La capacidad para ser filósofo y poeta a la vez (Artículo)
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25 de octubre de 2020

 

El Mundo Iluminado

 

Ojos que no ven...

 

La filosofía, tan demeritada en los días que corren, está presente en nuestras vidas más de lo que nos imaginamos. Todo es filosofía cuando se saben hacer las preguntas adecuadas, sin embargo, estamos adoctrinados para no pensar, para aceptar sin razonar, para quedarnos con la pregunta en la boca y después consolarnos diciéndonos “si yo hubiera…”, “ya será después”. Platón alguna vez imaginó una república ideal en la que no existían los poetas, y los ciudadanos se dedicaban a cumplir con sus deberes para con el estado; quizás si hubiera sabido que hoy en día la misma república es la que ha exiliado a los filósofos, habría reconsiderado su amistad con los poetas para juntos expulsar al germen de la miseria de todas las épocas: la clase política.

 Filósofos y poetas son polos opuestos, pero complementarios, de una misma esfera: la de la verdad. Y mientras que los primeros son ignorados por su aparente complejidad, los segundos son alabados por su aparente utilidad, al menos son recordados para los festivales de alguna escuela anquilosada en el tiempo. El pueblo, sin saberlo, es el más grande filósofo y poeta que existe, y es con seguridad en sus dichos y refranes el sitio en el que amalgama ambas disciplinas, pues al mismo tiempo que enuncia una gran verdad, canta y rima con sobrada elocuencia. Escuchemos por ejemplo estas lecciones poéticas: «El tiempo lo cura todo», «El que con lobos anda, a aullar se enseña», «Lo barato sale caro», «El que tiene boca se equivoca», «Ojos que no ven, corazón que no siente».

En filosofía, el estudio del comportamiento le corresponde a la ética, que comúnmente es confundida con la moral, y es que al tratarse ambas de las costumbres humanas, no es fácil delimitarlas, pero por ahora podríamos apuntar que mientras la moral es el conjunto de costumbres que le dan identidad a un grupo de personas, la ética es la reflexión sobre la utilidad o daño de las mencionadas costumbres; y aunque sea arriesgado el planteamiento: morales hay muchas, pero ética, sólo una.

Estamos conformados por diferentes normas morales. Tenemos, por ejemplo, una moral a la que nos apegamos en el ámbito familiar, y otra a la que nos sujetamos en el trabajo, en la calle, en los espacios públicos, y si bien cada moral es muy particular, lo cierto es que entre todas hay un hilo invisible que las une. Sabiendo entonces que tenemos diferentes tipos de morales, es decir, de costumbres, es entendible el por qué de las diferencias tan radicales en torno a asuntos como el aborto, la vida sexual privada o las filiaciones políticas, por ejemplo, temas que si bien nos parecen actuales, lo cierto es que se han discutido desde siempre y en todas las épocas.

Pero no nos desviemos del asunto que hoy nos reúne en estas líneas: el de la capacidad del pueblo para ser filósofo y poeta en sus dichos y refranes, de los que es pertinente recuperar sólo uno a fin de ejemplificar las lecciones líricas y reflexivas que contiene. El refrán “ojos que no ven, corazón que no siente” hace de la vista y del sentido la base de su retórica y de su reflexión. Por una parte, notamos que los ojos y el corazón están personificados y mantienen cierta distancia y diferencia, pero no sólo por la zona del cuerpo en que están situados, sino por la manera de conducirse por la vida. El corazón es comúnmente entendido como la fuente de toda bondad o maldad humanas, y así, de acuerdo al refrán, si el corazón quiere actuar éticamente debe de aceptar mirar, pues en el ver está la reflexión, pero, si por el contrario, lo que busca es andar por el mundo a conveniencia, basta con desconectarse de los ojos para anular en sí mismo toda señal de empatía.

A conveniencia, hemos actuado todos en diferentes momentos de nuestra vida, y sobre esto nos da ejemplos la filósofa Adela Cortina, en su libro “Para qué sirve realmente la ética”, en el que nos propone un juego filosófico bajo el mote de ‘males sin daño’ y en el que la pregunta que anima al pensamiento es: ¿Existe realmente un daño moral cuando el otro no sabe que se lo estamos haciendo? Ejemplos provocativos nos da muchos, como el de una mujer que lava su inodoro con la bandera nacional; el de una persona que cocina a su perro después de que éste muriera atropellado; el de una madre que le pide a su hijo que le prometa que le llevará flores al cementerio cuando ella muera, sin embargo, él incumple con su promesa; o el de un matrimonio que dura hasta la vejez sin que la esposa supiera que su pareja mantuvo en secreto a su amante. ¿Son todos estos casos inmorales, y por ende, malignos? Lo común que hay en todos es que el protagonista de cada historia es el único que sabe lo que hace, nadie ve a la mujer lavando el inodoro, ni al hombre comerse a su perro, mucho menos al hijo que rompe su promesa, ni al esposo que vivió en adulterio. ¿No es acaso el refrán «ojos que no ven, corazón que no siente» aplicable en cada una de estas historias?

Platón se hacía la pregunta de si seríamos capaces de hacer el mal si supiéramos que no habría represalias en contra de nosotros; Adela Cortina se cuestiona, por su parte, si el mal del que nadie se entera es realmente un mal. Pero otras interrogantes se abren, y es que la filosofía es eso, un preguntarse constantemente, ¿hasta qué punto estos males son realmente faltos de daño? Que el otro no esté enterado de los males que en perjuicio suyo se cometen no invalida la existencia del mal ¿o sí?, ¿hay realmente alguien que resulte lastimado cuando los ojos no quieren ver?

El pueblo ha cantado y filosofado. Está convencido de que si los ojos no ven, el corazón no tiene nada de qué arrepentirse. E inconsciente e ignorante camina feliz, mientras desde la cima alguien más astuto que no es filósofo ni poeta, sino político, se roba todas las riquezas custodiado de las miradas ajenas. Nadie vio el hurto, pero todos experimentan la pobreza.

 

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, estos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.

 

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