Masculinidad y violencia al debate
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-Varones en la Intimidad-

9 de Diciembre

La masculinidad está vinculada con múltiples factores históricos, sociales, religiosos. Siempre se ha asociado el ser masculino, con un hombre heterosexual, dominante, recio, insensible, triunfador, fuerte, inteligente y violento. Este estereotipo de lo que debe ser un verdadero hombre, hace que la mayoría de nosotros luchemos incansablemente por demostrar tan “necesarios atributos”. Y en esa desesperada batalla se van asumiendo poco a poco comportamientos acordes con esta gama de características personales. La violencia se convierte en uno de los requisitos indispensables para ser considerado un verdadero macho, masculino con todas las de la ley.

Es sin darnos cuenta que aprendemos a ser violentos. Nos acostumbramos a lo que se nos enseña durante nuestra formación como actores sociales. Nos insertamos en un proceso de socialización que dura toda la vida y a través del cual nos apropiamos de saberes, normas, juicios, conductas y estereotipos sociales que condicionarán nuestras vidas. Esta inserción en el complejo sistema de las relaciones sociales, provoca que nuestros comportamientos estén regulados por patrones rígidos, causantes de muchos actos de violencia.

El machismo, prevaleciente en muchas sociedades, es una versión estereotipada de la masculinidad y es, en no pocos casos, un factor de riesgo para la violencia. Para considerarnos masculinos no necesitamos mostrar que no tenemos miedo a nada; que somos capaces de realizar cualquier actividad o tarea; que necesitamos acostarnos con cualquier mujer sin importar si nos gusta o no; que no debemos mostrar nuestros sentimientos aunque sintamos la necesidad de desahogarnos con algún amigo, familiar o pareja; que somos intolerables ante la diversidad y que la combatimos comportándonos de manera violenta.

Lamentablemente la realidad es otra y por lo general nos conducimos siguiendo y asumiendo las reglas de tales arquetipos sociales. Llegamos a reprimir tanto nuestra libertad individual y a convencernos de que las cosas están bien como están instituidas, que nos consumimos como personas, nos empobrecemos en nuestro interior. A lo que le tememos es a que seamos rechazados, excluidos por los demás y clasificados como débiles y miedosos por desviarnos de las normas de comportamiento socialmente establecidas. La sociedad te dice: “actúa violentamente y todos te respetarán” y no le importa los conflictos que puedan ocurrirte a nivel personal.

La palabra Masculinidad ha sido construida por tantos años que solo de nombrarla ya connota superioridad, fuerza y violencia, está inscripta en las disposiciones del inconsciente de los hombres y de las mujeres.

En Cuba masculinidad es sinónimo de machismo y de hecho el machismo implica violencia. Tan es así que el hombre no basta para reafirmar decir que es macho, sino que se agrega además ser varón y masculino. No cabe dudas que se trata de un conjunto de ideas socio- ideológicas –culturales que se han encargado de preservar la hegemonía masculina como centro de poder.

La ideología que sustenta las masculinidades cruza los sistemas culturales, impone las políticas, las creencia y demarca todas las estructuras, tanto sociales, como raciales y sexuales.

Además tenemos una gran influencia de la idea occidental de la masculinidad que se ha hecho evidente en la forma que se organizan las instituciones y ese reflejo se evidencia en el rol masculino de proveedor económico, son los hombres como más reconocidos y de más salarios, claro situación que ahora sufre cambios y va poniendo en crisis las masculinidades. Hemos visto como en caso de que el hombre tenga dificultades para ser proveedor por desempleo u otra los hace llevar su impotencia con violencia a la familia como respuesta a su frustración. Es una pena que esas ideas en sí misma encierren tantas cosas que a su vez hayan hecho que al varón le cueste emocional y socialmente tan caro, convirtiéndosele luego en un dolor interior con la presión de querer cumplir la meta.

Ese convertirse en macho desde que se nace nos hace marcar diferencias y sufrir por buena parte de la vida cuando no desarrollamos una conciencia de que estamos siendo utilizados, quedando así preso de nuestros propios genes. A los varones se les enseña que para ser hombres deben controlar el mundo y lo primero que deben controlarse son a ellos mismos y a las mujeres que lo rodean. Todo lo que lo rodea va encaminado a reforzar el modelo de masculinidad, tanto la familia, la escuela, la radio, la televisión, los vecinos como los amigos. Obviamente sufren a veces sin notarlo ya que muchos adultos creen que si el hijo es varón y no se le da un trato fuerte se corre el riesgo de ser “flojo” y esa palabra en ese contexto, es bien negativa. El trato fuerte implica gritos, golpes, exigencias y amenazas, hasta poco amor, se le inculca buena dosis de violencia y agresividad, no importa la cultura, la clase social, el estado civil, las edades o la etnia.

Por el solo hecho de ser evaluado como el sexo fuerte, la vida le va presionando y poniéndole pruebas duras por igual a todos. La violencia se convierte en requisito indispensable para competir, para ser fuertes y activos, en fin para dominar. Sólo hay que observar cual es el trato que le obligamos que se den entre si para darse cariños y en los propios juegos; se dan empujones, palmadas, golpes fuertes en la espalda, en el hombro, choques fuertes de mano, hay de aquel que al menos una vez no se haya fajado. Si intentan llorar o de tener miedo, la burla los hace tener que perderse del grupo o convertirse en motivo de burla. Es como si cada uno tuviera que convertirse en policía del otro. Se les hace vivir en constante presión. A diferencia de la educación en las mujeres donde el saludo siempre está lleno de ternura y la que así no lo haga va a parar a ese banco de acusada  de “varonil”. Por eso, se han buscado un sin número de valoraciones para justificar tal hecho, hay quienes refieren que los hombres actúan así por razones hormonales, porque son biológicamente más agresivos y más propensos a la violencia que las mujeres, cosa que las investigaciones serias no han podido demostrar.

Hay otros que refieren que la agresión masculina violenta no solo es psicológicamente innata, sino que se fundamenta en la anatomía masculina y así pudiéramos encontrar más justificaciones. Sin dudas, esa búsqueda de justificaciones sólo sirve para reforzar el comportamiento agresivo de algunos hombres y apoyar ese reflejo que la familia reproduce del sistema jerárquico de género de la sociedad en que han sido formados, lográndose así la asociación de la violencia con el ser masculino sin valorar los costos que eso conlleva.

El deporte es también uno de los elementos socializadores de la violencia masculina. Ya sea practicando cualquier actividad deportiva o participando como espectadores, por ejemplo, en un encuentro de béisbol, los hombres asumimos una “posición de combate”, que nos prepara para repeler cualquier indicio de agresión contra nuestra condición de masculinos. Así, podemos reaccionar de manera violenta si nuestro adversario nos lleva ventaja o si creemos que intenta hacer algo para ponernos en ridículo. Pero si vamos ganando, se lo restregamos en la cara al contrario, lo humillamos y probamos provocarlo, “para que se atreva a enfrentar a los mejores”. Entonces, ¿con qué elementos tienen que ver estas conductas violentas?

La violencia masculina, sustentada por la ideología patriarcal, es un fenómeno que trasciende lo particular. Decir que es un problema solucionable a corto plazo, sería engañarnos a nosotros mismos. Desde nuestras posiciones como actores sociales, podemos comenzar a combatirla en primer lugar, respetando la diversidad genérica, sexual, racial y generacional. Tenemos que ser capaces de tolerar la otredad y despojarnos de esos prejuicios sociales que tanto nos dañan y nos hacen menos personas, porque consumen una parte de nuestro yo individual. Lograr esto constituye una tarea harto difícil, pero el punto de partida está en nosotros mismos.

Julio Cesar CubaJulio César González Pagés. Doctor en Ciencias Históricas por la Universidad de La Habana. Docente de la Facultad de Filosofía e Historia Universidad de la Habana. Coordinador general de la Red Iberoamericana y Africana de Masculinidades. www.redmasculinidades.com  

 

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