Tragedia en cinco actos (Artículo)
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15 d enero de 2022


El mundo iluminado


Indudablemente, para nosotros los occidentales el drama que mueve nuestra cultura es el de la crucifixión del dios encarnado. Sin importar si somos cristianos por convicción o imposición, terminamos siempre apegándonos a las manifestaciones del cristianismo, digamos, tan sólo y como ejemplo, que nuestra forma de medir el tiempo es cristiana, pues estamos sujetos al calendario que el papa Gregorio XIII proclamó por allá del siglo XVI, pero también nuestra manera de relacionarnos es producto de la educación cristiana que durante siglos se ha venido replicando hasta cierto punto de manera inconsciente, de ahí que la monogamia heterosexual siga siendo considerada, por sobre la poligamia de cualquier tipo, como la norma moral ideal. Pero no únicamente el tiempo o las relaciones sociales están determinadas por el cristianismo en nuestra cultura occidental, aún también nuestras concepciones del bien y del mal, mismas que generalmente nos llevan a ver el mundo como una región en la que únicamente hay siempre dos posibilidades: arriba o abajo, blanco o negro, redentor o condenador.

Decía el poeta Arthur Rimabud en el siglo XIX «yo soy esclavo de mi bautismo», ¿cuántos de nosotros no lo seremos? Podemos afirmar con seguridad que una vida cristiana (no católica, no protestante, no de cualquier otra iglesia) sinceramente cimentada en el Evangelio puede conducir a los individuos a una vida espiritualmente plena, pero una vida cristiana llevada a la práctica sólo por costumbre, por herencia familiar, por imposición puede conducir al falso practicante a convertirse en una persona non–grata para la sociedad. Sin temor a errar, afirmemos que estos cristianos por costumbre son los que abundan y son ellos los primeros en arrojar la piedra, pues si de verdad encarnaran el amor al prójimo otra historia sería.

Todo aquel que haya sido bautizado durante su etapa de lactante es esclavo, un subyugado del cristianismo por costumbre. El ya mencionado Rimbaud intentó des–esclavizarse, pero lo cierto es que se hundió más en la miseria, sin embargo, a pesar de haber recibido el bautismo impuesto (que por la naturaleza del acto es falso) es posible mejorarse, ya sea dentro de la vida evangélica como también fuera de ella, es decir, en el ateísmo o en el agnosticismo. Como ya se mencionó, muchos de estos que son cristianos por costumbre son los primeros en arrojar la piedra, sin embargo, el no haber recibido el bautismo durante la más tierna infancia no es necesariamente mejor, pues también aquellos que se libraron de la obligada pila bautismal son, muchas de las veces, actores principales de la injusticia, lo que nos lleva a preguntarnos ¿por qué bautizados y no bautizados son hermanos de la violencia, rostros del mal?

El tema de la malignidad todavía se le sigue atribuyendo en nuestra cultura occidental aunque no nos lo parezca, al diablo, al demonio, a Lucifer, a Satanás. Bautizados y no bautizados lo conocen, ya sea porque lo han mirado a los ojos o porque los rumores de su existencia les han penetrado por sus oídos. Quienes profesan algún culto están convencidos de que el diablo es una entidad malévola que deambula por el mundo pervirtiendo a quien posee un espíritu débil, por otro lado, quienes se inclinan más a la región del escepticismo suponen que el diablo no es tanto un ser destructivo hambriento de almas humanas, sino más bien un aspecto interior propio de la personalidad, de la psique y ligado a la consciencia. Ambas perspectivas han sido estudiadas por Giovanni Papini, un ateo que por convicción y no por imposición abrazó el cristianismo y que entre sus obras literarias se encuentra una llamada “El diablo”, de la que podemos rescatar:

En el mundo de las grandes religiones hay un Ser aparte, que no es bestia, ni hombre, ni, mucho menos, Dios. Sin embargo, ese Ser se sirve de las bestias, esclaviza a los hombres y se atreve a medirse con el mismo Dios. Lo odian los mismos que han prometido amar a los enemigos; lo temen los santos, es decir quienes más difieren de él y más lejos están de él; lo obedecen e imitan los mismos que no creen en su existencia. Entre los refutadores modernos de la “hipótesis de Dios” es bastante frecuente la idea de que el Diablo sólo existe en el interior del alma humana. Pero quien tenga alguna práctica en la introspección espiritual oye en sí mismo “voces” que no son la suya, y oye el murmullo de instigaciones y seducciones que un momento antes le eran desconocidas, imprevisibles e increíbles.

El libro de Papini retoma la figura del diablo desde diferentes perspectivas, tales como la religión, el arte y la ciencia, así como desde miradas cristianas, judías, musulmanas y paganas. Cuando Papini estudia al diablo desde la perspectiva del arte nos dice que la tragedia de Cristo que los occidentales vivimos por convicción o imposición se divide en cinco actos, los cuales son:

Satanás se rebela contra el Creador. Satanás es derrotado y precipitado en el Abismo. Satanás se venga seduciendo al hombre. Cristo vence con su encarnación a Satanás. Satanás intenta su desquite por medio del Anticristo.

De acuerdo a Papini, nosotros nos encontramos en el cuarto acto de la tragedia y estamos a la espera del Anticristo, ¿pero, no será que éste ya está aquí manifestado en los cristianos por costumbre?, ¿en los ateos egoístas?, ¿en los agnósticos apáticos?, ¿o en cualquier otro individuo que sólo vive para sí mismo? El diablo es interior y exterior al mismo tiempo, está en nuestros pensamientos, así como en aquellos que, sin poseer cuernos ni pezuñas, marchan con el paso sombrío que sólo se aprende en el abismo.

Papini lanza una pregunta: ¿Para terminar con el mal es necesario aniquilar al diablo o ayudarlo en su reforma a fin de que pueda subir nuevamente al cielo? Y luego añade que el Diablo sólo existe en el mismo sitio que Dios, por lo que quien encuentre la región que está más allá del bien y del mal quedará libre de sus ataduras. Nuestra cultura occidental recrea una vez más el drama crístico, ¿seremos nosotros el anticristo de esta tragedia en cinco actos?

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.
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