plano que coloqué en la pared de la habitación. Sobre el mapa, la línea roja que marcamos David y yo de la ruta probable en nuestra ciudad subterránea. Hacía seis meses de eso. El deseo por explorar esos corredores que habitan bajo nuestros pies se iba acrecentando conforme nos preparábamos para ello. Cada fin de semana nos encontrábamos en un terreno escampado al sur de la ciudad, cerca de la antigua estación de tren ya clausurada. Hacíamos largas caminatas contabilizando las embocaduras de acero por la avenida Industrial, buscando posibles ramificaciones, formas de descenso, obstáculos en el trayecto. Nos alternábamos para realizar pequeñas pruebas sobre lo que nos enfrentaríamos. Nos atraía aún más la aventura al sentir la respiración de esa boca oscura y húmeda que se abría para nosotros.

El objetivo era realizar un recorrido de varios días bajo la superficie. Para ello habría que aplicar formas de supervivencia con los mínimos recursos. Intentamos habituarnos a las zonas sin luz y aguzar otros sentidos, el tacto, el oído. Reconocer con el movimiento del cuerpo la densidad del aire alrededor, percatarse de los objetos cercanos antes de tocarlos con los pies o las piernas. Algunas tardes aprovechaba para visitar a mi madre en su trabajo, el edificio de una empresa trasnacional; me detenía frente a los seis ascensores y, pese al ruido del vestíbulo, me concentraba en el sonido fino de las varias poleas en funcionamiento para advertir lo antes posible la puerta que se abriría ante mí. En diferentes lugares me propuse identificar por el sonido de los zapatos el caminar continuo de un hombre o una mujer, si el peso contra el suelo correspondía al de una persona gruesa o no, la celeridad de un joven o una persona mayor. Comencé a reconocer las sutilezas y textura del sonido sobre azulejo, parquet, alfombra y baldosas. Registré los sonidos de la ciudad a diferentes horas del día.

Poco a poco fui potenciando otras habilidades y recursos de mi cuerpo. Por las mañanas iba a la alberca olímpica a nadar durante dos horas. Recorría al menos tres mil metros diarios. Me duchaba y me dirigía a la universidad. Varias noches por semana, David y yo íbamos a correr al parque deportivo. Él fue quien tuvo la idea de explorar los conductos pluviales. Era mi amigo desde la secundaria pero desde que entramos a la universidad no nos habíamos vuelto a ver. Era mi último año en la Escuela de Finanzas y él comenzaba segundo en la Facultad de Derecho. David había intentado varias carreras antes sin acertar. Aquella inestabilidad lo volvió, de alguna manera, solitario, detenido en una adolescencia que ya habíamos rebasado hacía tiempo. Poco nos quedaba en común. Durante los años escolares en que coincidimos no fuimos del grupo seleccionado de futbol. Éramos malos atletas pero, en compensación, mucho mejores estudiantes que los demás. En esa época comenzamos a adquirir un gusto inexplicable por los terraplenes que encontramos en nuestros recorridos en bicicleta y lo que sucedía en ellos. Observábamos durante horas el tránsito de obreros después del trabajo, mujeres con bolsas de mandado, perros callejeros, mendigos. Podíamos quedarnos sentados el resto de la tarde en esos sitios sin hacer nada. Nuestra zona de exploración se expandió un día cuando merodeamos una fábrica en desuso y descubrimos una rendija de entrada. En semioscuridad adivinamos la maquinaria oxidada, los altos muros, los pasillos, las escaleras. Inventamos diferentes juegos en el interior de la construcción. Aquello era terreno fértil para todo lo que éramos capaces de imaginar: podíamos ser espías, cazadores, excursionistas. Por eso comenzamos a buscar lugares abandonados. Casas o edificios. Ensayábamos rutas nuevas en nuestros trayectos diarios a la escuela y cada vez íbamos alejándonos más de nuestro barrio. Al encontrar un punto nuevo, explorábamos primero los alrededores, las calles, procurando no ser vistos por los vecinos. Comprobábamos si realmente el lugar estaba vacío o habitado por algún inquilino temporal. Si descubríamos algún pordiosero, vigilábamos su horario de entrada y de salida. Esperábamos con paciencia. Nuestro código era ingresar únicamente cuando el territorio estu-viera solo. La técnica era entrar por algún resquicio, nunca por la puerta principal. Podía ser por la entrada trasera o la ventana del baño. Hacíamos un reconocimiento general. Realizábamos un inventario de objetos que pudieran ser valiosos en nuestra re-construcción de la historia del lugar: un teléfono, un calzado, una libreta, todo nos era importante. Luego escribíamos una lista de posibles historias. La edad del edificio, el número de dueños, la cantidad de personas que lo habitaron, el motivo por el cual había sido abandonado. Llené mis cuadernos de la escuela con apuntes sobre nuestros descubrimientos. David y yo contrastábamos nuestros resultados de las pesquisas, comentábamos, escribíamos nuevas posibilidades. Nuestras notas bajaron en segundo año de secundaria y, aparte del regaño en casa, aquello no fue importante para nosotros. En ese momento creímos haber descubierto la esencia de los objetos que nos rodeaban, condición que sólo puede revelarse si nos apartamos del objeto o somos abandonados por ellos, cuando fuera de todo contexto adquieren ese aspecto inútil. Éramos en gran parte lo que poseíamos, pero también lo que arrojábamos fuera de nosotros. Imaginé con desaliento mis objetos inanimados cuando yo ya no existiera. Por ello propuse a David resguardar en una caja de metal algunas de nuestras pertenencias con instrucciones detalladas sobre el año en que fueron hechas y su utilización para futuros exploradores. Acordamos buscar un lugar secreto en mi casa para cuando ésta fuera abandonada. Pero cómo, en qué momento se abandona por completo una casa, me pregunté con angustia ante la incertidumbre.

Con el tiempo, nuestras expediciones se hicieron espaciadas. David y yo entramos a la preparatoria aunque ya no estábamos en el mismo salón. Hicimos otros amigos, surgieron otros intereses. Algunos fines de semana hacíamos recorridos en bicicleta por terrenos montañosos. Salíamos de madrugada y acampábamos una noche o dos. Tanto a él como a mí nos gustaban los sitios solitarios. Allí hablábamos de nuestras cosas. Era yo quien rehuía los temas pasados en mi afán por entrar a la vida adulta. Ambos notábamos que se abría una brecha natural de la vida que nos separaba. Al graduarnos perdimos por completo el contacto.

Debo admitir que no me extrañó su presencia a finales de invierno para proponerme esa nueva exploración. Era un interés que después de todo no habíamos perdido. Hacía más de un año yo divagaba con la idea de viajar al sureste del país para recorrer las aguas interiores de un río subterráneo. Después de leer en el periódico la nota del reciente descubrimiento de un nuevo río bajo tierra, probablemente el más extenso que existiera, se despertó aún más mi interés. Pero advertí que ya no tenía el impulso de años atrás. La propuesta de David era el primer paso para mis expectativas.

Por ello mejoré mi condición física sobre todo a nado. Llevaba una bitácora sobre mi resistencia y una elaboración minuciosa sobre lo que sería mi traslado en el afluente cercano a las costas del Caribe. Llevaría los mínimos elementos requeridos para bucear. Había investigado sobre ello. Debía ir ligero para resistir el recorrido el mayor tiempo posible. Planeaba llevar unas cuerdas y unas estacas para dormir pendido al interior de las paredes, si no encontrara algún punto de descanso durante la expedición. Los flotadores también me ayudarían. Con ciento cincuenta y cuatro kilómetros de largo, calculaba una exploración de aproximadamente doce días por aquel río. En mi entrenamiento, para poder conducirme en la oscuridad, nadaba algunas veces con los ojos cerrados y percibir por las ondulaciones del agua los extremos de la piscina. Cada movimiento era una propagación de energía que, según su alcance, hacía sentir cerca o lejos los cuerpos. Al menos era mi forma de entender lo que me ocurría. Comencé a nadar una hora diaria y rápidamente fui aumentando el tiempo. Se aceleró de manera tal mi inquietud que al cabo de algunos meses iba a la alberca olímpica por la mañana y por la tarde. Comencé a perder horas de clase.

David por su parte hacía ejercicios de elasticidad y de largo alcance como saltos sobre el vacío o piruetas sobre muros. Era bastante ágil. Intentaba enseñarme pero yo aprendía sin mucho rigor, pese a que tal habilidad podría servirme para mi propio desafío del que nada le había contado. Hablábamos largamente de los progresos en nuestra preparación, de las breves excursiones a las que nos habíamos aventurado hacía poco por el terraplén de San Jacinto. A mitad de la noche, recorríamos uno a la vez con una larga soga como hilo de Ariadna. Aquel laberinto bajo tierra era también nuestro minotauro. La humedad de los largos pasillos, el eco del continuo goteo y del agua escurriendo me aproximaban a la sensación de lo que sería mi expedición por el río subterráneo. En el recorrido angosto y cóncavo, imaginaba un camino de aguas claras y dulces, la suave resonancia que produce el movimiento contra paredes terrosas y no la que provocaba el hormigón. El silencio me hacía estar alerta a los sonidos. Oía con claridad el roce de mi impermeable contra el pan-talón cuando caminaba, el sonido sordo de mis zapatos en el camino pantanoso, el aleteo de insectos que huían a mi paso. Mis manos además de mi ropa estaban llenas de musgo y barro. En plena oscuridad, me ayudaba con una pequeña linterna de mano para distinguir las líneas que añadía sobre un papel, trazos indispensables para confirmar o corregir el mapa de nuestra ruta. Intuíamos que esas cortas excursiones eran solamente el umbral de una ciudad ignota que estábamos por descubrir. Se acercaba el momento de explorarla. David señaló la fecha cuando al salir a la superficie en mi último ensayo bajo tierra vio mi rostro asom-brado y la hoja de papel, desbordado de líneas hechas con un lápiz casi sin punta. Sólo un trozo blanco limitado para nuestra aventura.

Una semana antes del día señalado, las conversaciones de David se construían a partir de frases como la adaptación del hombre ante la continua modificación del paisaje urbano y el estado inalterable de la fugacidad. A mí sólo me parecía que deliraba, pero presté atención cuando habló de los expedicionarios modernos en que nos habíamos convertido. En la nueva cartografía que estábamos por descubrir. El día se acercaba y comencé a tener el mismo sueño durante varias noches en el que recorría un espacio vacío. Una especie de vértigo me alteraba. David intentó tranquilizarme, me sugirió acompañarlo a correr durante las noches siguientes. Al principio lo hacíamos a una velocidad normal. Poco a poco, David fue aumentando la celeridad y el tramo recorrido. “No pienses en nada más que en el movimiento de tus piernas y tus manos,” me dijo, “en cómo tus pies se posan brevemente sobre el suelo.” De manera paulatina comencé a borrar el paisaje de la ciudad universitaria, en el recorrido veloz me concentré sólo en la agitación de mi cuerpo y percibí que el camino ni siquiera era una línea continua. No existía el camino, sólo estaba yo y el cielo oscuro, despejado; a mis lados podía sentir extenderse un territorio sin límites, igual que en mi sueño. Seguí corriendo en un estado hipnótico, como si mi cerebro estuviera sedado. David me alcanzó, tomó mi brazo y mi hombro con fuerza y me detuvo.

A mitad de esa semana, David me presentó a Julián, un amigo que hizo en su periplo por las diferentes carreras. Julián era el único que sabía sobre nuestra expedición y quería unirse. David lo había preparado paralelamente sin decirme nada. Yo puse resistencia, hablamos a solas largo rato y al final me convenció de las habilidades de Julián, de que sería más seguro ir los tres que sólo él y yo.

En esos días dejé de ir por completo a clases aunque estaban cerca los exámenes finales. Me levantaba temprano y simulaba ir a la universidad para no despertar sospechas en mi familia. Un mes antes había abandonado, sin decirles nada, mi puesto de ayudante de investigador que me subvencionaba los estudios. Pretexté a mi profesor que mi madre estaba enferma y debía ayudar en casa. David por su parte se había ausentado de la escuela a comienzos de semestre arguyendo que la jurisprudencia no era lo suyo. Él no tenía nada que perder; yo en cambio, ponía en juego mi último año de carrera.

Ese sábado desperté otra vez inquieto. Era temprano, así que traté de dormir de nuevo pero sólo conseguí dar vueltas por la cama, agitado. Cerré los ojos y visualicé el río subterráneo para tranquilizarme. Concentré la imagen en el tragaluz que había visto en el reportaje de los descubridores extranjeros. Los rayos del sol cruzaban nítidos el lecho cristalino. Una línea oblicua luminosa dio una visión esmeralda a profundidad. La evocación fue tan clara que me sentí dormitar sobre el río. Me desperté después de mediodía.

Preparé mis cosas y durante la tarde hablé por teléfono un par de veces con David para ultimar detalles. Acordamos vernos a la una de la madrugada en el terraplén donde habíamos realizado nuestras primeras prácticas. En casa dije que me quedaría con él esa noche para salir a acampar muy temprano la mañana siguiente y no alertarlos con mi ausencia. En las calles desiertas rumbo a San Jacinto miré el cielo despejado y sentí a través de mi abrigo impermeable una brisa fresca que amortiguaba el calor intenso de la tarde anterior. David llegó diez minutos después en su volkswagen destartalado, levantando polvo del terreno baldío. Del lado opuesto, Julián se aproximaba a pie. Revisamos el interior de la única mochila que llevaríamos, abandonamos lo que no era indispensable, acomodamos botellas de agua y barras energéticas. Puse en el bolsillo delantero de mi pantalón una brújula, atrás el mapa y una pequeña linterna. David propuso no llevar ningún reloj. Intentaríamos abandonar en lo posible todo aquello que no correspondiera a la vida bajo superficie. David bajó primero por la embocadura, después Julián. Antes de descender, tomé una bocanada de aire y miré la parte delantera del auto que sostenía la soga. Me deslicé experto, con la habilidad que me habían dado las prácticas de prueba. La oscuridad exterior se confundió de inmediato con la de adentro.

El primer tramo del túnel era bajo y angosto por lo que caminamos largo rato encorvados hasta saltar a un altillo. El techo ganaba altura, pero la vereda por la que podíamos andar era imprecisa. David, al tener más equilibrio y elasticidad, iba a la vanguardia dando indicaciones del camino. La linterna alumbraba poco, así que sólo la utilicé para mirar el mapa. Nos acostumbramos rápido a la oscuridad. En nuestras excursiones individuales David y yo habíamos encontrado varias posibilidades de exploración, pero no nos decidimos por ninguna y acordamos hacerlo cuando estuviéramos los tres sobre el terreno y que la intuición nos guiara. Yo anotaba con un lápiz el recorrido. No recuerdo por cuánto tiempo más caminamos. Debió haber sido por horas. En medio de la oscuridad perdí enseguida la noción del tiempo. Hablábamos poco, hacíamos bromas de vez en cuando para relajarnos de nuestros posibles temores aunque más bien estábamos atentos ante lo nuevo, al eco de nuestros movimientos y de todo lo que habitara en esa larga cueva. Creo que estábamos sobre todo asombrados. La humedad del interior me sofocó durante un tramo estrecho y me sentí mareado, no lo comenté para no preocupar a los demás. Sólo le pedí a David detenernos en un resquicio de luz que encontramos. Abrí el mapa, por el trayecto deduje que estábamos cerca del centro comercial de la calle Zaragoza e Independencia. Al suroeste de la ciudad. Me puse en cuclillas para descansar. El agua con barro que escurría por el suelo ni siquiera cubría nuestro calzado. Del boquete de luz que daba al exterior apenas distinguí el ruido de los autos. Era domingo, probablemente cerca de las doce. Un día de verano a esa hora, eran pocos los que se aventuraban a transitar por las calles. Julián repartió las barras energéticas. Comimos sólo una para extender en lo posible nuestras provisiones, pero no quedé satisfecho y pedí otra de mi reserva. Julián miró a David para tener su aprobación. Él iba a protestar, pero debió haberme visto un poco débil porque no dijo nada. Sentía los músculos entumidos y comencé a hacer ejercicios para dis-traer mi perceptible debilitamiento. Julián, al no encontrar un sitio seco donde descansar, se recargó primero en la pared y luego se sentó sobre el suelo húmedo. Nuestras voces, junto con el ruido de nuestros movimientos, rebotaban por las paredes, y podíamos presentir los varios caminos que se nos presentaban. David es-taba serio, pero su seriedad correspondía a su estado en alerta de ese panorama poco evidente para nuestra vista. Aun así, era posible percibir toda una ciudad construida bajo tierra que respiraba con exhalaciones lentas y caldeadas como un dragón adormecido. Un laberinto hecho a base de túneles que se ramificaban a veces sin sentido durante su trayecto. La humedad fría y los vapores variaban según las dimensiones de los conductos por donde nos trasladábamos, a veces a gatas, a veces caminando. A menudo topábamos con un falso camino, un sendero que ter-minaba en muro y que seguramente nos comunicaba con los cruces del metro porque el sonido metálico de las aspas de los trenes contra las vías era más claro, estridente, y el movimiento de los vagones sacudía con más fuerza la construcción en la que estábamos. El estremecimiento de las paredes me llegaba a todos los músculos, inclusive a los del rostro. Reíamos ante lo nuevo que experimentábamos —el blancor de los dientes de David y Julián era lo único que podía ver de ellos— y hacíamos el trayecto de regreso a un camino que nos comunicara con el resto de la ciudad. Nuestro propósito era llegar a los túneles del centro histórico.

Debían ser las tres de la tarde y yo estaba francamente agotado. Les pedí a los muchachos que buscáramos un acceso para descansar. Encontramos una entrada amplia donde escurría menos agua. Julián y yo nos instalamos. Por la excitación tal vez, David parecía no estar cansado. Me pidió el plano de ruta y dijo que haría una pequeña excursión a los alrededores para ubicar el trayecto. Me quedé dormido por no sé cuánto tiempo. Tuve otra vez el sueño sobre el espacio oscuro sin bordes. Luego de caminar sobre el sueño comencé a ir a nado en aguas tranquilas y al cabo de un rato, pese a la oscuridad, obtenía una visión submarina de una profundidad azulada y desierta. Desperté de aquella oscuridad para pertenecer a otra. Por un momento no tuve una idea clara de si estaba aún soñando o no. Sentí el cuerpo entumido por estar en la misma posición y la humedad del ambiente me calaba en los huesos. Julián aún dormía y David no estaba cerca. Me levanté, estiré brazos y piernas, sentí un leve dolor en la extremidad izquierda. Recorrí a tientas los alrededores y dije bajo, después en alto, el nombre de David que no respondía. Julián despertó con mis llamados. Me acerqué a él y tropecé con la mochila que en el último tramo cargó David. La había dejado cerca de nosotros. Saqué de ahí una botella de agua y algo para comer más por ocio que por hambre. Decidimos esperar un poco antes de comenzar a buscarlo por los conductos. Julián me contó que estudiaba comunicación pero no le gustaba lo que hacía, estaba fastidiado de su rutina en la facultad, por eso le había pedido a David que lo integrara a la excursión. Era un tipo alto, moreno, de cuerpo fuerte. Se adivinaba que hacía pesas. No era robusto, pero aun así me parecía que sus movimientos eran pesados y la larga caminata lo había fatigado mucho más que a mí. Oía casi imperceptible una lluvia quizá ligera en un sector lejano de donde estábamos. No me preocupé porque en esos meses las lluvias suelen ser cortas y escasas. En un momento más dejaría de oírla. Lo que no lograba escuchar eran los pasos de David. Esperamos en un lapso que me pareció largo. Nos alertó primero el chillido, luego el recorrido que nos constató la presencia de decenas de ratas corriendo de sur a norte. Por suerte no-sotros nos encontrábamos en un altillo y sólo pudimos sentirlas pasar abrazados de nuestras rodillas, hechos ovillo. Algo ocurría del otro lado. Propuse a Julián que camináramos en la misma dirección que los roedores. La precipitación del agua se oía más cercana y más fuerte. Era momento de salir, no importaba por qué vertedero. Julián tomó la mochila y comenzamos a andar. El cambio de circunstancias me turbó un poco, me sentía desorientado. La brújula de nada servía puesto que David se había lleva-do la linterna junto con el mapa. Íbamos por rutas erróneas que nos hacían desandar el camino y elegir otras que en nada nos aseguraban que fueran las correctas. Debía ser de noche porque ninguna luz externa me guiaba hacia una posible salida. El agua se deslizaba rápido por las grietas de concreto y comenzó a tomar altura. En menos de lo que pensamos alcanzó nuestras rodillas. Julián empezó a desesperarse. Yo también pero no lo dije. El agua nos hacía avanzar más lento y teníamos menos percepción del suelo. Julián tropezó con una hendidura y se lastimó un tobillo. Lo ayudé a incorporarse. Tomé la mochila y busqué un sitio en alto donde poder sentarnos. Entramos a una cavidad caldeada en la que percibí olores humanos. Excrementos, tal vez. Orines. Alguien o algunos habitaban allí y habían estado hacía unas horas porque el hedor de los desechos era reciente. Seres de subterráneos que fantaseé escuálidos con los ojos grandes abiertos más de lo humanamente posible, con las órbitas oculares perdidas por los tóxicos inhalados. Pobre David, me dije, creía estar descubriendo un territorio ya habitado bastante tiempo atrás de imaginarnos este mundo bajo nosotros. Desde mucho antes que nosotros, incluso. No éramos más que falsos exploradores entrando a un territorio habitado, otorgando nombres y trazando rutas que sus nativos habían hecho de antemano sin mapa, brújula o linterna, sólo con la memoria del recorrido cotidiano. Éramos la calca borrosa de los conquistadores españoles sobre el continente americano. Nada habían descubierto porque mucho antes de que ellos imaginaran a nuestros antepasados, estos ya habían soñado con naufragios y catástrofes. Sentí el movimiento ligero de una persona cerca de nosotros, pero perdí enseguida el rumbo que tomó en medio de aquella oscuridad. Julián no percibió nada y deduje entonces que era producto de mi delirio. No podíamos quedarnos más tiempo detenidos, teníamos que seguir caminando hasta encontrar una salida. El sonido del temporal era más intenso. La lluvia golpeaba con fuerza arriba de nosotros y se filtraba en grandes cantidades. El agua en un momento alcanzó nuestra cintura. Y la herida de Julián no sabíamos si sangraba o era sólo la sensación de la humedad y el agua que escurría de su ropa. Llamar a David se había vuelto inútil. El sonido insistente de la lluvia apagaba nuestros llamados. Julián se reintegró para seguir con la búsqueda. Tomé la mochila y al poco rato comencé a sentirla con más peso, la corriente había alcanzado altura hasta la mitad de mi espalda. La solté creyendo que no era indispensable. Sólo saqué de ahí la soga con la que nos sujetaríamos para ascender.

Finalmente adiviné por el sonido más claro de los autos una salida. Como Julián no podía sostenerse bien en pie, fui yo quien lo cargó en hombros para que abriera la boca de metal. Hicimos varios intentos pero no lograba desprender la tapa metálica. El amigo de David estaba pesado, por lo que no pude cargarlo por mucho tiempo. Probé sin conseguirlo, yo subido a él. El agua iba en ascenso, le dije que sería mejor buscar otra salida, aquella por donde los roedores y los nativos lo habían hecho, pero cuál. Debía estar cerca. Sin embargo, por el sentido que tomaba la corriente adivinaba que había varios conductos. Teníamos que ser rápidos. De pronto dejamos de caminar para ser arrastrados por la corriente. Los conductos perdieron altura o era yo el que flotaba más allá de mi propia estatura, porque el techo estaba a unos palmos de mi cabeza. Teníamos sólo un pequeño corredor de aire. Julián se oía fatigado. Me hablaba con la voz desgarrada y, en un momento, tiró de mi camisa y me hundió por el peso del tirón. Me sobrepuse pese a que Julián estaba asido a mí. Busqué algo de donde él pudiera sujetarse y le indiqué algunos movimientos para mantenerse a flote con la respiración uniforme; mientras yo seguía rastreando. Julián me pidió que no lo dejara solo pero creí que así perderíamos más tiempo. Continué a nado, palpando el techo en busca de una salida. En un tramo encontré varias rendijas, sin embargo eran demasiado pequeñas para emerger a la superficie. Me sujeté fuerte de una hendidura y contuve la respiración por la corriente espesa que llevaba pedazos de basura y restos de animales. Pensé en David, quizá él habría podido escapar de la lluvia o se encontraba igual que nosotros en algún túnel lejano. Mientras cavilaba, entré a un ducto mayor porque ya no lograba tocar las paredes y el techo ya no estaba a mi alcance, eso me hizo tener una esperanza. Pronto me topé con un muro. Temí estar en un falso camino, así que deduje que había nadado en círculo y que me había encontrado con la pared paralela a mi recorrido. Comencé a moverme sin rumbo. Mis sentidos estaban embotados por el continuo golpear del aguacero y el frío de mi cuerpo en la corriente. Había perdido dirección. Quise gritar para guiarme por el eco de mi voz, pero no pude sacar ningún sonido. En lugar de ello, tragué agua sucia, comencé a respirar con desesperación y a manotear hasta agotar mis fuerzas. Allí estaba, indefenso ante aquellos corredores oscuros que nos habían derrotado. Su minotauro parecía cobrar por fin su tributo en una contienda mal jugada por nosotros. El agua llegaba en oleadas, chocaba contra el muro y se devolvía buscando territorio dónde expandirse, avanzando como un animal nocturno. Yo, su presa, luchaba contra el cansancio de mi cuerpo adormecido y sólo lograba ligeros movimientos para mantenerme a flote. Traté de calmarme pensando en el río subterráneo a don-de iría cuando todo esto pasara. En la línea luminosa que refractaba el color esmeralda en el fondo de las aguas donde habían estado los exploradores. Cerré los ojos para atraer con fuerza la imagen, evitar la sensación de la corriente en ascenso y la de mi cabeza que ya topaba contra el techo. Mis respiraciones se tornaron agitadas y no pude concentrarme. Afuera, la lluvia se convirtió en un sonido monocorde cada vez más lejano porque, vencido, solté la cuerda que nos ayudaría a salir a la superficie. Y relajé los músculos de mi cuerpo para abandonarme en lo pro-fundo del lecho acuoso de aquel laberinto.

Fuente:(Trece cuentos iberoamericanos Siglos XIX, XX, XXI/Selección de Francisco Garzón Céspedes y José Víctor Martínez Gil de la cuentística publicada por COMOARTES)

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