Raza e identidad
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René Sánchez Juárez*

Con frecuencia se celebra cada 12 de octubre el llamado “día de la raza”, ocasión en que dos culturas se descubrieron para fundirse en una sola y con ello identificarse, es decir, singularizarse frente a los demás y permanecer en el tiempo.


Sin embargo, nuestro proceso de identidad ha pasado por dolorosas etapas empezando por el reconocimiento de los pueblos y etnias, hasta alcanzar nuestro sentido de nacionalidad lo que en muchos casos ha dejado heridas difíciles de cicatrizar y nuestra memoria histórica, no ha logrado permearlas. La persistente presencia de las etnias en México, con frecuencia nos recuerda el alto costo de la explotación y la marginación social. El movimiento zapatista fue sólo una muestra de nuestras inconsistencias socio-culturales.

En la actualidad basta observar a los miles de damnificados, víctimas de los fenómenos naturales que invariablemente son los más pobres y que no tuvieron otra alternativa que asimilar sin ningún amparo las consecuencias del cambio climático que es otra realidad de nuestro tiempo.

En el ámbito político los grupos étnicos han sido víctimas del “clientelismo electoral” y de los políticos “ladinos” que acuden a las comunidades en busca de votos y que en el gobierno olvidan sus compromisos.

La identidad debe suponer la conciencia de la singularidad de las personas o de los pueblos. Alcanzar la identidad implica compromiso de garantizar la permanencia histórico cultural y no sólo el origen. No es un tema de territorios, es un tema de conciencia social.  Supone la síntesis de múltiples imágenes individuales y colectivas unificadas en las personalidades o los roles a los que se está atado de por vida.

El “yo” forja un ideal con el que nos identificamos como individuos y éste ideal a su vez debería identificarnos como pueblo, para así comprender nuestra realidad  cultural, política y social además de garantizar nuestra convivencia a través de reglas aceptadas y observadas por todos por considerarlas legítimas. Este proceso puede generar la vigencia de un estado de derecho. En lo político, la democracia se convierte en un valor que hace posible la justicia como bien social. 

Nietzsche, da forma al lenguaje cuando  transforma a la realidad; es la creación de las palabras la que da creación al mundo.

Ese acto del pensamiento, es la creación de lo nuevo, lo que produce cualidades que se afinan mediante la identidad con los criterios valorativos y la unidad de métodos para legislar y para actuar conforme a verdades que permitan dar solución a conflictos en un territorio específico y con una cultura común.

No obstante, en una sociedad aparentemente conocida por todos, se nos impone una cultura “civilizatoria” (occidentalizada) que no nos proporciona una vida similar. Nos fundimos en la historia de manera diferente, porque observamos y actuamos con un sentido de pertenencia diverso. La pluralidad en el mundo moderno es parte de nuestra identidad y alcanza a la vida comunitaria y social.

Por eso es necesaria la construcción de ciudadanos con identidad y pertenencia a un grupo social y cultural, que sean capaces de comprometerse con los demás y consigo mismos, para hacer suya la historia colectiva y la integración a una identidad cultural que despierte el sentido fascinante de “nuevas utopías”. Es decir, nuevas formas de vivir y sentir nuestra relación con nosotros mismos y con el mundo del que para bien o para mal formamos parte.

Esto hicieron los descubridores y los descubiertos hace 518 años. Y la historia sigue su marcha.  
 
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