MERCEDES LINARES: ¿SÓLO EL NOMBRE DE UNA CALLE, O ALGO MÁS? - Carlos Enrique Cartolo
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MERCEDES LINARES:

¿SÓLO EL NOMBRE DE UNA CALLE,

O ALGO MÁS?

Por: Carlos Enrique Cartolano* 
  "…para ver hay que entornar los párpados,
y para oír, taparse los oídos…¨ 
 Héctor Pedro Soulé Tonelli  de Convergencia, 1987 
 

Hace unos momentos, después de conversar a través de la red con un par de paisanos del terruño, me quedé sorprendido gratamente con este poema de Héctor Pedro Soulé Tonelli (1). Es uno de los pocos publicados, y si bien lo había leído antes, hoy me resultó revelador y ciertamente unánime.

 

Que Punta Alta nació y se desarrolló partida en dos mitades no es novedad. Y sobre que hace treinta años ardió el viento y la arena le mordisqueó la cara a varios, una de esas mitades –al menos-  sospecha. Vean y oigan, sugiere Soulé Tonelli, apresurándose a aclarar que ¨para ver hay que entornar los párpados, y para oír, taparse los oídos¨(2) Este es un poema evocador de Punta Alta –aclaro- donde continúan siendo actuales los enfrentamientos que signan odios y revanchas.

El jovencito le había dicho a la señora idealista que simbolizó con la bandera del Ché su admiración por la gesta revolucionaria de Ernesto Guevara, al cumplirse los cuarenta años de la muerte de un argentino en Bolivia: - ¡Dice mi viejo que si no sacás ese plástico sucio ya mismo, sale y te lo quema! Y resultaba que el viejo, o papá del jovencito, había participado –dicen- de las sesiones de interrogatorio y tortura allá por 1977 en Baterías. Muy cerca, claro… Y que se ufanaba de cómo cantaban ¨esos hijos de puta¨ cuando les poníamos la picana.

¿Y qué ha querido decir el poeta al decidir que se ve con los párpados entornados y que se oye tapándose los oídos? Que el hombre, animal de la palabra, es capaz de escuchar lo que lleva escrito en el alma y hasta aquello que los ancestros le dictan en la sangre. Que el hombre puede ver hacia los interiores, que no lo deslumbran los refucilos del familiar(3), que continúa acostumbrada su vista a las penumbras del parto. Es cierto. Hago la prueba y noto que también yo puedo oír, que vuelven del fondo de mi sangre, ¨los pulsos del abuelo criollo o gringo¨, que puedo ver subir, por detrás del mar, ¨la legión de buscadores de oro vivo¨, que oigo llegar el paso, ¨desde abajo/ del horizonte, rumbo al espejismo¨. Y en rápidas instantáneas veo Cantarelli (4) con su tehuelche solitario, el Bar Central que se llamaba Puerto Rico, a Francisco Ancalao muerto y sepultado entre sus amigos cristianos, y hasta a los Linares en fila india -abandonando sus terrenos cercanos a la séptima batería, frente a Punta Ancla-, emigrantes con destino incierto (5).

La señora que había plantado una bandera con la imagen del Ché Guevara en la ventana de su casa, durante un aniversario lluvioso en el que pocos podrían verla e interpretarla (6), se sintió aterrorizada. Y después de comprobar que nadie podría contenerla en esta realidad donde hoy más aportan a la inseguridad los que deberían velar por nuestra seguridad, optó por sentarse junto a la bandera hasta las cero horas del día siguiente en que arriándola emocionadamente, se fue a dormir. Se había sentido presionada, íntimamente reprimida.

Sobre otros reprimidos, los Linares, se tejieron varias historias, todas debatidas claro en la bruma de la ignorancia, del mestizaje con el blanco, de la vergüenza y de la discriminación. Algunos los habían referido itinerantes hacia el noreste, detenidos años después en la zona de Las Oscuras. Otros compararon lo sucedido con Ancalaos y Antenaos y los juzgaron radicados al sur del Río Negro. Pero los últimos, guiados por la evidencia más clara, dijeron que al menos parte de la familia ocupó un terreno edificando luego una casa no exenta de estilo acristianado en Mitre 162.  Fue en esta casa donde vivió hasta su muerte, en 1936, Mariano Linares, de quien se dijo que era hijo del Cacique Francisco Linares, fundador de la zaga (7). En lo que todos son contestes es en que don Mariano era empleado municipal y fue padre de Mercedes Linares, la más recordada de los de su estirpe. ¡Como que hay una calle en Punta Alta que lleva su nombre!

Mercedes Linares era ¨la maestra¨ del pueblo. Se había recibido en la escuela de enseñanza media 2 de la calle Vieytes, en Bahía Blanca, y fue maestra titular de escuela en la Sarmiento de Punta Alta, ubicada en calle 25 de mayo. Pero su gran obra, aquello por lo que se la recuerda, fue ¨el jardín¨ (8).

Mercedes, pionera de lo que después se llamó ¨la maestra particular¨. Había formado un verdadero grado de escuela, nutrido con chicos de edades y sexos diferentes, unidos por las dificultades del aprendizaje, pero también por el respeto y cariño hacia esa señora morocha, grandota, enérgica pero tierna. Primarios, y andando el tiempo, secundarios… ¨El jardín¨ funcionó en Mitre 162, claro, y de él se conserva una fotografía que quienes saben, calculan que fue tomada entre 1940 y 1945 en el patio de la casa. En ella se ve al fondo a la señorita Mercedes, precedida y rodeada nada menos que ¡por veinticinco chicos! (9).

 

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