LA ÉTICA COMO INVERSIÓN A FUTURO
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LA ÉTICA COMO INVERSIÓN A FUTURO

 

 

Por: Raúl García Tlapaya*

Octubre 2007

 

 La ética es una de las cuatro dimensiones básicas de la existencia humana, lo que se manifiesta en todas las culturas. Junto con el sentido de lo estético, lo religioso y lo verdadero, la ética está siempre integrando la convivencia humana (Educación Permanente).

 

 

 La práctica de la ética apareció en todas las culturas, antes incluso que la ciencia propiamente dicha, como la disciplina del buen vivir y del buen hacer. Esta disciplina intenta responder a una pregunta radical y poco especulativa:

 

¿Cómo vivir de manera que nuestras acciones nos permitan alcanzar aquello que consideramos nuestros fines fundamentales, guardando una buena relación tanto con nuestra identidad individual y colectiva como con nuestras aspiraciones a futuro? No ha habido cultura que no haya elaborado cierto grado de especulación sobre el vínculo de medición que existe entre la forma de vivir y la consecución de los fines perseguidos por los grupos humanos. Esas formas de hacer las cosas, que la experiencia ha validado como adecuadas y correctas, teniendo en cuenta la historia y la realidad presente de cada grupo humano, conforman el cuerpo de las costumbres y de la ética de los pueblos.

 

 

 

Las costumbres, generalmente transmitidas por imitación y por tradición oral, engloban los comportamientos sancionados y reconocidos como buenos o correctos por un grupo humano. Se espera que dichos comportamientos sean practicados por sus miembros si desean ser considerados parte del grupo. Naturalmente, ningún pueblo da igual importancia a la forma de comer que a la forma de constituir una nueva familia. La costumbre (ethos) es la norma del buen hacer y del buen vivir sobre lo que ha descansado lo más esencial de las comunidades, y en la que el grupo social espera perdurar. De hecho, la ética tiene que ver con las normas en las que se expresa cómo discernir lo bueno de lo malo en una sociedad específica. Estas normas son consideradas por los grupos humanos como preceptivas. A este cuerpo de preceptos fundamentales se le suele llamar código de ética, el cual encierra la voluntad grupal sobre cómo deben ser los comportamientos de sus integrantes, ese debe ser no es un ideal abstracto, pues aunque representa cómo es el ideal de la cultura, contiene normas funcionales y útiles que garantizan la reproducción de la identidad cultural a través del tiempo. Tal es el carácter experimental práctico y funcional de la dirección ética de toda cultura.

 

 

 

El fundamento de la ética es la conducta humana… actos que el individuo ejecuta consciente y voluntariamente y de los que, por consiguiente, es responsable. Pero el ángulo o la perspectiva específica de ese estudio es el discernimiento del comportamiento bueno y el malo, en relación con el debe ser. Todas las investigaciones éticas estudian la conducta humana en relación con el debe ser. No importa, para nuestro caso, si el imperativo del deber ser ha sido resultado de la experiencia cultural o de una revelación divina, pues de todas maneras constituye la norma respecto a la cual se juzga el comportamiento humano.

 

 

 

Hoy día, evidentemente, la cuestión ética se enfrenta a las nuevas condiciones culturales que imperan. Concretamente, los paradigmas de la globalización, la posmodernidad, el relativismo cultural y el pluralismo religioso y filosófico salen al encuentro de la ética y ponen en cuestión sus pretensiones de ser el parámetro del comportamiento de una comunidad. Paradójicamente, mientras que la conectividad general y compleja que anima a la globalización hace indispensable que haya algunos parámetros éticos compartidos, que rijan la convivencia global, la cultura posmoderna ataca desde su raíz las pretensiones de universalidad de determinado conjunto de la valores que la modernidad trata de hacer pasar como válidos mediante el dinamismo que supone la globalización. Podemos decir que la ética sólo podrá ser fundamento de la existencia y coexistencia de los pueblos en el siglo XXI si supera dos reduccionismos, a saber, por un lado, la pretensión de reducirla a pura lógica y, por el otro, la pretensión de muchas instituciones religiosas de absorber a la ética en su teología. La primera tendencia, vacía de contenido propio al juicio ético que, de por sí, es inanalizable lógicamente, pues los juicios de valor carecen de lo que podría denominarse significado estricto. Por su parte, las teologías, al absorber la ética a su orientación heterónoma (afirmando que la ética proviene de Dios) hacen imposible una ética humana autónoma (que proviene de la interacción cultural y social de todos los miembros de la sociedad), necesaria para una coexistencia civil armoniosa, que va más allá de las deferencias de credos e iglesias.

 

 

 

* Raúl García Tlapaya (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) es Director General del Instituto Tecnológico Superior de Libres y candidato a Doctor en Educación Permanente por el Centro Internacional de Prospectiva y Altos Estudios (CIPAE),

 

 

 

 

 

 

 

 

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