Bitácora del encierro cuarentena (Híbrido)
Minuto a Minuto

 

 

6 de marzo 2021

La tierra que es la madre de la naturaleza,
Es también su tumba
Y lo que es su féretro,
Es también su matriz profunda
El hermano Laurent,
Romeo Julieta
Shakespeare.


Entre paredes que han ganado la condición abismal, la otredad sostiene el techo de cristal. Emparedados, sin espacio para mediar, los pechos presagian el palpitar de la tormenta.

Día uno, el virus penetra la capa del tiempo y la cuarentena impone mordaza, nos han despojado del fruto de las apariencias, de la avidez que nos sustenta.

Las ausencias se penetran.

La atmósfera es pesada, el silencio en la calle nutre las sienes de un caos que se antoja pardo e intempestivo, quizás sea el brote virulento de la codicia.

Duermen dos sobre un lecho de espinas, roncan por el dolor que los sueños no mitigan. Al despertar, el reloj estará de más, alguien se habrá apoderado de ellos…

El tiempo ya no mide sus desacuerdos.

Han abierto la ventana para blasfemar su encierro y a dos voces reclaman las mañanas que abandonaron al destierro. Azorados por el recuerdo piensan en abarcar el cielo.

La guerra por la cotidianidad los arma con el delirio y el encierro caldea los ánimos, haciéndolos olvidar el sentido del tiempo.
La noche unge las bisagras con su aliento, se arrinconan las horas para poder cohabitar con los sueños exacerbados de abrazar el mañana.

Sin destino, el tiempo como tumor espeso expele ecos de miedo.

Dos peligros acechan: la noción de certidumbre, emplazada en el peligro de perder su patrimonio normativo y el enfrentamiento con la libertad: confianza ciega y desconfianza sistemática, estrechez en las vías que nos conducen al diagnóstico de lo aceptable y lo inaceptable.

El Coronavirus irrumpe en las conciencias, en las relaciones humanas y en nuestros sueños de inmortalidad, nos constata la fragilidad de la especie humana.

Fluctuamos en el vacío, no hay continuidad y sin embargo los días están poblados de partículas virtuales. El tiempo se dilata y la memoria puebla el espacio donde el cuerpo permanece estático.

El nudo temporal que altera el tiempo tiende a la creación con el antes y el después de la representación humana, los moribundos son testarudos.

La vida y la muerte, la existencia misma ya no son un misterio, sin embargo, rotos los cinturones de seguridad, lo desconocido nos inquieta y produce angustia.

El Covid 19 es la idea misma de morir.

¿Quiénes somos?
¿Morir le da sentido a la eterna pregunta?

La respuesta gesta la dignidad del hombre que no acepta el sufrimiento (patrimonio común de los seres humanos) sin que medie un debate sobre los derechos humanos.

Leticia Diaz Gama, Coordinadora del Círculo de Escritores Sabersinfin
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