07 de abril de 2015
- Lecturas para cerebros raros -
Dice Hesíodo que al Principio de los tiempos el mundo era dominado por el Caos; desorden, locura de los dioses en su juego obscuro y vacío, sin la presencia del tiempo.
Después hemos sabido, como un destello, que todas las grandes culturas han dejado una herencia misteriosa, donde los dioses juegan en un vacío indecible, la transformación del mundo comienza y es el principio infinito de las cosas...
“Una vez convocados en el centro del mundo, los dioses, 13 cocodrilo, y Puk Ab, decidieron crear la luz y acabar la oscuridad, crear al hombre, las aguas, los cielos...” o bien, al “Principio todo era oscuridad, y dijo Dios: hágase la luz y la luz fue hecha...”
Si en Los Trabajos y los Días de Hesíodo, el Popol Vuh o el Génesis la condición inicial fue la necesidad de sacralidad sobre el tiempo, y la creación del hombre como entidad de origen divino, entonces nuestro remoto origen, extiende sus lazos al origen ignorado de la materia, y es un vínculo con el espacio inacabable y eterno, donde vagan caóticamente las estrellas.
Sí, al vernos las manos, vemos un fragmento complejo que surgió de la remota materia que ha vagado por la infinitud del tiempo, y cuyo origen descansa en la obra de Dios.
El tiempo fluyó sin sentido por el universo primigenio, en una lucha desesperada con los dioses. Kronos mata a Saturno, su padre, y libera el tiempo y el orden, débilmente, compone, fluye y construye.
Silencio... En el espacio oscuro y frío, flotan sostenidos por la majestad de la gravedad, miles de soles separados por un vacío indecible. El marco del tiempo se ensancha, y la luz único mensajero del Cosmos, anuncia que hubo un remoto principio nacido del Caos.
De un punto inimaginable, como un caleidoscopio, el Universo cambia, aunque las cosas, son una y otra al mismo tiempo. Heráclito tenía razón: “No te bañarás dos veces en el mismo río” aunque el ser o más bien la esencia del ser, permanezca inmutable. Un principio metafísico que descansa en la esencia fundamental de la naturaleza de Dios: la energía que despliega sus alas ordenadoras para volar sobre el constante e infinito devenir del tiempo. El cambio, sin embargo, impone la irreductible restricción de la irreversibilidad, el imposible, pero imaginable retorno al origen. Aquello que ha sucedido en el marco del espacio, ha tenido su tiempo y su cambio... sí, ”No te bañaras dos veces en el mismo río...”
Aunque el río sea, lleve las aguas, es y no es al mismo tiempo, la paradoja cuya consecuencia en la mente del hombre, es aplastada por la trágica verdad de la racionalidad, motiva e impulsa la conciencia de la vida, y de allí la permanencia de la esencia de lo sagrado, de nuestro origen Divino, que nos conduce a la búsqueda de la eternidad y esconder la inexorable llegada de la conciencia de la muerte.
Arrastrada por el imparable devenir, nada es igual a sí mismo: el pasado se fue, el presente fluye, y el futuro es sólo una vaga imagen de lo posible.
Fluir a través de lo posible, es la meta del hombre, de esa posibilidad individual y colectiva, que tiene, al final, una forma puramente imaginaria. La vida gira en torno a lo posible. La meta es comer el futuro, y asentarse en la comprensión divina de las cosas, que son y no son, y nosotros, fragmentos divinos, somos y no somos. Deseamos apoderarnos del tiempo y creamos un mundo sagrado, cuyo ritual es la conciencia misma de la vida, su devenir y su posibilidad.
El eterno movimiento no conduce a ninguna dirección privilegiada. El Caos, entonces, matriz primigenia, ordena el Cosmos. Orden, desorden, ser, no ser, todo fluye expandiéndose en el infinito. Y nuestra trágica conciencia de existir, de preguntarnos ¿qué es la vida? ¿Que es el pájaro que vuela y se posa en la rama del árbol, y luego desaparece en la negritud de la noche, que vuela entre esa oscuridad que nos aprieta con su mano fría, y despliega las luces que hace años, lanzaron su luz hacia la nada?
¿Qué somos en el marco del tiempo? ¿Dónde vamos subidos involuntariamente en esta gran Arca?...Quizá al encuentro de la única naturaleza fuera del tiempo, que es Dios.
II Tiempo del Hombre.
¿En qué momento se separa de la naturaleza homínida, el prototipo humano, y deja su lugar a los tanteos racionales del hombre?
La respuesta se diluye en los fragmentos de la lucha humana por sobrevivir, las pocas, pero elocuentes huellas de los principios humanos, son testimonios de un lento ascenso en el proceso más complejo y trágico de los humanos: el desarrollo de la inteligencia, forzada por las fuerzas regulares y singulares del mundo, y sobre todo, por el descubrimiento sobre la propia realidad y la capacidad de ser, uno en el todo y todo en la nada. Sin embargo, al principio de las primeras búsquedas, la vida humana, se regulaban en torno a los ciclos de una naturaleza dada, existente por sí, independiente de cualesquiera acciones humanas.
El misterio del trueno, la lluvia, el granizo y todas las singularidades del mundo, estaban allí cuando la primera herramienta se enfrentó a las fuerzas ocultas, que fueron el punto de partida para conocer las mil presencias de Dios.
La especie humana, al principio débil, casi inerme ante la hostilidad del mundo, descubre la capacidad de construir su medio, y aunque al principio, es un ser errabundo que lo lleva a los desiertos, los mares y lagos, lo hace remontar ríos y descender cañadas, construye una imagen de sí mismo, se apropia de su ser, y descubre la inexorable llegada de la muerte. La cesación de una realidad y un vínculo con el mundo.
Ese misterio asociado con la oscuridad, marca la mente para siempre, y la herencia en todos los humanos es contundente: la conciencia de regresar a los mares de donde salimos, pero antes la lucha contra el medio es asombrosa, durante un momento, en algún afortunado y especial momento, el hombre se encuentra en posesión del fuego, le teme y a la vez lo domina, asocia el calor y la luz con la explosiva presencia del sol. Esta verdad hará decir a Ibsen miles de años después, “madre yo quiero el sol” y con ese remoto primer paso, la oscuridad siniestra, preludio de la muerte, se repliega al fondo de los valles y se esconde entre las silbantes rocas de las montañas.
El hombre acompañará su vida con un regalo de la naturaleza: el fuego, que se convierte en el hilo conductor entre la inteligencia y la inexpresable naturaleza, y así se convierte en el primer paso del lento pero imparable desarrollo intelectual.
Así, los hombres primeros, menos fuertes que el oso, menos veloces que las gacelas, sin el olfato del lobo, sin la agudeza visual de las águilas, posee, sin embargo, el don del rudimentario lenguaje, que a su vez es el puente entre el sentido gregario y el desarrollo de los sentidos.
Con el lenguaje la expresión humana se enriquece y se hace consciente del tiempo.
La especie humana crece y reproduce, bajo la estricta regulación de la rotación terrestre. Ciclo de oscuridad y luz. Primero es la luz y el calor después la lechosa caída de la tarde, finalmente, el avance de la sombra nocturna.
La luz se asocia con la vida, el ciclo iluminado da sentido a los actos humanos, y los mitos del retorno del disco solar, que nace por un lado y desaparece por otro, han permanecido profundamente arraigados en el corazón del hombre.
La oscuridad es la muerte, el sueño, aquella extraña frontera de liberación psíquica que es una herencia cultural y genética entre la sutil sensación de la muerte, y la consciencia de la vida.
Mientras el hombre se sujeta a la inevitable desaparición sensible de la vida a través del sueño, las estrellas aparecen y transitan con su luminosidad inmutable por la esfera del cielo; la Luna es otro compañero del hombre, que teje una compleja urdimbre bajo el signo pálido del astro, que aparece como una carcajada burlona en el cielo del oriente, y después, en plenitud, alumbra con su fosforescencia espumosa, los ciclos de la vida; hace sangrar a las mujeres por la abertura del misterio, y entre las rocas, la silueta aullante del lobo anuncia la llegada de sombras frágiles y frías.
Luna y sangre, hermandad femenina, ciclo vital que se teje junto a los primeros grandes misterios humanos. Los ciclos coinciden, así la rosa y la luz lechosa son uno, el fuego y los cardos se juntan y son uno, la dureza de la roca, las prominencias femeninas se levantan, y la vida florece, cuando la sangre y el llanto son la unidad elemental de la continuidad vital.
Después, el hombre se enfrenta al sudario frío, que se extiende por el mundo, las plantas marchitas y el sol oscurecido: frío y el ulular del viento entre los campos blanquecinos. Los vientos helados del norte lo empujan a las cuevas, a las chabolas de ramas, a buscar las pieles animales. Transcurren las horas, los días, las semanas y se repiten las carcajadas de la luna.
La oscuridad se extiende y las trémulas ramas de los arboles, despojadas de las hojas, silban la desdicha que da origen a otras tímidas hojas. El hombre se percata que un ciclo más largo en su vida y su lucha contra la naturaleza ha comenzado. Los días se alargan; el ciclo del retorno luminoso anuncia la retirada de la sombra.
El pequeño sol de la caverna, cede su lugar al calor del aire, entonces la lluvia barre y limpia los campos de Dios, y la pradera extiende el dorado color donde aparecen los retoños y los verdes que surgieron de la muerte.
Ya los dijo Kristos. “Para que la planta reverdezca, la semilla debe morir” Y así, una vuelta más, un escaño más en el lento aprendizaje del hombre en pos del tiempo.
El ciclo se cierra. Absortos aquellos hombres lejanos y fantasmales, organizaron su precaria existencia en torno a la regular aparición de los astros. El reloj cósmico estaba dado, la mente inquieta del hombre descubre que esta regularidad es su gran reloj: El reloj cósmico de Dios. Los ciclos solares son la fuente de las primeras ideas humanas, la conciencia de la finitud, de que el mañana no aparezca más, que el sol se pierda en las profundidades del espacio, y de soslayo aquellos hombres se descubren a sí mismos, como pequeñas partes finitas del gran universo, y la conciencia abrumadora de la muerte, forman los cimientos del futuro humano.
La trágica conciencia de la muerte que acecha y arrincona la endeble armonía del mundo, permea la mente y se hereda a través de todos los actos humanos. Ya no sólo es la fuerza innata de sobrevivir, también aparece con todo su misterio, el ineludible acto de morir y esa conciencia que llega inexorable y cruda, es el gran motor del hombre; deseamos permanecer, ser y no dejar de ser.
Epicuro, con mayor claridad, afirma con una aparente simpleza: “somos en cuanto somos y no somos en cuanto no somos, somos si vivimos y no somos cuando morimos".
Venimos de dos oscuridades, el origen de la vida y la marcha a la transformación de la muerte: ambas son una tragedia humana. Somos conscientes de ser. Así la civilización y la historia, se construyen bajo la individualidad en la finitud.
Cada uno de nosotros posee una individualidad simbólica que lo separa del resto de la naturaleza. Tenemos un yo simbólico, y somos criaturas que tenemos nombre, historia. Algunos crean profundas especulaciones sobre el átomo, la estructura del universo, o el infinito. Podemos situarnos con el poder misterioso de la imaginación, en algún punto del espacio, recrearlo, reinventarlo y crear otra realidad a través del invento humano que es el arte.
Esta conciencia sobre nosotros, conciencia casi etérea, nos hace sentirnos un poco dioses.
Pero somos trágicamente, como lo escribió Sartre, “Una pasión inútil. Queremos ser dioses y nuestro equipaje vital es completamente animal”. Pasamos con insólita rapidez por el mundo, y sólo la fuerza de la fantasía, los sueños y la vana pasión por construir un futuro que nunca llega, nos mantiene en un mundo hostil.
Mientras la tarde se desliza en el occidente, resuenan las palabras de W.B. Yeats: “Recoge antes que el tiempo y los tiempos, acaben las plateadas manzanas de la luna... las doradas manzanas del sol”.
Imagen: stellae.usc.es
Alejandro Rivera Domínguez (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) es director de la Estación de Satélites Kosmos Puebla.








