La muerte segunda (Artículo)
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04 de diciembre de 2021

El mundo iluminado

La costumbre mata al asombro. Los niños se maravillan de todo porque para ellos la rutina no existe. Por el contrario, los adultos suelen ver al mundo con ojos grises porque han perdido su agilidad para escapar de la monotonía, la cual todo aniquila, incluso, al amor. Cierto es que no hay nada nuevo bajo el sol, pero ello no significa que lo entendamos todo, ni que la novedad no pueda ser parte de nuestro día a día. No hay nada nuevo bajo el sol y sin embargo nunca terminamos de conocer el mundo, de navegar por su anchuroso mar o de recorrer sus finitos y circulares caminos. Bajo el amarillo y radiante sol, nada nuevo, ¿en este limitado e infinito mundo vemos con los ojos grises de la costumbre, o con las doradas pupilas del asombro?

Cuando se trata de nuestro prójimo, comúnmente solemos pensar en alguien como nosotros, es decir, de carne y hueso, bípedo, sustentado en la razón y de humana forma, a pesar de que, en general, no sepamos que “humano” significa “tierra”, por aquello de que no somos más que polvo esperando regresar al polvo. La palabra “hombre” viene de “humano” y también significa lo mismo, “tierra”, por eso es que podríamos decir que el hombre considera como su prójimo a otros hombres y no, por ejemplo, a un gato, a un pez, a un canino, planta o ave, sin embargo, esto no es más que un error de apreciación generado por la costumbre, pues a fin de cuentas no sólo el hombre es prójimo del hombre, sino aún de todo cuanto existe, pues ¿qué no es, acaso, la creación entera, polvo esperando regresar al polvo?

¿Y qué es lo que el hombre debe para con su prójimo? Amarlo, conocerlo y respetarlo. En este sentido (y considerando la idea de que la creación entera no es más que polvo esperando a convertirse en polvo), el amor, conocimiento y respeto que le debemos a nuestro prójimo no es únicamente hacia los hombres, sino, como es ya predecible, hacia el mundo entero, sin embargo, es a causa de la monotonía del diario vivir, de nuestros ojos de color gris, que hemos perdido la capacidad de ver a los animales, a las plantas y a las tantas formas naturales que nos acompañan no ya como nuestros semejantes, sino aún como nuestros hermanos, y es debido a este olvido que hoy el mundo (y nosotros junto con él) se nos está muriendo en las manos.

No siempre ha sido así, tampoco todos los hombres (no pensemos en varones ni en mujeres, sino en polvo) han pasado por esta vida inconscientemente. A pesar de la fuerza de la rutina, hay quienes han mantenido desde su infancia y hasta su madurez los ojos dorados del asombro, y es gracias a esta visión ardiente, a esta curiosidad, que lograron sembrar escasas, pero útiles, semillas de consciencia entre sus seguidores o entre quienes, por azar, sincronicidad o misterio, dieron con el compendio de sus obras. Explica muy bien lo anterior la imagen de Francisco de Asís,

considerado santo por algunas iglesias cristianas, y que escribió un conocido poema que lleva por título “Cántico del hermano sol” o “Alabanza de las criaturas”, leamos:

«Altísimo, omnipotente, buen Señor, tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición. A ti solo, Altísimo, corresponden, y ningún hombre es digno de hacer de ti mención. Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas, especialmente el señor hermano sol, el cual es día, y por el cual nos alumbras. Y él es bello y radiante con gran esplendor, de ti, Altísimo, lleva significación. Loado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas, en el cielo las has formado luminosas y preciosas y bellas. Loado seas, mi Señor, por el hermano viento, y por el aire y el nublado y el sereno y todo tiempo, por el cual a tus criaturas das sustento. Loado seas, mi Señor, por la hermana agua, la cual es muy útil y humilde y preciosa y casta. Loado seas, mi Señor, por el hermano fuego, por el cual alumbras la noche, y él es bello y alegre y robusto y fuerte. Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la madre tierra, la cual nos sustenta y gobierna, y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba. Loado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor, y soportan enfermedad y tribulación. Bienaventurados aquellos que las soporten en paz, porque por ti, Altísimo, coronados serán. Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar. ¡Ay de aquellos que mueran en pecado mortal! Bienaventurados aquellos a quienes encuentre en tu santísima voluntad, porque la muerte segunda no les hará mal. Load y bendecid a mi Señor, y dadle gracias y servidle con gran humildad.»

La ciencia que estudia la vida de los santos se llama “hagiografía” y acercarnos a ésta es una labor que deberíamos de realizar, aún siendo agnósticos o ateos, no para practicar los dogmas, sino para asimilar las ideas de quienes lograron trascender a su espacio y tiempo, a pesar de no ser más que polvo. En el caso de Francisco de Asís, en su juventud fue adinerado y militar, mataba a sus prójimos en el campo de batalla hasta que ocurrió una revelación en él que le mandaba a renunciar inmediatamente a todo y entregarse a la vida mística en comunión con la naturaleza, así lo hizo. Algunos lo consideraron demente, sin embargo, de esos “algunos” nada sabemos y de este “demente” mucho conocemos, tal es el caso del anterior poema en el que la idea del mundo entero como prójimo de uno mismo se muestra a través de la palabra “hermano”.

Francisco es un místico cristiano con tintes de paganismo, pues, para él, lo sagrado habita en el sol, en la luna, en las estrellas, en el agua, en el fuego, en el aire, en la tierra e, incluso, en la muerte. A todos ellos los llama “hermanos” y es que todos son semejantes porque son entidades del mismo origen. Llama la atención que su poema señala a dos muertes, la primera es la del cuerpo, ¿y la otra? Aunque no lo dice, la muerte segunda (que no es nuestra hermana) es la del alma; de la primera muerte se puede reencarnar, pero la segunda es el final definitivo, ¿y quienes lo merecen? Los de ojos grises, los de vista cansada, los apáticos, los viles, los que a pesar de no ser más que polvo hieren a su prójimo, al mundo, creyendo ser libres de la muerte segunda.

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.
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