19 de septiembre de 2014
- La Historia Jamás Contada -
Una forma muy directa de evaluar el grado de desarrollo de una población o comunidad, es documentar la consideración que ésta tiene para las artes, que además puede hacerse de manera sorprendentemente objetiva, como ilustra la siguiente anécdota. En una de mis primeras participaciones radiofónicas allá por los ’80, un gran amigo de entonces, Roberto Martínez Garcilazo, respondió así a la observación del conductor del programa, de que ahí teníamos el Teatro Universitario: “¡Ah! ¿El cuchitril ése?”. En esa lacónica respuesta, que hubiera podido –y, en gran medida, aún puede- generalizarse a cualquiera de las (bellas) artes, quedaba patente la condición lamentable de éstas y los artistas que las hacen posibles.
El término “artista” siempre se ha prestado a equívocos. Para la generación de nuestros padres –abuelos de los jóvenes actuales-, éste se aplicaba a los miembros de las caravanas de entretenedores y cancioneros empleados de las grandes radiodifusoras comerciales, que con el tiempo evolucionarían (¿?) en las televisoras que conocemos. Sin menospreciar la capacidad técnica de una parte –cada vez menor- de ellos, en realidad no son artistas porque no expresan lo suyo propio a través de su habilidad, que está al servicio de los más mezquinos intereses mercantiles y, cada vez más, POLÍTICOS.
Este concepto del artista como sirviente ha perdurado en la mentalidad del público, que lo trata en consecuencia, considerando que no tiene derecho a –y mucho menos necesidad de- algo mejor, pues ignora que un (verdadero) artista es HIPERSENSIBLE, tanto sensorial como emocionalmente y requiere no sólo en sus presentaciones, sino desde su formación y la preparación de o para un trabajo específico, de condiciones óptimas.Lo mismo se aplica al tiempo, forzosamente de CALIDAD, que emplea al realizar su tarea en sus diferentes fases y modalidades, no pudiendo restringirlo a los breaks que le dejan otras actividades –sólo convencionalmente- “más importantes”, como pretenden los desconocedores. Una parte esencial de éste lo emplea en CULTIVARSE, que hace del (otra vez, verdadero) artista una de las personas más cultas, algo que ignoran muchos funcionarios académicos -ya no digamos públicos, para no entrar en detalles escabrosos-.
Conjuntando estos y otros aspectos afines, posiblemente cuantificándolos, estaremos haciéndonos una idea muy concreta del grado REAL de desarrollo de una sociedad, comunidad, institución o agrupación humana en general, pues nos indica no sólo hasta dónde ha resuelto aceptablemente sus necesidades básicas de subsistencia, seguridad, gobernabilidad, continuidad, etc., sino también su CONCIENCIA de qué hacer con sus recursos humanos y materiales, pues la “educación estética” no consiste en poner coritos a la Madre –natural o Patria-, sino desarrollar y refinar la sensibilidad –“aisthesis”- de los individuos-ciudadanos para que vivan y convivan mejor, siendo los ARTISTAS sus agentes idóneos.
Por eso, de cómo trate una sociedad a los suyos, puede deducirse tanto la calidad de éstos como de ella, pues se encuentran en relación recíproca o, mejor dicho, dialéctica.
Fernando Acosta Reyes (@ferstarey - Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.) es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.Facebook Social Comments








