15 de septiembre de 2014
El pequeño acostumbra a escuchar cada noche un cuento de labios de su madre. Un privilegio harto inusual en los tiempos en los que le ha tocado nacer. Tiempos en los que la necesidad parece haber anestesiado la ternura, amenazando con sumirla en un sueño eterno.
Disfruta con los relatos de su madre. Suelen estar llenos de duelos heroicos, viajes a lugares lejanos, victorias sobre monstruos temibles… Miles de aventuras capaces de cautivar su mente infantil. Pero las historias de su madre están también llenas de amistad, fidelidad y altruismo. Y a él, que es una criatura reflexiva y sensible, las enseñanzas que se pueden extraer de ellas no le pasan desapercibidas.
El placer se hace especialmente intenso en invierno. Llegada la hora de irse a dormir, sube corriendo las escaleras rumbo al cuarto que comparte con sus hermanos mayores, salta sobre el mullido colchón de lana y se arrebuja con la manta que su madre le tejió con tanto amor. Durante la emocionante espera a menudo se cubre con ella hasta la nariz. Y entonces le parece percibir el olor de las hábiles manos. Observa hechizado las elegantes grecas en las que ella combinó sabiamente los rosas y tostados hasta obtener un exquisito efecto degradado.
Es el más pequeño entre sus hermanos y, en parte por ello, el más mimado de todos. Además, su llegada al mundo sirvió para restañar una terrible herida. Gracias a él su madre dejó de preguntarse si los dioses, celosos de sus privilegios, no habrían pretendido castigar a la familia por su modesta felicidad.
Era consciente de que, sin ser ricos, gozaban de una cierta estabilidad económica en tiempos difíciles que hacían presagiar futuras penurias aun peores. La taberna de su marido tenía una clientela abundante y fiel, entre la que siempre podía encontrar buenos amigos con los que jugar una partida de cartas. La carne y la lana para fabricar ropa de abrigo tampoco les faltaban, pues parte de los beneficios de la taberna habían sido reinvertidos en un envidiable rebaño. Cada dos días horneaba el pan amasado con el fruto de los campos de trigo de su suegro, extensiones inmensas de finos tallos que se doblaban bajo el peso de las espigas doradas ―paisajes comunes en un pueblo donde la perpetua sequía hacía muy difícil cultivar con éxito otros vegetales que no fuesen cereales―. Eran en buena medida autosuficientes; no se podía decir que pasasen necesidades. Se sentía una privilegiada. Y eso, a veces, la mantenía despierta por las noches. Temía que los inmortales les considerasen culpables del grave pecado de la hybris, la soberbia que los dioses perseguían sin misericordia.
La noticia del embarazo fue acogida con entusiasmo por la pareja. Decidieron ponerle al futuro miembro de la familia el mismo nombre que al hermano difunto: Rafael (“Dios ha sanado”). Efectivamente, aquel pequeño curaría la enfermedad que había irrumpido en una casa otrora alegre: la melancolía.
Apenas la contadora de cuentos le dio la buena nueva, su marido se aprestó a esquilar algunas de sus ovejas. La madre de Rafael lavó cuidadosamente los grandes montones de mullida lana, los extendió al sol, los tiñó con un gusto exquisito y los cardó e hiló pacientemente. Tejía el ajuar con premura, pues tenía todavía mucho trabajo por delante. Aun así, no renunciaba a gozar de cada vuelta que añadía a sus trabajos con las largas agujas de lana o con las cortas de ganchillo, de cada puntada realizada para coser los remates y cenefas.
Esperaba que su nuevo hijo fuese tan dulce y despierto como su hermano, una criatura muy precoz aunque de salud delicada. Sin embargo, mientras pasaba la palma de la mano por su abultado vientre, temía que también resultase ser tan inteligente como él. Todos se empeñaban en decir que el pequeño había muerto por ser demasiado listo. La sabiduría popular sostenía que el excesivo estudio terminaba siendo perjudicial para la cabeza y el resto del cuerpo. Por eso se preguntaba si no estaría cometiendo una imprudencia al contarle cada día una fábula de
Esopo mientras aún moraba en el interior de su hinchado cuerpo.
Pero la tentación fue más fuerte que el temor, y esa costumbre de narrarle mitos clásicos disfrazados de cuentos infantiles se convirtió en firme tradición y se prolongó durante toda la infancia de Rafael hasta casi rozar su adolescencia.
De la pasión de la contadora de cuentos por la mitología grecolatina era en buena medida responsable su esposo, cuyo pasado se podía considerar bastante inusual entre los taberneros. Además de un excelente vinatero y jugador de mus empedernido, era el padre de Rafael un ex-seminarista buen conocedor del latín, motivo por el cual acabó siendo sacristán de su pueblo.
Este amante de las cartas y la lingüística alternó durante la guerra las partidas de mus ―en las que cada día iba perdiendo más dinero― con la redacción y lectura de cartas que iban y venían hacia y desde el frente, llenas de esperanzas y mentiras piadosas, escritas de balde para otros vecinos únicamente por amor a la palabra ―la mayor pasión que compartía con su esposa― y al prójimo.
Esa extraña combinación de actividades habría de llevarle a perder casi todo en la vida. Menos su más preciado tesoro, su enorme diccionario de la lengua castellana encuadernado en piel de cerdo. Ése con el que al final de sus días, ya viudo, vagaba de casa en casa aguantando como mejor podía los reproches de sus nueras, que se revelaron mucho más quisquillosas que sus yernos y no pocas veces le hicieron sentir un huésped indeseado. Soportaban a duras penas que las corrigiese mientras hablaban o que las interrumpiese para preguntarles por el significado de los localismos que cada una de ellas empleaba.
Dos cosas alimentaban su temple y hacían que no perdiese el ánimo: poder ver crecer a sus nietos durante esas estancias en casa de sus hijos ―en las que, con extrema paciencia, daba de comer a los más inapetentes y ayudaba con el álgebra a los más torpes― y, sobre todo, tener la certeza de que volvería a reunirse con su amada contadora de cuentos en el Hades. Se reunirían allí como Orfeo y Eurídice. Y esa vez sería para siempre. Pues el jugador de cartas y la contadora de cuentos se querían mucho, como sólo unos pocos afortunados se han querido desde que el mundo es mundo. Como poca gente solía quererse entonces, porque no corrían buenos tiempos para el amor. Quizá por eso después de su muerte nunca más volvió a jugar a las cartas. El lenguaje se convirtió en su único mundo. No en vano había sido el esposo de una profesional de la palabra.
―… Entontes Polifemo, rabioso, empezó a lanzar grandes piedras contra el barco que se alejaba de la isla con la esperanza de lograr hundirlo. Sin embargo, Ulises y sus compañeros consiguieron escapar indemnes de este nuevo peligro. Y navegaron rumbo a nuevas y emocionantes aventuras. ¿Te ha gustado el cuento?
―Sí… mucho ―intenta parecer lo más convincente posible; pues a pesar de su corta edad, da muestras de un tacto exquisito y por nada del mundo desearía ofender o disgustar a su madre.
―No mucho, ¿verdad? ―pregunta la contadora de cuentos. Además de ser una mujer extremadamente perspicaz, conoce a la perfección a su hijo y es capaz de interpretar cada uno de sus gestos.
―Sí, sí. De verdad que me ha gustado. Sólo que… hay algunas cosas que no me convencen demasiado.
―¿Por ejemplo? ―indaga deseosa de conocer las críticas que el pequeño tiene que realizarle al mismísimo Homero.
―Polifemo es muy malo, y yo no creo que todos los cíclopes sean así.
―¿Acaso has conocido a muchos?
―Al abuelo. Y el abuelo estás siempre de buen humor. Yo no le he visto enfadarse nunca y todos dicen que es un guasón ―describe a su abuelo paterno, que en efecto no perdió el buen humor ni siquiera cuando una espiga le saltó años atrás un ojo mientras segaba los campos y, aun tuerto y ya viejo, sigue presumiendo ante la atónita mirada de sus jornaleros de ver correr inexistentes liebres por los cerros que se pierden en el horizonte.
―Pero ¿cómo se te pasa por la cabeza comparar al abuelo con un cíclope?
―Tú has dicho que los cíclopes son gigantes con un sólo ojo.
―Por supuesto; pero tienen un solo ojo de nacimiento, no porque hayan perdido el otro. Además, lo tienen en el centro de la frente. Está claro que éste es un cuento que no volveremos a contar. De todos cuantos te he contado, ¿cuál es el que te gusta más? ―pregunta con la firme convicción de que esa respuesta ha de darle una información valiosísima sobre el carácter de su hijo.
―El de Ícaro.
―Claro, es un cuento muy bonito ―se le dibuja una enigmática sonrisa en los labios al escuchar la respuesta decidida del rostro súbitamente iluminado por el entusiasmo. Es una sonrisa alegre en parte, y en parte triste. No puede evitar sentirse orgullosa de haber traído al mundo a un soñador. Pero, por otro lado, se da cuenta que, en los tiempos que corren, el pragmatismo es la única vía posible para sobrevivir. Y le duele pensar que, creciendo, la vida habrá de enseñarle esa dura lección. Sólo espera que consiga guardar su capacidad se soñar en algún lugar recóndito, que logre custodiarla celosamente hasta poder darle rienda suelta de nuevo cuando los tiempos sean más propicios.
Le fascina el cuento del tal Ícaro. También él ha soñado mu-chas veces con poder volar y ha corrido por los campos agitando los brazos desesperadamente, como el torpe polluelo que en realidad es. Sin embargo, a pesar del empeño y la ilusión, no ha logrado nunca alzarse ni un milímetro del suelo. Todo parece indicar que sus ansias de surcar los aires deberán aprender a sentirse saciadas observando los milagros voladores que ofrece la naturaleza: el frenético murciélago, la grácil golondrina... Aunque la más elegante, sin lugar a dudas, es la libélula.
Sólo en contadas ocasiones ha tenido la oportunidad de disfrutar de los destellos que deja en el aire su zumbido metálico de motor eléctrico. Son seres perfectos, de esbelto abdomen y alas modestas pero resistentes y prácticas, aerodinámicos por excelencia, diseñados por Dios específicamente para volar, para alegrar con sus piruetas y acrobacias las tristes vidas de quienes se ven obligados a pasar su existencia con los pies pegados al suelo. Las tonalidades de sus cuerpos suelen ser muy llamativas, y a veces incluso sus alas poseen bellos colores tornasolados. Sin embargo, lo que el pequeño admira verdaderamente es su gracilidad. Ésa que les permite un vuelo decidido e impecable.
Lamentablemente, esos seres perfectos son muy escasos en un pueblo aquejado de una sequía perenne. En alguna ocasión le ha preguntado a su padre si todas las aldeas de Salamanca son así.
―Claro que no. En otros pueblos de la provincia hay ríos y charcas. Los muchachos se bañan en ellos y aprenden a nadar y pescar. ¿Echas de menos hacer esas cosas?
―No. Preguntaba sólo por preguntar ―responde encogiéndose de hombros, mientras piensa que lo que él realmente echa de menos son las libélulas.
―Todo en esta vida tiene un lado positivo. Hasta la aridez lo tiene. En los pueblos donde el agua es abundante, los árboles y verduras crecen frondosos y dan frutos mucho mayores. Pero, al tener más agua dentro, su sabor se concentra menos. No encontrarás melones tan dulces como los nuestros, por pequeños y deslucidos que éstos sean. Es la esencia lo que cuenta, hijo mío, y no la apariencia.
El pequeño mueve afirmativamente la cabeza y procura hacer tesoro de las palabras de su padre. Aunque le resulta difícil concentrarse en esa tarea, pues su pensamiento ahora vuela lejos, tras la estela brillante de unas alas.
A pesar de lo que afirma su padre, en su pueblo todos sostienen que allí no hay más que pizarras y trigo. Es un secarral castigado por un sol ineludible que recalienta las rocas. Sin embargo, como todos los críos de su edad, él es consciente de que, si se sabe buscar, es posible encontrar compañía debajo de esas piedras ardientes. Por eso corre aquí y allá a la caza de refugios atractivos para los que los muchachos suelen llamar alacranes, unos animalillos con brillantes caparazones, pinzas desproporcionadas en lugar de brazos y una larga cola rizada terminada en un peligroso aguijón.
En su pueblo, los escorpiones son pequeños, como todo lo que crece en esa tierra reseca. Son además bestezuelas bonachonas, a diferencia de la mayor parte de los miembros de su raza. En nada le recuerdan al quisquilloso escorpión que en el cuento de su madre se obstinaba en picar a Heracles mientras éste trataba de luchar contra la hidra. Normalmente cuando se los encuentra se muestran sorprendidos, pero no irritados. Suelen parecer desorientados. El pequeño se dice que probablemente es debido a todo el sol que soportan. Su madre siempre le repite que debe tener cuidado de no dejar la cabeza demasiado tiempo al sol. Sus cabellos crespos y negrísimos concentran especialmente el calor, de forma que puede imaginar el calvario de los pobres animalillos oscuros como el carbón.
No busca a tontas y a locas. Es muy metódico en su actividad preferida y posee la vista del experto. Levanta sólo algunas piedras, en las que unos ojos neófitos no advertirían ninguna señal que hiciese presagiar un huésped. Para cuando las voces llegan hasta él, ya pasea con una hebra de lana entre las manos. A la extremidad opuesta ha atado delicadamente la cola de un escorpión que camina a su paso, casi como lo haría un perro bien amaestrado. Es ése un pasatiempo bastante apreciado entre los chicos de su edad. Aunque hay quienes disfrutan más acosando a las desdichadas bestias con fuego hasta inducirlas al suicidio.
―¡Rafa, Rafa, corre! ―dice jadeando mientras se da la vuelta y se dispone a emprender de nuevo la carrera.
―¿Por qué tanta prisa?
―Hay que fastidiarse con el crío. Siempre tiene la pregunta preparada en la boca. ¿Por una vez no podrías probar a hacer lo que se te dice sin más? Ya están todos allí. Encima que me molesto en venir corriendo a avisarte, vas a conseguir que me lo pierda ―responde su primo, que es un par de años mayor que él, mientras se inclina hacia delante y se apoya en las rodillas llenas de costras, dispuesto a aprovechar la inoportuna flema de Rafael para descansar unos segundos.
―Pero todos ¿quiénes? Allí ¿dónde?
―Todos son todos. Todo el pueblo está allí. Hasta los hombres que estaban en la era han saltado de los trillos. Están todos en los campos del tío Pascual. Y ahora, ¿te quieres poner en marcha? ―¿En los campos del tío Pascual? ―pregunta perplejo―. Pero si allí no hay más que trigo. Como en el resto del pueblo. No veo qué puede haber allí tan interesante…
Finalmente, ante la mirada hosca de su primo, decide soltar a su mascota y emprender la marcha. Antes de echar a correr, se vuelve por última vez y observa con pesar como la lana roja desaparece definitivamente bajo una piedra.
―¿Qué? ¿Valía la pena o no?
Rafael ni siquiera acierta a contestar. Se ha quedado sin voz. Y ello no es debido a la carrera sino a la emoción, la más intensa de toda su vida, la que habrá de iluminarle los ojos cuando recuerde aquella tarde de sol aun en la vejez.
―Ha tenido que aterrizar de emergencia ―explica su primo―. Se le ha debido de romper el motor, porque salía muchísimo humo de ahí ―dice señalando el morro―. El piloto está en casa del tío Pascual, recuperándose del susto.
Sin embargo, es como si él ya no pudiese escuchar los sonidos de este mundo. Como si su cabeza estuviese muy lejos del suelo, entre las nubes. Simplemente camina con la boca abierta, lentamente, muy lentamente, como se aproxima un creyente al objeto de culto más sacro para él. Las rodillas le tiemblan y el corazón se le acelera. Su pequeño cuerpo se abre paso entre la muchedumbre de curiosos que rodean el aparato nunca visto, que se obstinan en tocar su brillante superficie con una mezcla de curiosidad y recelo. Y allí, frente a él, aparece su sueño: la gran libélula metálica.
Todavía conserva la manta que su bisabuela le tejió a su abuelo aún antes de que éste naciera. Tiene tantos años que, en algunos puntos, las cenefas se han descosido. Pero el tiempo ha respetado los sutiles juegos de colores con los que las manos diestras tejieron elegantes grecas. De vez en cuando la saca del armario en el que la conserva amorosamente. Mientras acaricia la suave lana, recuerda las historias que su abuelo le contaba de pequeña e imagina un pequeño pueblo de Salamanca. Los parajes secos se dibujan claramente en su mente a pesar de no haberlos visitado nunca sino en sus sueños, cuando se queda dormida sobre el sofá del salón, abrazada a esa manta en la que aún puede oler el suave aroma de sus antepasados.
Fuente:(Trece cuentos iberoamericanos Siglos XIX, XX, XXI/Selección de Francisco Garzón Céspedes y José Víctor Martínez Gil de la cuentística publicada por COMOARTES)








