18 de marzo de 2014
Entre las obligadas reformas sexenales -¿qué político no quiere pasar definitivamente a la Historia?- que, sin dejar de ser más de lo mismo, esto es, cambiar todo para que todo siga igual… y peor, hay una que revela un componente básico del STATUO QUO: el por qué las cosas están como están.
Me refiero a la “victoria” legislativa que obliga a las difusoras preponderantes –eufemismo por monopólicas o hegemónicas- a permitir que su programación tradicional, abierta, siga siendo accesible sin costo adicional en los paquetes de canales de paga, que dan una (muy) relativa libertad de elección a los espectadores. Y esto sin que los “defensores del pueblo” que festinan este supuesto triunfo se percaten siquiera de su propia ceguera histórica.
No ven que la función de reforzadores de la ideología dominante, esencial para el mantenimiento del actual e insatisfactorio – por decir lo menos- orden de cosas, que desempeñan institucionalmente estas empresas a través de no sólo el contenido sino también la forma y el SESGO de su programación, perdería gran parte de su eficacia si no fueran omnipresentes.
Si la gente pudiera, por primera vez en su vida, conocer propuestas alternativas, independientes, sin que la relación entrañable que guarda con las tradicionales –como que se crió con ellas- inhibiera su capacidad de pensar por sí misma, esto es, críticamente, podría entonces hacerse otra imagen del Mundo, del pasado y del futuro y dejar de permanecer encerrada en una “realidad” mediática que no por virtual es menos opresiva e incapacitante socialmente.
Podría imaginar otro tipo de relaciones, en el sentido más amplio posible y disponerse a vivir según ellas, sin tratar inútilmente de encarnar los estereotipos que insidiosamente le han venido repitiendo los poderes fácticos de todas las épocas, desde el clero hasta la televisión, pasando por la radio y el cine de la “Edad de Oro” (¿?). Nunca como ahora está vigente la famosa proclama del Mayo Francés de 1968: ¡LA IMAGINACIÓN AL PODER!
Los legisladores “justicieros” sólo reglamentan el STATU QUO, pues son incapaces de concebir otra cosa. En lugar de sólo dejar que en un patente caso de “justicia poética”, fuera la propia avaricia de los empresarios-ideólogos la que los condenara a la intrascendencia social, no: tenían que preservarlos en la conciencia de todos.
Por eso, tanto a los legisladores como a quienes de buena fe los elogian por su reciente logro, les reitero que ¡NO NOS DEFIENDAN COMPADRES! y que vivan los productores y creadores independientes; de ellos y de NOSOTROS son el presente y el futuro.
Fernando Acosta es amante de la música y estudioso de los comportamientos sociales.








