LOS DISFRACESJorge A. Durán Ramírez*
(Este texto fue escrito para ser leído en voz alta en una reunión para homenajear a las mujeres, obviamente, puede ser aplicado a los hombres)
¿Me dan permiso? Buenos días, ¿ustedes me conocen?, tal vez no se acuerdan de mi, pero si cierran los ojos y ven hacia dentro de ustedes me van a encontrar ¡Sí! Soy la niña que todas llevamos dentro.
Cuando nací, la voz del médico dijo: ¡Es mujercita! Y esas palabras fueron las que me marcaron para toda mi vida.
A las niñas hay que comprarle ropita rosa, tiene que ser delicada.
¡Niña! No saltes que pareces marimacho.
¡Niña! Cierre las piernas que se le ven los calzones. Una señorita siempre debe sentarse correctamente.
Esos fueron los primeros disfraces que me hicieron poner, al principio me gustaba ese juego. Me ponía mi cara de inocente, y todos me querían cargar y besar, hacía pucheros y me daban lo que yo quisiera, me gustaba porque yo quería ser como mi mamá: siempre estaba muy limpia, su ropa muy cuidadita, siempre bien correcta al hablar y al sentarse.
Pero conforme pasó el tiempo, los siguientes disfraces no me gustaron mucho. Cuando quería salir a jugar con mis hermanos. Siempre me gritaban:
¡Niña métase a su casa, las mujeres no se andan revolcando en el suelo, usted métase a jugar a las muñecas!
¡Niña, ayúdame a poner la mesa para la comida porque ya va a llegar tu papá!
¡Dale de comer a tu hermano y plánchale su ropa!
Y cuidadito con poner un “pero” porque enseguida te volteaban la boca con un revés.
Con trabajo terminé mi primaria y después ya no querían que siguiera estudiando.
¿Pa’qué? -dijo mi padre– si se va a casar y va a estar en su casa, mejor que aprenda a cocinar, a planchar, a tender camas, lavar trastes.
Por fin convencí a mi padre de dejarme ir a la secundaria, pero hubieran oído todo lo que me dijo:
-No quiero malgastar mi dinero en libros y uniformes para que andes de novia y al final me salgas panzona, nada de amiguitos y menos novios. Cuando salga de la escuela tiene 15 minutos para llegar a su casa, derechita y cuidado de dejar que la acompañe algún muchachito porque yo me encargo de correrlo.
Yo creo que fue por eso que al mes ya tenía novio. Me tuve que poner el disfraz de rebelde y mis amigas me incitaban cada vez a oponerme más a mis padres. Y después me enseñaron a fumar y aunque no me gustaba tuve que hacerlo porque sino me dejaban de hablar, y si no hablaba con mi familia pues aunque sea con mis amigas. Con ellas aprendí en un año lo que nunca me imaginé en mi corta existencia.
Y aprendí a quitarme y ponerme disfraces para la ocasión. Cuando traspasaba el umbral de mi casa me volvía la niña obediente, modosita, bien portada, y al salir era la destramposa, relajienta y valemadrista.
Y todavía tenía otro disfraz guardado… con los hombres era yo tímida, muy tímida. Aunque con mis amigas me hacía la aventada, con ellos… con los hombres era miedosa. ¡Tenía ganas de hacer cosas! pero algo me detenía. Era raro, aunque me muriera de ganas de que me besaran, cuando lo hacían me quedaba cierto remordimiento.
Y si yo quería abrazar, besar y decir me gusta, me tenía que aguantar las ganas. Y si quería explorar mi cuerpo, reconocerlo, disfrutar con las sensaciones que decían que me podía dar, me quedaba con las ganas.
Así aprendí a quitarme y a ponerme las máscaras que todo el mundo me exigía.
Y ustedes, ¿que disfraz les gusta más? o ¿cuál les disgusta hasta el cansancio?
A ti… ¿cual te gusta? ¿estás conforme o ya quieres tirarlo?
Y ¿a ti?,… ¿a ti?,… ¿a ti?…..
¡Cuántos disfraces, cuántas máscaras tiene que ponerse uno en la vida!
Me falta el de señora casada, respetable e inalcanzable; madre abandonada, carne de buitres, viuda apetecible, trabajadora contra los hombres, mujer acosada por los jefes y hostigada por las propias mujeres, venerable anciana
Y mientras llega ese día… yo, la verdadera, me voy marchitando poco a poco, mis disfraces me están opacando, y ahora ya no sé cuándo soy yo y cuándo una máscara, y me pierdo entre tanto disfraz. A veces hago esfuerzos para no perderme y me refugio en mi recámara y cierro los ojos y tapo mis oídos y me grito ¡No te pierdas, tú eres única, especial, existes! Y me veo sin cubiertas, desnuda tal cual soy, y me río conmigo misma y me gozo y disfruto como nunca…
Pero después tengo que salir al mundo y vuelvo a los disfraces y espero el momento de ponerme el último: el traje de la muerte, que borra todos tus defectos y te convierte casi en SANTA.
*Jorge Alberto Durán Ramírez es profesor de Educación Física, licenciado en Historia, aprendiz de artista. Le gusta la música folklórica latinoamericana, que interpretó hasta antes de casarse; gusta de escribir cuento y teatro, actividad que inició después de casarse. Creyente fervoroso de que el amor es el motor del mundo, lo practica antes y después de casarse, la mayoría de sus escritos versan sobre el mismo tema: El amor.
Más de la obra de Jorge Alberto Durán Ramírez:
- Tu Aroma
- Gloria
- Aprendiendo
- El Objeto
- No'mbre
- La Espera
- Tu Figura
- Tus Ojos
- El Dragón
- Adicciones
- La Lluvia
- Casualidades
- Yolanda
- El Sueño
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- Una Prueba de Amor
- La Respuesta
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- El Puente de Ovando
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- Diálogo de una Noche Inexistente
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