15 de septiembre de 2014
El tren partió antes de lo previsto. Entonces se relajó. El andén se escurría sin que ella girase la cabeza. No quería ver. El miedo subía por su garganta hasta instalarse en sus labios apretados con fuerza. De pronto el campo se desplegó tras la ventana y ella suspiró. La libertad se abría paso en su mente. Él no había llegado a la estación. Rezó sin palabras, no recordaba frases, pero rezó agradeciendo el adelanto en el reloj.
Atrás quedaba ese sabor a odio y miseria. Ese túnel de vicio y amargura. Dentro se despertaba algo dormido, latente, deseoso de vivir: el futuro tal vez, la vida. El vagón olía a limpio, la temperatura era la justa y el silencio de los viajeros se solidarizaba con el cansancio que sintió de pronto. Se durmió. Fue un sueño tranquilo. El reposo del guerrero que, lejos del campo de batalla, se refugia en su paz.
La tierra se desdibujaba tras el cristal aislante y limpio. Al despertar contempló, sin verlos, las lomas lejanas, los árboles veloces, los hilos humanos que conectaban proyectos. Tras el nuevo paisaje, el recuerdo de la violencia, el sabor del abuso y un regusto salado a lágrimas por verter.
Frente a ella un hombre joven, un rostro iluminado por la pantalla de un ordenador portátil, una frente plegada en mil negocios, éxitos y derrotas. Le contempló ensimismada. Traje, corbata, como en las bodas en el pueblo. Zapatos limpios, de ciudad, de asfalto y alfombras. Un anillo de casado en la mano izquierda, tal vez sólo compromiso, tal vez no le entrase en la derecha, tal vez olvidado de una mujer lejana. Bajó la vista, ¿y si sus pensa-mientos la delataban? Sonó el teléfono del hombre. Era un pitido persistente, desagradable. Lacónico y molesto, cortó pronto. Apenas una hora y una confirmación. Ella pensó que podría seguir mirándole. Un viaje entero, sólo una secuencia de película, pero no importaba. Borraba el pasado, rompía dolores y humillaciones. La frialdad de aquel compañero la invadió. Tal vez ella podría ser así, ajena al daño, al otro.
El futuro, en aquel planeta desconocido de la gran ciudad, aprendiendo a moverse a otro ritmo, luchando por un espacio propio. Allí no habría ni más ni menos crueldad, quizá la misma, pero no caería toda sobre ella. Borrar el tiempo, borrar aquella caja oscura en su casa pequeña y mísera, borrar aquella mano que la agarró después del entierro. Se había quedado sola, pero el que la llevó la convirtió en la soledad misma. Todos tranquilos, sus conciencias en paz, “la niña está cuidada”. Y esperó mucho tiempo un nuevo hogar, un hombre paternal, y no aquel padre que la había arrancado de una incógnita para empujarla en la certeza. Sí, todos respiraron porque la recogió de al lado de la muerte. Pero nadie supo que había dejado de ser niña muy pronto. Nadie imaginó que el invierno despertaba en aquellas paredes grisáceas del tiempo el calor de un hombre que gime de deseo. Nadie conoció nunca en ella el dolor de sentirse esclava y objeto.
Había cerrado el ordenador. Ahora flotaba entre papeles que firmaba y tachaba, tachaba y firmaba. De pronto levantó la vista, se frotó el puente de la nariz, apretó los párpados. Ella seguía mirándole, convencida de que no podía ser vista. Ni siquiera cuando sus ojos se encontraron se inmutó su corazón aún sobrecogido. Percibió levemente un gesto de interrogación y ella quiso sonreír. No halló otra respuesta, ¿la había? El hombre sonrió también. Miró el reloj y recogió sus papeles. Se levantó. Ella le siguió con la mirada hasta que hubo salido del vagón. Allí, sobre el asiento, frente a sus rodillas, había quedado el ordenador y el maletín repleto de papeles tachados y firmados. Se recolocó en el asiento, vigilante. No tardó mucho en volver. Olía a tabaco y cuando se acercó más también olía a café.
–¿Quieres?
Le tendía un dulce envuelto en una bolsa crujiente de plástico coloreada. Negó con la cabeza y el hombre lo dejó a su lado, sobre las rayas azules del asiento. Luego se sentó. Miraron los dos hacia fuera. Lomas, árboles, líneas de alta tensión. El mismo lien-zo se deslizaba cansino. El mismo bamboleo dulce e hipnótico bajo el cuerpo. El hombre de nuevo trabajaba. Ella sintió hambre.
–Cómetelo. Falta aún mucho camino y tendrás hambre. No tienes buena cara. Cómetelo.
Lo dijo sin mirarla y ella obedeció. La sumisión aprendida no se iba fácilmente. Una palabra, una voz, un sonido que estallaba en su cara. Luego ella obedecía. Se dejaba hacer muerta de miedo. Lloraba de humillación y de angustia. Deseaba escapar. Pero la amenaza forzaba su cuerpo, cerraba su boca y abría sus piernas. Obedecer, un año, dos años, tres muertes. La de la madre, la de la niña que fue y la de su libertad. Ahora obedecía de nuevo. Estaba bueno el dulce, chocolate. ¡Cuánto hacía que no desgranaba aquel sabor en su boca! Se escuchó dando un gracias apagado y sumiso. El hombre no respondió.
Había escapado sin proponérselo. Llevada por un resquicio de lucha. Fue de mañana. Frío y terror tras una esquina de la estación solitaria. El tren que llega. Las puertas que se abren y ella que se lanza a su interior como a los brazos de un salvador. Llevaba poco dinero, de eso fue consciente al trepar el segundo escalón. Pero no dudó. Lo desconocido por delante, la muerte viviente por detrás. Se agarró a la barra que halló dentro. Las puertas se cerraron y se acurrucó en un asiento. Ahora trataba de recordar cómo se sonreía.
En la siguiente parada subió gente. Eran grises, anónimos, lejanos. Traían el frío del otoño tras los cuellos subidos de las chaquetas. Una pareja hizo intención de sentarse con ellos. Cambiaron de idea. Sin saber por qué, se sintió aliviada. Frente a ella el hombre hacía ahora una llamada. Hablaba con ternura. El rostro relajado, los labios abiertos en un gesto amable. Luego se despidió y volvió a la rigidez inicial.
–¿Vas hasta Madrid?
Debía contestar. No despertar sospechas. Aún era menor.
Podrían estar buscándola a estas horas. Afirmó con la cabeza.
–Sola – añadió el hombre.
No había sido una pregunta. Ella continuó mirando, tratando de subir las comisuras de los labios en un gesto casi olvidado. Se seguía preguntando, ¿qué hacer? Pero el hombre no insistió. Recostó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Tal vez pedir ayuda, trabajo, un sitio para dormir. Pero un cosquilleo familiar se depositó en su estómago. Al fin y al cabo era un hombre, y todos los hombres debían de desear lo mismo. Él se cobraría, y ella ya había pagado demasiado. Cuando llegara, ¿dónde acudiría? En eso no había pensado. De pronto se cayó algo dentro de ella, se sintió desplomada y torpe. Confiar. Escapar. Protegerse. ¿Hasta cuándo? ¿Y si ahí, frente a ella, estaba la solución?
Otra hora se escurrió en los relojes. Ella había sollozado. Nadie se había dado cuenta. Notaba los surcos resecos en su cara a pesar de habérselos repasado una y otra vez con el dorso de la mano. Como una y otra vez se bañaba acuciada por el olor a desahogo carnal que no se desprendía de ella.
La gente se movía ya inquieta en sus asientos. Algunos hablaban por teléfono, avisaban de su llegada. El hombre se había despertado. La miró. –¿Necesitas algo?
–Hacer una denuncia.
El hombre alzó las cejas. Se ajustó la corbata. Revisó el cierre de su maletín.
–En la estación hay un puesto de policía. Yo te lo indicaré.
No le preguntó qué iba a denunciar. Tal vez ella hubiera deseado empezar a hablar, no contar su vida, pero sí mover los labios, emitir sonidos, elaborar frases, sin que una mano ancha y sucia la golpeara por hacerlo. Pero el hombre no preguntó más.
Cumplió. Ella se vio sentada en una silla, frente a un uniforme bien abotonado, el hombre se había ido. Tal vez le esperara una oficina necesitada de su eficacia. A ella no le salían las primeras palabras. Le pidieron los datos. El policía miraba una pan-talla. Era más grande, posiblemente proyectaba más luz. Se sorprendió a sí misma pensando esas minucias en un momento tan delicado.
–Hay una denuncia por tu desaparición.
Y la voz le sonó lejana. Ya se había acabado la esperanza. Ahora él vendría a llevársela. Como la otra vez, arrastrándola por caminos ásperos y negros, derribándola como a un pelele maltrecho y amado por nadie.
–¿Puedo ir al baño?
Había mucha gente, llegaban varios trenes al mismo tiempo. Los servicios eran estrechos y las mujeres hacían cola. Ella se escabulló. Del otro andén un tren anunciaba su salida pitando alegre. Subió sin saber dónde iba. Qué importaba. Miró el reloj. Otro tren de nuevo, tal vez otro tren partiendo antes de lo previsto.
Fuente:(Trece cuentos iberoamericanos Siglos XIX, XX, XXI/Selección de Francisco Garzón Céspedes y José Víctor Martínez Gil de la cuentística publicada por COMOARTES)








