
16 de mayo de 2021
ConoSER Bien
“La tierra está más abrumada por el peso del pecado que por el de la población”
Lane Kirkland
De acuerdo con los datos proporcionados por la ONU: “La población mundial llegará a 10 mil 900 millones en 2100, contra los siete mil 800 millones actuales. En África solamente, pasará de mil 100 millones actualmente a cuatro mil 200 millones en 2100. México pasaría de sus actuales 130.1 millones a 139.8 millones al final del siglo XXI”. El informe indica además que la población mundial avanza en edad: “el número de personas mayores de 60 años pasará de 841 millones actualmente a dos mil millones en 2050 y unos tres mil millones en 2100”.
Para el año uno de esta era, los análisis consideran una población mundial de 200 millones de habitantes y desde esa época hasta la mitad del siglo XVIII, el crecimiento fue lento (existían 791 millones de habitantes en total), pero a partir de esa fecha, la expansión demográfica se aceleró, esto debido a revoluciones -agraria, industrial y tecnológica- las cuales permitieron la obtención de excedentes alimentarios, disminuyendo el hambre y liberando mano de obra de las actividades del campo, así mismo, bajó la mortalidad debido a los avances sanitarios, económicos y tecnológicos que posibilitaron la desaparición de epidemias y se incrementaron nuevas técnicas industriales.
Desde el año de 1798, Malthus pone el dedo en la llaga con la idea sobre las consecuencias de un aumento de la población humana y la necesidad de control. Logró llamar la atención sobre un problema grave, urgente y silencioso: la superpoblación. El concepto de superpoblación se basa en el principio de que todo territorio tiene una determinada capacidad de carga, la que viene determinada por la cantidad de recursos disponibles, y por la tasa de renovación de éstos. Si la población aumenta por sobre la capacidad de carga, entonces los recursos, especialmente los alimentos, no alcanzarán para todos los habitantes de la población, produciéndose la muerte por inanición de éstos.
En 1962 el libro de Rachel Carson, “Primavera silenciosa”, dio el primer aviso de que ciertos productos químicos artificiales se habían difundido por todo el planeta, contaminando prácticamente a todos los seres vivos hasta en las tierras vírgenes más remotas. Actualmente pueden encontrarse en el mercado unas 100,000 sustancias químicas sintéticas y cada año se introducen 1,000 nuevas sustancias, la mayoría sin una verificación y revisión adecuadas. No se habían advertido las consecuencias de esta invasión, que está trastornando el desarrollo sexual y la reproducción, no sólo de numerosas poblaciones animales, sino también de los seres humanos.
Un estudio realizado por Niels Skakkebaek, endocrinólogo del Hospital Universitario de Copenhague, asegura que en los últimos años la producción de esperma ha bajado en hombres de todo el planeta. En los Estados Unidos, lo habría hecho a un ritmo del 1.5 por ciento cada año entre 1938 y 1988, y en Europa este descenso sería del 3.1 por ciento anual entre 1971 y 1990.
Skakkebaek en 1992, dio a conocer, en el British Journal of Medicine, los resultados de una investigación en la que analizó docenas de trabajos publicados sobre la calidad del semen; descubrió que “la cantidad media de espermatozoides masculinos había descendido un 45 por ciento, desde un promedio de 113 millones por mililitro de semen en 1940 a sólo 66 millones por mililitro en 1990. Al mismo tiempo, el volumen del semen eyaculado había descendido un 25 por ciento, por lo que el descenso real de los espermatozoides equivalía a un 50 por ciento”. Los científicos lo atribuyeron a la mezcla de sustancias químicas con la que convivimos a diario, y especialmente a algunos compuestos, llamados orgánicos, que pueden actuar como hormonas e interferir con la producción de estas células masculinas.
De acuerdo con la investigación la movilidad, la vitalidad y la cantidad de espermatozoides presentes en el semen disminuyen cada año hasta un dos por ciento. Y aunque el número parece pequeño, los expertos advierten que, de continuar esta tendencia, la raza humana podría enfrentarse a la extinción.
El descenso amenaza la capacidad fertilizadora masculina y de continuar la tendencia actual, dentro de 50 años los hombres podrían ser incapaces de reproducirse de forma natural, teniendo que depender de las técnicas de inseminación artificial o de la fecundación in vitro, situación que no ha sido considerada en la estimación de la población futura.
Los especialistas recuerdan que entre las medidas que están a nuestro alcance para preservar la calidad del semen figuran: llevar una vida saludable, disminuir el estrés, comer con pocas grasas, evitar el alcohol, el tabaco y otras drogas, y también evitar el manejo de agroquímicos y solventes orgánicos sin protección, y la inhalación de emanaciones de plomo.
Usted decide estimado lector, el considerar o no las recomendaciones de los especialistas, en otras palabras, cuidar de su futura descendencia.


Twitter @jarymorgado






