Salir sin ser notados (Artículo)
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08 de enero de 2022

El mundo iluminado

Existe un dicho popular que reza: «mejor solo, que mal acompañado», podríamos proponer que la versión sofisticada de este dicho corresponde a un verso del poeta romano Horacio que dice así: «Odio al pueblo ignorante y me alejo». Entre el dicho popular y el verso del poeta median varios siglos, lo cual nos permite concluir que existen algunas personas que por su egoísmo (¿o no será más bien por el nuestro?) nos son indeseables, de ahí que prefiramos la soledad, sin embargo, ¿realmente estamos solos cuando nadie más nos acompaña o sería posible afirmar que estar solo es lo mismo que estar con uno mismo y por tanto la soledad es siempre parcial, ficticia? ¿Horacio se alejó por egoísmo del pueblo o por egoísmo propio?, ¿y nosotros preferimos estar solos por el egoísmo del otro o por el nuestro? Sí, pareciera que estar solo, es mejor que vivir mal acompañado, sin embargo, hay momentos en los que esa mala compañía es únicamente la nuestra (somos nuestros propios verdugos), por lo que refugiarnos en nuestra soledad es lo mismo que sufrir.

Es un hecho que la sociedad es cada día más individualista y que en esta sociedad de la “diversidad” (aunque realmente la mayoría de las personas parecen estar fabricadas en serie) lo que impera es la intolerancia. El individualismo es el culto al “yo” y como ese “yo” se asume como centro imprescindible de la realidad es que las manifestaciones de violencia van a la alza. La norma de vida de hoy en día es el “me gusta” y el “no me gusta”, sin embargo, el mundo no tiene por qué gustarnos, en primer lugar porque todo gusto siempre es artificial (impuesto) y, en segundo, porque el mundo es mundo independientemente de si nuestro “yo” existe en él. Cuando algo que nos gusta no es del agrado del otro, es decir, cuando ese otro “yo” no acepta nuestra estrechez de pensamiento, nos ofendemos, consideramos su actuar como inaceptable y la solución que hallamos, además de internar humillarlo, es refugiarnos en nosotros mismos, haciéndole honor a aquello de que es mejor estar solos, sin embargo, ¿qué tan seguro es estar asolas con nuestro “yo” cuando éste no es más que un ego malcriado? A primera vista, el mencionado dicho popular parece cierto, pero en la práctica, nuestra propia compañía podría ser más dañina de lo que imaginamos.

A veces, cuando se habla del ego, se suele pensar en filosofías orientales como el budismo, o también podría ser que uno considere al ego como elemento fundamental de las teorías psicoanalíticas, en ambos casos, el ego es el “yo”, y desde las dos perspectivas es siempre artificial, por lo que es deber de su portador conocerlo a profundidad para resarcir malas prácticas como la del individualismo, por ejemplo. En el psicoanálisis, la vía de autoconocimiento que se propone está ligada a la terapia con un profesional en la materia, mientras que, en el caso del budismo, el camino introspectivo se realiza de la mano de un maestro. Las diferencias entre el psicoanalista profesional y el maestro espiritual en algunos casos podrían ser mínimas, pues a fin de cuentas, ambos persiguen el mismo objetivo: “iluminar” la soledad enferma en que vive el “yo”.

Ya que hemos tocado el tema de la iluminación, diremos que aunque generalmente solemos relacionar a la luz con lo bueno y a la oscuridad con lo malo, esto no es más que un error semejante al de la creencia de que es mejor estar solos que acompañados. Para explicar lo anterior, recurramos a la persona de Juan de Yepes, mejor conocido como Juan de la Cruz, un místico del siglo XVI que no sólo vio como un enemigo a su propio “yo”, sino que, además, encontró en la oscuridad una oportunidad para liberarse de esa mala soledad en que se hallaba. Veamos para esto su poema “Noche oscura ”: «En una noche oscura con ansias en amores inflamada, ¡oh, dichosa ventura!, salí sin ser notada estando ya mi casa sosegada. A oscuras y segura, por la secreta escala disfrazada, ¡oh, dichosa ventura!, a oscuras y encelada, estando ya mi casa sosegada. En la noche dichosa, en secreto, que nadie me veía ni yo miraba cosa, sin otra luz y guía sino la que en el corazón ardía. Aquesta me guiaba más cierto que la luz de mediodía, adonde me esperaba quien yo bien me sabía, en parte donde nadie parecía. ¡Oh, noche que guiaste! ¡Oh, noche amable más que la alborada! ¡Oh, noche que juntaste Amado con amada, amada en el Amado transformada! En mi pecho florido, que entero para él solo se guardaba, allí quedó dormido, y yo le regalaba, y el ventalle de cedros aire daba. El aire del almena cuando yo sus cabellos esparcía, con su mano serena en mi cuello hería y todos mis sentidos suspendía. Quedeme y olvideme. El rostro recliné sobre el Amado. Cesó todo y dejeme dejando mi cuidado entre las azucenas olvidado.»

El poema de Juan, considerado uno de los más bellos de la mística española, nos advierte de lo mismo que ya hemos aquí cavilando: que estar a solas con el “yo” no siempre es lo mejor y que la oscuridad podría ser un camino más certero que el de la luz, y para muestra de ello leamos detenidamente los versos: el poema ocurre en la noche y lo que nos presenta es la disociación de la persona, es decir, en el “yo” hay más de un solo “yo”, por uno lado está el “yo” que sale sin ser notado y, por otro, está el “yo” que duerme y que no se da cuenta de nada, es lo que Juan llama “casa sosegada”. La razón por la que el poema presenta un “yo” disociado es porque el primero corresponde al alma y el segundo al cuerpo de carne, que es la casa. Ahora, el alma se asume como prisionera del cuerpo y por eso espera a que éste se duerma para poder salir a escondidas. Considerando esto, será la oscuridad de la noche y no la luminosidad del día, el escenario perfecto para escapar de ese “yo” con el que el alma está a solas y prisionera”. Lo que el resto del poema nos narra es el escape del alma, la cual, por una escalera secreta sube hasta la dimensión más elevada de la realidad en la que tiene un enlace de connotaciones eróticas con lo sagrado y todo esto mientras el cuerpo, el “yo” con el que supuestamente es mejor estar, duerme.

Sabiendo, ahora, lo anterior, pensemos: ¿Cómo es nuestro “yo”? ¿Estamos convencidos de la bondad de nuestro “yo” como para preferir estar a solas con él? ¿Podría ser que debido a nuestro egoísmo tenemos aprisionada a nuestra humanidad? La noche del alma se acerca, meditemos en quiénes somos realmente y, si la situación lo apremia, busquemos salir sin ser notados.

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.
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