La primera idea que dimana de la fotografía es la de comunidad. Es posible notar rasgos de distintas etnias, expresiones de satisfacción por la experiencia compartida, contención y fortaleza que no es sino fuerza vital organizada. En suma, se los ve felices como si acabaran de tomar la leche todos juntos.
Diferencias en la vestimenta, respeto por las distancias sociales y de género, verdadera unión en el amor y en la tarea que el mundo espera de los alumnos conducidos por la docente ejemplar. ¡Qué maravilla! Son trece varones y doce nenas. De las nenas hay dos con vinchas, que entonces se usaban poco, pero sólo una ha recogido su flequillo, que en esos años parecía ser un imperativo femenino. Cabellos lacios casi todas. Muchas con sus guardapolvos, algunos más iluminados por el blanco que otros. Se adivinan los lazos y enormes moños detrás de las suaves cinturas infantiles. He pasado largo tiempo distinguiendo las caritas criollas, de las tanitas y las galleguitas; también, por qué no, de alguna rusita…
Entre los varones hay algunos de color subido, lo cual resulta alentador porque habla del crisol étnico que continuaba trabajando en Punta Alta, con descendientes de quechuas, calchaquíes, guaraníes, tehuelches y mapuches en plena tarea de esculpir la nacionalidad. ¡Vaya proeza la que presenciamos casi sin darnos cuenta! Y pese a que la fotografía es del primitivo blanco y negro, me ha parecido que alguno de los morochitos lleva el tinte aceitunado que puede delatar tanto a un turquito como al hijo de un siciliano.
Ellos también llevan en su mayoría guardapolvos, pero hay dos o tres que han ido con playeras ese día, por lo que pienso que los chicos estaban próximos al término del año lectivo. Algunos, por antojo de mamá o quizás de papá, llevan corbatas de elástico y dos portan moñitos. Eran prendas clásicas entonces y no avergonzaban a nadie; antes bien, envalentonaban a los distinguidos que las llevasen. Finalmente, hay un rubio pegado a la señorita Mercedes, que de puro mimoso ha ido vestido de marinerito. Esa sí era una indumentaria condenada a la desaparición por esos años. Pocos estaban dispuestos a retroceder en la infancia volviendo a vestir de tal forma.
Y ahora sí: detrás de la improvisada tribuna, y seguramente sobre el segundo de los tan populares bancos largos de madera, se levanta la imagen de Mercedes Linares. La señorita particular, mofletuda y sonriente, satisfecha y orgullosa, exhibe su oscura melenita todavía desprovista de canas. Alrededor de la imagen, el marco del grueso sarmiento de vid ascendente y el techo de parral nutrido de hojas y con racimos seguramente aún diminutos y raleados. Llama la atención un curioso perchero a la derecha de la imagen, en el que los niños han ido colgando sus carteras de cuero a medida de sus arribos y del ingreso al aula cubierta, útiles en mano.
A ambos costados, las paredes de ladrillos vistos –un clásico argentino-, con el encanto de la obra por terminar y quizás por ampliar. Las columnas a la vista, ricas en brotes de argamasa, el piso de cemento alisado, y quizás marcado por el cilindro que le dibujaba puntos y rayas. La puerta de ingreso al estar que cumplía las funciones de aula tenía que ser como lo muestra la fotografía: planchuela de hierro y perfiles que engarzan vidrios ingleses de colores.
¿Y qué tiene que ver doña Mercedes con el poeta que sugirió párpados entornados y oídos cubiertos, con la bandera del Ché, con los torturadores todavía vivitos y alardeando? Todo tiene mucho que ver. Mire: se trata de la reivindicación de los más pobres, de los débiles. Una maestra, una buena maestra digo, es eso siempre. Es unidad, civilización, rescate de los valores nacionales, paso seguro y mirada bien alta. ¡Y vaya casualidad, o fuerza de la decencia, u honestidad de raza, que hemos hablado de una maestra aborigen, orientadora en un crisol de etnias!
Ahora se me ocurre comparar a Mercedes con Gabriela Mistral, aunque esta segunda supiera llevar sangre mapuche. Cuando llegué a Chile en 1998, noté que el país aún con Pinochet detenido en Londres continuaba partido en dos. Amantes y detractores del senador vitalicio, jubilado de genocida aunque activo en sus convicciones. Igual que en Punta Alta, dos partes, dos facciones, dos ideas sobre los que son diferentes. Aquí como allí, las maestras apuestan a la integración, a la comprensión, luchan por la conciencia independiente.
Pasé por Vicuña, donde es posible entrar a la iglesia de Pino Oregón con imágenes vestidas, que seguramente impresionaron vivamente a Gabriela; estuve en su escuela; finalmente, siguiendo por el valle del Elqui, entré en su casa. Y en una de las habitaciones, como si estuviera en Mitre 162 de Punta Alta, los bancos ubicados en línea, lustrosos, cada uno con su tintero, el pizarrón al frente, la luz generosa apuntándole al saber desde el cielorraso. Gabriela y Mercedes. Mercedes, como Gabriela, liberándonos.
Lo del poeta también es claro. Porque él sigue diciéndonos, después de pedirnos que desconfiemos del material más ordinario, que veamos en la penumbra, que escuchemos a nuestra sangre, que leamos lo que llevamos escrito en el alma:
Mirad, pues, cómo brota entre los médanos
y despliega su paz el caserío.
Escuchad el silencio derrumbarse
a golpes de piqueta y sacrificio.
Mirad al nervio edificar historia
y la ciudad del hombre sobre el siglo
empujar sur arriba, atravesando
la eternidad, potente crucifijo (10)








