La mendiga del amor
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RADIO Sabersinfin.com

 

 

 

15 de septiembre de 2014

Ni una sola vez doblé la esquina de mi callejuela, sin hallarla sentada al pie del paredón sucio con los ojos húmedos y las manos vacías.

Era una mendiga joven y contrahecha. El cabello desgreñado caía sobre una frente angosta cuya piel desteñida no guardaba ni la más leve huella de una serenidad; sus labios jamás tuvieron un color de vida que contrastara con la marchitez de las mejillas por donde habían resbalado las lágrimas de todos los desdenes llegados y de todas las hambres estacionarias; sólo sus grandes ojos agradaban por una expresión vivísima en que se mostraba una alma aguijoneada por la necesidad.

Cuando la pobre muchacha caminaba, me hacía sentir la repugnancia que nos provocan, no los desgraciados, sino sus desgracias. Aquellos hombros tan cercanos a la cintura, ese brazo izquierdo que la parálisis había soldado al cuadril, y sobre todo, el taconeo de la muleta a cuyo compás se estremecían los harapos, me producían un calofrío que crispando mis nervios, acaloraba mi cerebro y hacía que mis miradas descansaran en otra parte.

Afortunadamente aquella mujer vivía sentada.

Cuando la noche empezaba a caer, la mendiga empezaba el trabajo de levantarse. Agarraba con los dedos de la mano viva un hueco del paredón y trajinaba afanosamente hasta ponerse de rodillas, y una vez de pie, tomaba el camino del arrabal, tropezando a cada paso, porque aquellos nervios que destemplaba el hambre flaqueaban al descender la calleja oscura en cuyo término se hallaba la ruina del corredor que amparaba su sueño.

Por la mañana volvía al lugar preferido. Raro era en verdad, que en vez de buscar los sitios concurridos en donde el número de transeúntes aumentaba la probabilidad de las limosnas, aquella infeliz prefiriera quedarse pegada en un sitio aislado, recibiendo de frente los rayos solares que caldeaban el empedrado donde descansaban sus miembros.

Algunas personas más afortunadas que yo la echaban de menos en algunos momentos del día. Ella iba, recorría las calles repitiendo una súplica en que mezclaba el nombre de Dios, y quizá disgustada por el poco éxito de sus excursiones, volvía sola, anhelante, moviendo con desesperación la muleta como si supiera que a una hora próxima a sonar había de efectuarse el milagro de su curación. Al llegar a la esquina se transformaba; pausaba las pisadas, dirigía los ojos a una ventana y sonriendo volvía a sentarse con una resignación estúpida.

–Yo no le doy limosna, me decía una vez mi vecina, porque ella voluntariamente ha renunciado el amparo del Hospital.

–¡De veras!

–Sí, y tiene además la torpeza de emplear las limosnas en bagatelas; ha comprado un collar de cuentas de vidrio, unos zarcillos azules y una caja de colorete.

–¿Para cautivar a quién?

La vecina se sonrió.

¿Por qué sonreía la vecina?

Una tarde hacía yo mis reflexiones.

Después pensé en la felicidad del amor, en mis felicidades lejanas y en mis felicidades desconocidas. Me asomé a la ventana, miré el espacio y me distrajo su nada.

Poco a poco el éter se fue opacando, el cielo senda fruiciones de maternidad con la aparición de cada estrella, y entre el clamor del ángelus la tristeza llegaba.

Entonces salí con deseo de entristecerme. Intencionalmente desperté recuerdos y mi espíritu se fue a otros lugares. Así anduve mucho tiempo y así mucho tiempo estuve en la desembocadura de una calle.

Cuando fui a caminar tropecé con la mendiga. Me imploró con los ojos y arrastrándose acortó la distancia que la separaba de mí. Los zarcillos azules tintineaban bajo la tupida mata del pelo, y el collar de cuentas de vidrio se alargaba tristemente hasta besar los harapos bajo cuyo abrigo se helaba el seno.

Viendo que me esforzaba por no verla, haciendo un esfuerzo supremo aquella mujer se desencogió y me agarró con suavidad de una mano. Al punto descargué sobre ella mis miradas, y noté que un ligero carmín corría bajo la palidez de su rostro; entonces tuve lástima de ella, y sin decir una palabra le alargué una moneda.

– ¡No! ... ¡no quiero eso! exclamó furiosa, y con un milagroso sacudimiento se puso de pie, y mascullando una blasfemia tomó calle abajo estremeciendo el silencio con sus sollozos.

Cuando pensé decirle algo, sólo escuché el lúgubre sonido de la muleta que se prolongaba bajo la noche como diciendo:

¡no! ... ¡no! ... ¡no!

Fuente:(Trece cuentos iberoamericanos Siglos XIX, XX, XXI/Selección de Francisco Garzón Céspedes y José Víctor Martínez Gil de la cuentística publicada por COMOARTES)

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