Sesenta días al mes (Artículo)
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01 de noviembre de 2021

El mundo iluminado

Si hoy fuera el día de nuestra muerte, ¿cuál sería nuestro testamento? ¿Qué es lo que en esta tierra dejaríamos para quienes amamos y qué es lo que a la región ultraterrena llevaríamos para ofrecer, si es que ésta fuera cierta? ¿Estamos satisfechos con lo que hemos logrado? ¿Nuestras obras van más allá de lo banal y de lo inmediato o se asemejan a los otros tantos charcos de lodo en cuya humedad se pudre la vida? Aceptémoslo, si a veces dejamos de trabajar como debiéramos es porque estamos confiados en que el día de mañana volveremos a despertar al lado de quienes amamos o que ellos estarán para nosotros cuando los necesitemos, sin embargo, llega un día en el que alguno ya no despierta y, entonces, el arrepentimiento por no haber consumado el testamento llega; antes de seguir, una advertencia, no malinterpretemos las ideas, el testamento, más allá de lo que se piensa comúnmente, no es sólo dinero o bienes materiales, también son palabras, actos, compromisos y no hay falta más grave que la de permitir el abandono de este mundo sin decir lo que en la punta de la lengua nos arde: “te amo”, “gracias”, “no te preocupes”, “perdón”.

¿Para quién hacemos lo que hacemos y por qué lo hacemos? Es decir, agradar a otros está bien, a fin de cuentas somos animales sociales, pero agradarse primero a sí mismo debería de ser igual de importante; no siempre es así. Cuántas veces no hemos sido testigos de alguien que busca agradar a otro a cualquier precio, cayendo principalmente en el vicio de la adulación, de la lambisconería, y, por ende, en la pérdida de la dignidad propia. Lo dañino de esta conducta, además de que permite que individuos con una ética cuestionable adquieran algún tipo de poder, aunque sea sólo ilusorio, es que otros replican el modelo de la adulación, hacen de la lambisconería un ideal, naturalizan de alguna manera la pérdida de la dignidad y envilecen, aún más, a los ya de por sí malignos que se mueven entre nosotros. Cuando la vida de los adulados y de los aduladores termina, podría ser que posean alguno que otro bien material en abundancia, sin embargo, serán incapaces de legar su testamento, pues, intentando llenar la vida de otros, dejaron la suya vacía.

Aduladores y lambiscones ha habido siempre y si bien una considerable mayoría de ellos atraviesa sus días en un verdadero sinsentido, hay también algunos que logran comprender el error en el que se hayan al dedicar cada uno de sus contados segundos al engrandecimiento de los viles, esperando que algún día les toquen unas cuantas de las migajas que de entre sus manos caen al suelo. Para explicar mejor lo anterior, citemos el caso del poeta turco Sanai de Ghazna, quien vivió alrededor del año 1200 de nuestra era y que, a pesar del gran intelecto que poseía, no hacía más que dedicar sendos versos al sultán, a los príncipes y a los miembros de la corte, los cuales, más que deleitarse genuinamente en su poesía, veían a Sanai como una más de las diminutas piezas humanas que conformaban su vanidosa colección.

Sanai, en su juventud, fue feliz siendo el lambiscón oficial de la corte, o al menos él pensaba que lo era hasta que en uno de sus habituales recorridos por los jardines del palacio se topó con un sabio que el sultán había mandado a llamar, pues gustaba de oír consejos que nunca aplicaría (era más un asunto de vanidad) se trataba de Lai Khur, quien entre los persas era conocido como “el loco” debido a las disparatadas ideas que de su boca manaban, o al menos así las consideraban aquellos que no tenían ojos para ver ni oídos para escuchar, pero eso sí, la boca y la lengua para engrandecer a los viles y arrebatarse las migajas que rebotaban en el piso no les faltaban. Sanai y Lai Khur estaban en el mismo jardín cuando el segundo le dijo al primero: «Cuando estés frente al Creador, podrás ofrecerle todos tus panegíricos para reyes y príncipes». Sanai era adulador, pero no ignorante y comprendió lo que aquel “loco” quería decirle: tu testamento no es más que un compendio de banalidades; desprecias a la fuente de vida por engrandecer a hombres ruines. Las palabras del sabio removieron el vacío de Sanai, quien, sin pensarlo, abandonó la vida cortesana para seguir los pasos de quien ahora sería su maestro.

El poeta turco, reconocido por sus dotes adulatorias, se refugió en el desierto, confrontó su vacío existencial con el del paisaje y de esa experiencia que duró desde su juventud y hasta su muerte en la vejez nació el poema místico “El jardín amurallado de la verdad”, del que provienen los siguientes versos: «Salir del sueño del olvido. La razón es un torcido garabato en la caligrafía de Dios. Hemos tratado de razonar nuestro camino hacia Él: no funcionó; pero en el momento que abandonamos, ningún obstáculo quedó. El lugar de Dios no tiene lugar, ¿por qué si lo que buscas no existe en lugar alguno, te propones viajar allí a pie? La ruta es pulir el espejo del corazón. No es con rebeldía y discordia que el espejo del corazón es pulido limpio del orín de la hipocresía y la incredulidad. Tu espejo es pulido por tu certeza, por la pureza sin aleación de tu fe. No lamas el plato de ese hombre o compres su adulación. Él no conoce su propio ser. ¿Cómo podría conocer el ser de otro? Sabiendo lo que sabes, sé también sereno como una montaña y no te angusties por el infortunio. Conociendo sin serenidad, es una vela sin luz. Deja esta residencia de nacimiento y pudrición, deja este pozo y encamínate al hogar que te está destinado. Este montón de polvo es un espejismo donde el fuego parece agua.»

Lo que llama la atención del poeta adulador, Sanai, que terminó convirtiéndose en uno de los más grandes místicos del sufismo, es decir, de los misterios musulmanes persas, es su coincidencia con san Agustín de Hipona, pues este santo de la iglesia católica también abandonó el camino de la adulación cuando en un jardín escuchó a un niño cantando las palabras “tolle, lege”, que significan, “toma y lee”, san Agustín tomó entonces la Biblia y encontró la Verdad en unas palabras de San Pablo. Independientemente de nuestras filias y fobias con respecto a lo sagrado, ¿será que nosotros escucharemos también a las afueras del jardín amurallado de la Verdad la voz que habrá de corregir nuestros torcidos pasos? Sanai recibió el título de Hakim, que significa sabio, pero no porque él poseyera el humano conocimiento, sino porque comprendió la indefinible totalidad en la que día a día hacemos o no nuestro testamento, llenamos el vacío de otros o el propio. Dejamos de hacer por nuestra credulidad en el mañana, sin embargo, y citando al irónico poeta persa «¿cómo esperas tener riquezas, si estás ocioso sesenta días al mes?»

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.
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