Más pudre el miedo que la muerte (Artículo)
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18 de julio de 2021

Llamada telefónica


 El mundo iluminado


Más pudre el miedo que la muerte, es así porque el miedo paraliza, anula la voluntad, humilla; en cambio, la muerte libera, termina con la angustia, con la enfermedad, borra el sufrimiento. Más pudre el miedo que la muerte y quizás sería entonces mejor recurrir al suicidio que entregarse a una vejez vergonzosa. Un proverbio que se grababa en algunos relojes de sol de la antigua Roma decía «Vulnerant omnes, ultima necat», y que se traduce como «todas las horas lastiman, pero la última mata», pero ¿y si no se quiere esperar por la última hora?, ¿y si uno quisiera adelantarse terminando con la vida propia?, ¿o será que el destino existe y que nos equivocamos al considerar al suicidio como un acto de libertad porque en realidad ya estaba escrito, siendo verdaderamente la última hora la que mata? El suicidio, en algunos casos, es necesario.

Alfonsina Storni es la autora de la frase con que hemos comenzado, la de la pudrición por miedo, y al mismo tiempo es ella uno de los grandes espíritus que halló en el suicidio una posibilidad, irónicamente, de ser. Storni nació en Suiza a finales del siglo XIX, pero desde su infancia y hasta su muerte vivió en Argentina. Se llamó Alfonsina porque, según lo contó alguna vez, ella estaba «dispuesta a todo» y, como veremos, así fue. Storni, desde niña, fue una mujer distinta a las demás, ‘mentirosa’ la llamaron algunos por hablar de cosas que no sucedían, de ‘paranoica’ la calificaron otros por escuchar palabras que nadie profería, pero ¿no sería, más bien, que, quienes la rodeaban estaban ciegos y sordos?

Storni se dedicó a la poesía y es hoy una de las más grandes voces líricas latinoamericanas, por lo que vislumbrar las otras realidades y eventos venideros, antes que ser desplantes neuróticos, era una de sus facultades. Storni se suicidaría en el mar en el año de 1938, sin embargo, ya desde su primer poemario (“El dulce daño”, de 1918), veinte años antes, es posible leer que ella había visto su final, así lo dejó escrito en su poema ‘El llamado’: «Es noche, tal silencio que si Dios parpadeara lo oyera. Yo paseo. En la selva, mis plantas pisan la hierba fresca que salpica rocío. Las estrellas me hablan, y me beso los dedos, finos de luna blanca. De pronto soy herida… Y el corazón se para, se enroscan mis cabellos, mis espaldas se agrandan; oh, mis dedos florecen, mis miembros echan alas, voy a morir ahogada por luces y fragancias… es que en medio a la selva tu voz dulce me llama…»

El llamado, es decir, lo que nosotros conocemos como ‘vocación’ (‘vocare’ significa ‘llamar’) no es algo que elijamos, y a veces es lamentable que aún conociendo nuestra vocación, nuestro llamado, tampoco elijamos seguirlo. A Storni, en su poema, le salen alas cuando acude al llamado, en cambio a otros se las cortan en atención a eso que algunos llaman las buenas costumbres familiares y que se traduce en una repetición irracional de esquemas, es decir, si el padre fue médico, el hijo debe de serlo también, si la madre fue esposa, la hija debe de serlo también, y es en razón de ello que el miedo pudre más que la muerte. Sobre esto, la prevalencia de la sombra familiar, Storni escribirá un año después un poema que llevará por título ‘Irremediablemente’: «Bien pudiera ser… Pudiera ser que todo lo que en verso he sentido no fuera más que aquello que nunca pudo ser, no fuera más que algo vedado y reprimido de familia en familia, de mujer en mujer. Dicen que en los solares de mi gente, medido estaba todo aquello que se debía hacer… Dicen que silenciosas las mujeres han sido de mi casa materna… Ah, bien pudiera ser… A veces en mi madre apuntaron antojos de liberarse, pero se le subió a los ojos una honda amargura, y en la sombra lloró. Y todo eso mordiente, vencido, mutilado, todo eso que se hallaba en su alma encerrado, pienso que sin quererlo lo he libertado yo».

Ya sabemos que el miedo pudre y eso fue lo que le pasó a la madre de Storni, cuyo antojo de libertad se trastocó en amargura. Alfonsina, la que está dispuesta a todo, no estuvo dispuesta a repetir el mismo modelo de sumisión, y así eligió renunciar a todo, incluso a su propia vida, pero antes de ello se enfrentó a un cáncer de mama cuyas raíces iniciarían en su pecho, pero que se extenderían hasta la negrura de su inconsciente. ¿Hasta qué punto esta enfermedad no podría ser un síntoma de su atormentada feminidad? En 1920, Storni vio su muerte de nuevo: «El día que me muera, la noticia ha de seguir las prácticas usadas, y de oficina en oficina al punto, por los registros seré yo buscada. Y allá muy lejos, en un pueblecito que está durmiendo al sol en la montaña, sobre mi nombre, en un registro viejo. Mano que ignoro trazará una raya.»

Los últimos años de Alfonsina fueron confusos y convulsos. Sus pensamientos le atormentaban y buscando tranquilidad, se alejó de su hijo Alejandro, ya mayor de edad, de quien todavía no se sabe con certeza quién fue su padre. Entre lo último que dejó escrito, antes de suicidarse en el mar, están unas cartas y unos poemas. De sus cartas, llaman la atención estas líneas: «Gracias. Adiós. No me olviden. No puedo escribir más»; y de sus versos, los de su último poema, titulado ‘Voy a dormir’: «Dientes de flores, cofia de rocío, manos de hierbas, tú, nodriza fina, tenme prestas las sábanas terrosas y el edredón de musgos escardados. Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame. Ponme una lámpara a la cabecera; una constelación; la que te guste; todas son buenas: bájala un poquito. Déjame sola: oyes romper los brotes… te acuna un pie celeste desde arriba y un pájaro te traza unos compases para que olvides... Gracias. Ah, un encargo: si él llama nuevamente por teléfono le dices que no insista, que he salido...»

Morir ahogada, como en ‘El llamado’, fue un vislumbre de juventud. Storni optó por el suicidio antes que por la podredumbre del miedo. Su último poema describe su tumba. Storni duerme, pero antes advierte, «si él llama nuevamente por teléfono le dices que no insista». ¿De quién es este otro llamado al que ahora ella se niega a contestar? ¿Responderemos nosotros o seguiremos pudriéndonos en el miedo de la costumbre y esperando por otra llamada telefónica?

 

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.  
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