Durmientes en la cueva (Artículo)
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13 de diciembre de 2021

El mundo iluminado

Los reunidos en torno a estas palabras podemos decir, sin vacilar, que estamos vivos. Vivos, porque nuestros corazones palpitan. Vivos, porque nuestra mente inquieta estalla y se regenera una y otra vez con la misma bravura de las olas marinas. Vivos, porque cada inspiración de aire nos reanima como el soplo divino lo hiciera con el mítico hombre de barro. Vivos, sí, pero sólo en cierto sentido, pues aunque nuestros movimientos y pasiones nos distinguen de la estática roca, nuestra viveza es más semejante a la de los sonámbulos que en medio de la nada balbucean un lenguaje inexistente. Sí, vivos, pero no por ello conscientes de nosotros mismos ni del mundo.

Palabras como “dormido” “sonámbulo” y “despierto”, además de remitir al acto de inicio, trance y término del descanso físico pueden ser aplicadas simbólicamente a la percepción que de la realidad tenemos, así como a la manera en que la experimentamos. La idea de que la vida es un sueño del que debemos despertar no es sorprendente, pues ha sido abordada desde las más antiguas civilizaciones y hasta nuestro presente, sin embargo, lo que no deja de asombrar es que a pesar de que las personas sabemos que nuestros sentidos nos engañan ofreciéndonos una perspectiva distorsionada del mundo, no renunciamos a seguir confiando en ellos, volviéndonos rehenes de nosotros mismos. En este sentido, el individuo del presente, como el de los anteriores tiempos, es un ser que se siente más cómodo deambulando en sueños que respondiendo conscientemente a su realidad, en pocas palabras, se complace en su incesante sonambulismo.

Seguramente, lo anterior nos hace pensar en la obra “La vida es sueño” de Pedro Calderón de la Barca, pues ésta aborda el tema del despertar en el mundo, sin embargo, y como ya se dijo, son numerosos los escritos que abordan este tópico, siendo de gran interés uno que lleva por nombre “Los siete durmientes”, escrito por Santiago de la Vorágine para su obra intitulada “La leyenda dorada”, fundamental para quien desee sumergirse en el conocimiento de la vida de los santos, ya sea para practicar algún dogma, o sencillamente para acrecentar el conocimiento propio en beneficio de la rectificación moral.

“La leyenda dorada” es un libro escrito durante la Edad Media, específicamente en el siglo XIII, y contiene doscientas cuarenta y tres historias de santos cristianos. A pesar de estar nosotros alejados por más de setecientos años de esta ejemplar obra, es posible seguir hallando en ella lecciones, sobre todo las de carácter filosófico. Para ejemplificar lo anterior, consideremos las primeras palabras del libro, las cuales hablan así: «La historia de la vida humana se divide en estas cuatro etapas: era de la desviación, era de la renovación o retorno, era de la reconciliación y era de la peregrinación.» Las cuatro eras, agrega Santiago de la Vorágine, tienen que ver con las cuatro estaciones y con los cuatro periodos del día, dándonos a entender que la vida humana es cíclica,

pues ocurre varias veces: a lo largo de la existencia, a lo largo del año y, a lo largo del día. En resumen, todos los días nacemos y morimos, somos otros.

Los conceptos de “nacimiento” y “muerte” son semejantes a los de “dormir” y “despertar” (dormir y morir son una entrega a la misma noche) y de las casi trescientas historias escritas por De la Vorágine resulta útil para esclarecer lo anterior la ya mencionada de “Los siete durmientes”, que podríamos resumir así: En la ciudad de Efeso, el emperador Decio ordena castigar a los cristianos. Siete hermanos se refugian en una cueva huyendo del castigo. El emperador les bloquea la entrada para que mueran dentro, pero Dios los sumerge en un sueño que dura trescientos setenta y dos años. Los hermanos despiertan sin saber que ha pasado tanto tiempo. Uno de ellos baja al pueblo y quiere comprar pan con monedas de oro. La gente, que ya es cristiana, lo envidia y quiere linchar, pero es rescatado por dos sabios que escuchan su historia. El nuevo emperador se entera de lo ocurrido y visita a los siete hermanos quienes después de explicar su historia se quedan otra vez dormidos y después mueren. De las palabras de estos hermanos, rescatemos éstas: «Estamos vivos, aunque profundamente dormidos, sin enterarnos de lo que ocurre en esta cueva ni aún fuera de ella.»

El texto de “Los siete durmientes”, aunque breve, es abundante en simbolismos que nos llevan a preguntas como: ¿Por qué siete hermanos? ¿Es la cueva semejante a un vientre en el que se gesta una nueva vida? ¿Por qué los nuevos cristianos ambicionan el oro? ¿Por qué Dios sumerge a los siete hermanos en el sueño, luego los despierta, después los hace dormir de nuevo y al final los hace expirar? ¿Cuál fue la misión de estos siete hermanos? ¿Es la muerte tan sólo un segundo sueño y la vida el primero? ¿En qué momento se está realmente despierto?

Después de conocer la historia de “Los siete durmientes” ¿podemos decir que estamos vivos? ¿Y si estuviéramos dormidos, qué estamos dispuestos a realizar con tal de despertar? De la Vorágine nos señala que la vida humana tiene cuatro etapas: la desviación, la renovación, la reconciliación y el retorno. La primera ocurre en invierno y durante la noche. La segunda, en primavera y por la mañana. La tercera, en verano y al mediodía. Y la cuarta, en otoño y por la tarde. Cabe la pregunta, ¿independientemente de si la vida es sueño, en qué etapa me considero? La desviación podría ser la traición a nuestros ideales. La renovación sería la búsqueda de uno mismo. La reconciliación, el amistarse con el mundo. Y el retorno sería la vuelta a lo que alguna vez negamos, no para destruirlo, sino para purificarlo; es la rectificación del yo.

Día con día despertamos y dormimos, caminamos entre sueños y avanzamos por las cuatro etapas señaladas por De la Vorágine persiguiendo el contaminado oro de los sonámbulos. ¿Nos hemos desviado? Hagamos algo, entonces, por merecer el retorno. Los siete durmientes tuvieron que despojarse de lo accesorio para entregarse a la oscuridad de su propio ser. Nosotros creemos estar despiertos, pero alguien nos ha tapiado la salida y somos durmientes en la cueva.

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.
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