Leandro Mata Zijar. Sólo la muerte
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alejandro tamariz campos.jpg- LOS ROSTROS EN EL ESPEJO -

Leandro Mata Zijar. Sólo la muerte.
 
Alejandro Tamariz Campos*


LENDRO MATA ZIJAR, se mojó los labios, dio una bocanada al cigarro, y se quedó pensando esa madrugada en el Panteón, con la vista desde el cerro a la hondonada, donde pasaban unas chachalacas en este amanecer de abril.

Sólo la muerte pudo acallar tus palabras, que cortaban filosas, como el machete en las hierbas amargosas que usabas para barrer el jacal, sólo la muerte pudo con esa terquedad tan tuya Madre, con ese andar tan firme, incansable, con esa dureza de chijol, con esa terquedad que sacaba milpas de rastrojales, y que desandaba caminos húmedos y fríos de la Sierra, para cortar café en los cantiles, o para mandar a la fregada las habladas, todas esas que te señalaban, que te condenaban en el pueblo, por no haberte casado jamás, por trabajar como burro en la milpa, por vivir sola sin hombre, sin otro más que mi Padre.

“Como habrán sido María Cristina esos amores tuyos, como habrán estado la humedad entre tus piernas con el recuerdo, con el recuerdo del único hombre que te hizo mujer y te hizo hijos, como habrán sido esas noches lluviosas de junio, los fríos de diciembre y los calores de abril, con solamente el recuerdo de ese hombre moreno, de ese hombre ausente que un día nomás se murió dejándote joven y con hijos pequeños, como lo habrás maldecido, cuando sola enfrentaste la muerte de tu único hijo, como lo habrás maldecido cuando te echó tu hijo de tu propia casa, cuando necesitabas que alguien te defendiera, cuando los que más querías te robaban y humillaban, ¡cuánto habrás deseado que estuviera vivo!, que ese amor que sentiste alguna vez, no se convirtiera en odio, en una amargura que masticaste todas las noches, con un sabor de tarpala oxidada como su recuerdo, como tu reproche que se marchitó como se marchitaron tu frente y tus ansias, coma habrá sido María Cristina, ese dolor que cargaste sola, sin nadie que te ayudara, sin él que nunca estuvo en los momentos más difíciles, cómo habrán sido esas hambres cuando escaseaba el maíz, cuando el huracán barría las milpas en jilote, cuando sólo era tu hambre y la de tus hijos, no la de él, porque los muertos sólo comen en Todos Santos, como habrá sido tu desesperación María Cristina, tu angustia, tu necesidad tan grande, tu amor tan grande que no le diste a otro, sólo a ese muerto, que te dejó sola, que te dejó viva para que vivieras por los dos, para que cumplieras por los dos, para que tú sola, transformaras el dulce en amargo, y el amargo en licor, y te embriagaras de la vida, del dolor de vivir a cada instante, a cada momento con tu carga pesada como tercio de leña de misanteco, como un animal de carga anduviste la tierra serrana con tu dolor y tus necesidades, sin hacer gestos, sin quejarte siquiera, sin tenerte un poquito de lástima, sin dejar que te compadecieran, como el corazón de Tezmol, que no le entra el machete, así quedó tu corazón María Cristina, duro, como las piedras que amontonabas en el arroyo para hacer tu lavadero, como el corazón de durazno, guardaste ese recuerdo, ese dolor, ese tiempo sin tiempo, para que nada ni nadie lo tocara, y en esas noches, con ese sereno, con el olor a humo saliendo de las casas, sola lo sacabas para ti, y lo mordías con tus dientes y llorabas en silencio, nada más de acordarte de tanta desgracia, de tu desgracia María Cristina”.

Leandro Mata Zijar, se quedó largo rato, oliendo unas flores marchitas de una tumba cercana, viendo el parpadear de la veladora que había colocado en la tumba de su Madre, de esa viejecita, que se murió muy tarde, como si estuviera pagando tantas cuentas, como si el tiempo de su vida no le alcanzara para tanto dolor que llevaba dentro, como la suerte de los condenados a muerte, ella era condenada a la vida, todavía más cruel y más canija, aún y cuando parecía urgirle morirse, no moría. Recordaba que hasta mandó a rascar en el panteón, justo donde estaba parado, mandó a hacer la fosa, y hasta la caja, pero Leandro no le permitió esto último, -Van a pensar que ya quiero que te mueras- le dijo,  -No quiero que te agarren las apuraciones cuando me muera Leandro- le decía ella, pero ahí estaba, viva, condenada a la vida, condenada a esperar la muerte desde lo alto de la casa, donde veía pasar la gente, donde veía morir a sus contemporáneos, donde la vida activa del pueblo pasaba ante sus ojos grises, sin siquiera fijarse que ella estaba allí, como fantasma, como el ahogado del arrollo que no sabe que está muerto, y se agarra a cada rato de los que van a nadar pensando que puede salvarse, así recordaba Leandro a su madre este amanecer caluroso.

“Como era franca tu risa María Cristina, como eran nobles tus actos, como era de sencilla tu vida, que te bastaban tortillas y chile para hacer tu fuerza de encino, con tan poquito tenías tu buena madrera, cómo eran tus bocanadas de tabaco María Cristina, que me echabas en la cabeza para que no me siguiera el muerto, cómo eran tus enojos, que tu izquierda me aseguraba el brazo, cuando tu derecha tenía la vara de capulín en mi espalda, cómo era tu olor María Cristina que parecía que habrías el baúl lleno de ropa guardada, cómo eran blancas tus mantas María Cristina, que tus naguas y tu quishquemetl resaltaban más con tus listones de colores, tus aretes grandes, todos ellos juntos resaltando tu rostro blanco. Cómo era tu morral de tapadera, con la panela y el kilo de frijol, y la carne de puerco cuando regresabas de la plaza, cómo era la masa de tus tortillas, blancas como la cara de la luna de octubre cuando hacías tamales de elote y atole de jobo, cómo eran tus sabores, que no había mole que se comparara al tuyo, todos los ganaderos lo pedían, lo que nunca les dijiste es que tu cómplice fue la manteca de puerco, en sus mesas cristianas protestantes, cómo eras de hermosa María Cristina, que cualquiera hubiera querido tenerte como Madre, pero me tocaste a mí, pero fuiste para mí mi Madre y mi alcahuete, mi fiador y mi recomendación mas grande, fuiste ese regaño dulce como ciruela madura que nunca me faltó, fuiste la que me hizo hacerme hombre en el rigor del campo y de sus miserias, fuiste mi alivio cuando llegaba con algún dedo torcido después de mis peleas en la escuela, fuiste mi doctor y mi curandera, fuiste mis tortillas calientes y mi agua fresca del pozo, mi caldo caliente de quelites con un taco de chiltepín, fuiste mi totonaco hablado con tu boca sin dientes, fuiste la renuncia a tu persona, por dármelo todo a mí, aún por poco que tuvieras, todo me lo dabas, todo sin reclamo, todo sin pedirme nada a cambio, todo me lo contabas, todo me lo decías, y me desgarrabas por dentro cuando te ponías a llorar, como si te estuvieran pasando otra vez las cosas, todo te pasó muchas veces, porque muchas veces me lo contabas, María Cristina, cómo no quererte, cómo no ser tu hijo, cómo no tener ganas de visitarte ahora Madre, aunque me vaya la vida en ello, aunque me juegue un albur al regresar a este pueblo donde me busca la justicia y los dolientes, cómo no poner en un altar mi vida para recordarte tan de cerca aquí en tus despojos, en el Panteón a donde juntos trajimos flores de muerto, velas y donde me dejabas echar mis cuetes, cómo no recordarte aquí cerquita María Cristina, con esta Cruz de quebrache que yo mismo te hice, como no sentir tu olor en este olor de tierra mojada, de tu tierra de caliche donde sembraste milpa, cómo no llorarte María Cristina, como te estoy llorando ahora.

Leandro Mata Zijar, quedó como cirio prendido con mecha alta, derritiéndose a lágrima batida, lentamente se volvió a poner el sombrero, repitió su nombre muy, pero muy bajito, como para no despertarla, metió la mano en el morral para agarrar la pistola, y tomó el otro cargador con la izquierda, miró su cara de niño en sus ojos viejos y grises, y agarró para el monte alto, esperando encontrar la celada, justo en este mes de abril en que te moriste María Cristina, justo cuando pudieron adivinar que regresaría hasta tu tumba, y se fue diciendo, que contigo Madre, SÓLO LA MUERTE PUDO, SÓLO LA MUERTE.
 
* Alejandro Tamariz Campos egresado de la Facultad de Derecho de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, combina la pasión por la pintura y las letras con el ejercicio profesional.
 
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