Aftermath
Minuto a Minuto

- La Historia Jamás Contada -

12 de junio de 2015

Han pasado por fin las elecciones, con sus resultados, cualesquiera que sean, y las cosas vuelven a su curso (a)normal, como iban antes del summerbreak anticipado de la clase –casta, élite- política que, como de costumbre, tuvo ocasión de explayarse…  ¡pero no lo hizo! Algo flotaba en el ambiente como para olvidarse sin más del recato y entregarse al desenfreno. Pero apenas concluido el ritual, todo ha retornado al tono gris, hiperburocratizado de un régimen tecnócrata, de “poca política y mucha administración” como en tiempos de don Porfirio, pero ahora recargado, elocuentemente simbolizado por la dialéctica “negación de la negación” de la evaluación a los maestros, acrobacia que habría dejado atónito al propio Hegel.

Pero, ¿es que hubo alguna vez la intención de cambiar en este u otro aspecto? En realidad no, pues tenemos un Gobierno de manual, tozudamente apegado a su agenda -¿escrita por quién(es)?: ésa es otra cuestión-, para el que la opinión popular –la auténtica, no la de “organizaciones” ad hoc, vulgares grupos de presión-, el sine qua non de cualquier democracia, simplemente no cuenta.

¿Por qué la urgencia, entonces, no de reformar la Educación Pública, sino de sustituir al magisterio en pleno? Bastaría con recordar la Historia moderna de este país para entenderlo: ¿quiénes la tenían en sus manos antes del periodo liberal? Sólo como ejercicio y para no imitar al Gobierno en regresar obsesiva y hasta espasmódicamente al punto de partida, enumero algunos de los grandes defectos del sistema educativo.

1.Es una profesión –la de educador(a)- profundamente conservadora, prácticamente endogámica, que no establece contacto con otras, especialmente las universitarias, de las que podría aprender mucho a la vez que transmitirles los conceptos técnicos básicos de la enseñanza, que buena falta hacen allá.

2.Los maestros tienden a considerarse una especie de apóstoles, consagrándose las 24 horas del día a lo suyo, sin darse tiempo para vivir su época –el “siglo”, en términos eclesiásticos- y, lo peor, tratan de imponer esa regla monacal a sus discípulos, haciéndose sumamente intolerantes con las expresiones culturales emergentes. 

3.Son un sector que no se distingue por su cultura, aun estando en el lugar social en que ésta es imprescindible. Esta “desprotección cultural” (Monsiváis) los pone a merced del aparato ideológico del Estado, del que se convierten en un apéndice inconsciente con su apego a ceremonias, desfiles, etc. (Todavía entrados los 70, en el medio rural se consideraba "buenos maestros” a aquéllos que ponían muchos bailables.) En cuanto a sus gustos personales, están moldeados por los medios de masas, como TELEVISA y similares, no constituyendo una referencia interesante para nadie.

4.Son renuentes a actualizarse y especializarse en su actividad. No me refiero a tomar cursitos como los que abundan en el medio, sino a la actitud sistemática de reflexionar sobre su quehacer cotidiano para optimizarlo, adquiriendo de paso una conciencia técnica que los pondría a salvo de “reformistas” ignorantes -desde políticos desquiciados a empleados de televisora- y los inmunizaría igualmente contra el discurso de los concesionarios de las reformas, no más que revendedores de material ya obsoleto en su país de origen, como los manidos cuestionarios –ENLACE, clones y secuelas-. (Por cierto, si los maestros se dedicaran a poner pruebas, ¿a qué hora enseñarían? Pregunta elemental pero que ningún burócrata se plantearía jamás por desconocer de qué se trata.)

Éstas fueron algunas de mis reflexiones  durante el periodo inmediatamente posterior a la Feria Electoral de este año.

Fernando Acosta_Reyes

Fernando Acosta Reyes (@ferstarey - es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.