Poderosos contra débiles (Artículo)
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12 de noviembre de 2020

 

Cuaderno de Ética 2

 

La ética tiene así la tarea de poner un muro a la prepotencia de los poderosos de todo tipo ante los débiles de toda forma de vida que hay en este planeta. Portarse éticamente significa saber que hay reglas, normas, que hacen la convivencia humana, con hombres y mujeres de todas edades, y con nuestro patrimonio natural, pues la ética es una ciencia que tiene que ver con lo que existe y no existe. Es decir, con todo aquello que debe de cuidarse aún sin saber si ha de existir en el futuro o en el presente. Pensemos en la mala obra que hacen los tala bosques al destruir hectáreas y hectáreas de patrimonio natural, trayendo en un futuro próximo una pobreza de una riqueza que pertenece a todos los que habitamos en país llamado México. La ética es ciencia del presente, pero también del futuro. Tiene que ver con la felicidad de pobres y ricos, de poderosos y no poderosos, de sabios y no sabios.

Al revisar a uno de los pensadores del mundo latino, el filósofo Séneca, quién en su tratado De la ira y la clemencia, nos dice: “I. Me exigiste, caro Novato, que te escribiese acerca de la manera de dominar la ira, y creo que, no sin causa, temes muy principalmente a esta pasión, que es la más sombría y desenfrenada de todas. Las otras tienen sin duda algo de quietas y plácidas; pero esta es toda agitación, desenfreno en el resentimiento, sed de guerra, de sangre, de suplicios, arrebato de furores sobrehumanos, olvidándose de sí misma con tal de dañar a los demás, lanzándose en medio de las espadas, y ávida de venganzas que a su vez traen un vengador”. La presencia de la ética en la vida social obliga a comprender este tipo de tratados, pues desde hace cientos de años, en este caso ante el arribo poderosos del imperio romano sobre Europa, norte del África y Medio Oriente, por sólo decir los territorios más conocidos, el tema de la “¡Ira!”
Tenía que ver con el poder político, que hizo que los emperadores romanos fueran seres de cuidado: ¡no los hagas enojar jamás! pues su soberbia puede desatar su ira y convertirse en seres destructores que barren con todo lo que se les pone en frente.

Tendríamos que pensar en época de poderosos y de débiles en el mundo de la política, con sólo recordar a un seguidor de Calicles, a un personaje lúgubre que sigue siendo el gurú de los poderosos, Adolf Hitler, el jefe de los nazis, convertido por sus hechos en la muestra de esas dos debilidades humanas de las más odiadas: la Soberbia y la Ira. Nos cuenta Séneca: Por esta razón algunos varones sabios definieron la ira llamándola locura breve; porque, impotente como aquella para dominarse, olvida toda conveniencia, desconoce todo afecto, es obstinada y terca en lo que se propone, sorda a los consejos de la razón, agitándose por causas vanas, inhábil para distinguir lo justo y verdadero, pareciéndose a esas ruinas que se rompen sobre aquello mismo que aplastan. Para que te convenzas de que no existe razón en aquellos a quienes domina la ira, observa sus actitudes”. Es de sobra conocida el comportamiento de Hitler en todo aquello que le era contrario. No había posibilidad de diálogo con un personaje así. La ética en estos personajes, hombres o mujeres, es imposible de aplicar. O más bien ésta se convierte en la justicia anticipada a dichos comportamientos, que en los poderosos es más injusta, pues parten de una posición de altanería y soberbia, que en este hecho ocasiona más rápidamente su derrota ante lo que es justo por moral y ética.

Importante en el tratado de la ética y moral, que se sepa dilucidar lo que rompe con la norma. Y el comportamiento incivilizado está desdibujado en esta debilidad humana, que se puede mediar con las razones de las normas de comportamiento a que obliga toda vida social en que la cortesía es ley a aplicar. Dice Séneca al respecto de este terrible defecto: “Porque, así como la locura tiene sus señales ciertas: frente triste, andar precipitado, manos convulsas, tez cambiante, respiración anhelosa y entrecortada, así también presenta estas señales el hombre iracundo”. Dos problemas que tienen que ver con la psicología, sólo que, en la investigación de la ética, el tema de la locura entra al terreno de la psiquiatría, mientras que el tema de la ira entra al mundo de la sociedad, ya por la vía civil o de la política, como defecto del líder o del directivo ante subalternos o correligionarios.

Por eso, el estudio de la ética y la moral es una obligación de la sociedad en su conjunto. Revisar cuáles son los temas que infringen la norma ética o la moral, debe de ser asunto obligado, para mantener en la civil atmósfera en que conviven los ciudadanos los términos mínimos, que aseguren el buen comportamiento y el bienestar del conjunto de la sociedad, ante sí misma y ante los demás. El estudio de la ética es tema fácil cuando se aterrizan los errores que ocasionan violencia de relaciones o malos comportamientos, cuyos resultados tienen que ver con temas como la delincuencia organizada; donde la ira es parte de su personalidad como agente destructor del tejido social y la buena convivencia. Cuenta el filósofo latino: “Inflamándose sus ojos y centellean; intenso color rojo cubre su semblante, hierve la sangre en las cavidades de su corazón, temblándole los labios, aprieta los dientes, el cabello se levanta y eriza, su respiración es corta y ruidosa, sus coyunturas crujen y se retuercen, gime y ruge; su palabra es torpe y entrecortada, chocan frecuentemente sus manos, sus pies golpean el suelo, agítase todo su cuerpo y cada gesto es una amenaza: así se presenta aquel a quien hincha y descompone la ira. Imposible saber si este vicio es más detestable que deforme. Pueden ocultarse los demás, alimentarles en secreto; pero la ira se revela en el semblante, y cuanto mayor es, mejor se manifiesta”. Los problemas de la ética y los de la moral pasan por los comportamientos colectivos e individuales en la comunidad. Es la norma lo que permite que temperamentos de este tipo encuentren reglas para detener este tipo de malos comportamientos en la vida social y política.

Tres ejemplos de este tipo de soberbia y de ira son claros: Adolf Hitler, Benito Mussolini y José Stalin. Sus alumnos aventajados son todos esos dictadores o aspirantes a dictadores entre los cuales se encuentran: Francisco Franco, Augusto Pinochet, Anastasio Somoza, Leonidas Trujillo, o sus pésimos alumnos sudamericanos: Hugo Chávez en Venezuela con su mediocre heredero Nicolás Maduro; o los generales de Argentina, Brasil, Bolivia y Paraguay en décadas pasadas —del setenta al ochenta— del siglo XX. Así como Idi Amin en África, o en el Sudeste del Asia: Pol Pot, y el rumano Ion Antonescu al final de las burocracias totalitarias en Europa. Todos si revisamos su vida ha de terminar de mala manera. Porque los ciudadanos perdonan, o dejan pasar ciertos defectos de malos gobernantes; lo que no admiten es la soberbia y la ¡ira! —gemelos de un mismo mal—. Séneca dice: “La ira, en fin, nada útil tiene en sí, nada que impulse al ánimo a las cosas bélicas; porque nunca se apoyó la virtud en el vicio, bastándose a sí misma”. Es en otras palabras y a través de los siglos el llamado a que la norma, o la justicia histórica imponga una penitencia necesaria. Por eso el estudio de la historia en los buenos ejemplos, y también en los malos: como sucede con los finales de quienes convertidos en dictadores terminaron mal sus pésimos gobiernos, tal y como sucedió con Benito Mussolini que terminó colgado en una plaza de Milán al terminar la Segunda Guerra Mundial, en la victoria de los demócratas después de 20 años de cruel dictadura en Italia.

 

Francisco Javier Estrada nació en Toluca, México. Es presidente de Casas del Poeta A. C. Fue director y fundador de revistas en tierra mexiquense; creador del Encuentro Internacional de Poetas del Estado de México, y fundador de la editorial Casas del Poeta. Ha escrito más de cuatro mil artículos para revistas y periódicos en la entidad. Tiene más de ciento veinte títulos publicados en ensayo, cuento, poesía y antologías.
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