JUANA BIENQUERIDA
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JUANA BIENQUERIDA

-o la primera bahiense-

Por: Carlos Enrique Cartolano* 

 

¨… Ella desató al viento sus oscuros cabellos

y le ofreció sus labios: de fugaces destellos

una lluvia dorada sus ojos despedían.

Inclinóse el ardiente Imperator romano,

y en esos grandes ojos vio un inmenso océano

donde errantes galeras, derrotadas huían…¨.

 

José María de Heredia(1), ¨Antoine e Cléopatra¨, traducción

de Max Henríquez Ureña

 

 

1827: Fuerzas militares dirigidas por Venancio Coñuepan que integran guerreros voroganos, y acompañadas por militares chilenos como Francisco Iturra y Juan de Dios Montero, entran al país naciente respondiendo al llamado de Juan Manuel de Rosas. Las órdenes de Bernardo de O´Higgins han sido reforzar las dotaciones del ejército argentino en las tareas fundacionales de la fortaleza de Bahía Blanca. Y además, en el trayecto  liberar a la hija del Gobernador de Concepción, cautiva de las hordas de los Pincheira

Don Venancio había estirado su manta cacique, su tarikanmakuñ (2) negra con listas blancas, grises y cafés, arrodillándose con ceremonia notable en su centro y estirando su vista hacia la polvareda distante. Sus rodillas dibujaron sendos lukutuwes (3) sobre la tierra suelta con textura de arena aunque fina como cenizas mortales. ¡Qué lugar éste! Al que llamaron Varvarco (4), y donde se ocultaron secuestros y saqueos de las montoneras que respondieron a los pincheiras.

No había allí un miserable árbol y don Venancio descansó de rodillas a la sombra de su tordillo preferido. Un tordillo plomo (5), de cuyo pelaje parecía haberse copiado la manta. Más allá, por detrás, su avanzada de caballos refrescándose, algunos cristianos y la indiada mansa leal a O´Higgins Riquelme.  Y bien adelante, sus ojos fijos en la polvareda rojiza, Francisco Pío Iturra, de pie y echado hacia adelante como dispuesto a salir corriendo, abiertas las piernas, el cuchillo exagerado asomándosele  de la faja, con la ansiedad de un segundo sexo.

- Ya vienen. Son dos los jinetes y dos caballos aunque parezca sólo uno el nubarrón de polvo suelto. Ha dicho y ha pensado razonadamente Iturra, mientras cree reconocer al frente a su tobiano azulejo. - ¡Qué raro! ¡Sí que es raro que la traiga por delante a ella!

No se han dejado engañar por las fumarolas. El blanco de humo es diferente al rojizo de esa piedra molida y gastada hasta el cansancio. Eran efectivamente dos los jinetes. Pero en el tobiano azulejo, que Iturra destinara a Juana, la cautiva, no venía ella  sino el indio Artile, aindiado en realidad, lo que es decir descristianado, y montonero convencido de entregar a la muchacha a cambio de una tropilla surtida de caballos hechos (6) y bien cuidados.

La misión la traían desde el otro lado de la cordillera. Doña Juana Seguel, hija del gobernador de Concepción, cautiva de las montoneras pincheiristas realistas que tenían su fortín parapetado en el valle de Varvarco, debía ser liberada por las fuerzas de don Venancio y trasladada sin mayor pérdida de tiempo con su familia a Coelemu. Una mujer. Una hermosa niña todavía, de cabellera oscura, con pelo más negro que el del tordillo plomo, y mucho más necesaria que un simple caballo favorito.

Eso, al menos, es lo que parecía concluir Iturra, que ahora sostenía el alazán pampa que montaba Juana. La explicación de Artile parecía innecesaria; él eligió el tobiano y antecedió con su montura a la mujer, sin importarle que el caballo fuera de Iturra, su viejo compadre en los toldos, cuando ambos vigilaron indios por dos largos años con el pretexto de aprender el idioma de los hijos de la tierra. Después Iturra se había sumado a los republicanos y Artile a los realistas pincheiristas; ambos eran hombres de confianza en sus parcialidades y  lenguaraces en fortín y de campaña.

Don Venancio Coñuepán no parecía satisfecho. Se paró y comenzó a recoger la manta, plegándola parsimoniosamente sobre el lomo del tordillo. Él hubiera querido ponerle sitio al fortín, arrancarles la cautiva después de hacerles la guerra, empujar de una vez por todas a las hordas pincheiristas para ponerlas en manos del ejército republicano. Terminar finalmente con esa guerra a muerte que impedía  la paz en las familias. Pero no; otras eran las órdenes, y habría que esperar la oportunidad de llegar a La Blanca para entrar en acción. Sólo después detuvo la mirada en Juana, en su larga cabellera negra, en su poncho rojizo como la polvareda, justo cuando ella bajaba el pañuelo de la boca y descubría la piel cobriza, sus mejillas tersas  y el largo cuello de garza.

¿Nefertiti? ¿Cleopatra? El paisaje roto con la irrupción de la infantil realeza de Juana, los cuerpos desacomodados de tanto ser cristiano aindiado y de tanto parecer indio cristianizado, las miradas fijas en un solo punto. E Iturra al frente, con cara de tonto. La mujer, había escuchado el milico bruto, es una llave del desierto. Es la que comunica y facilita tanto el comercio como la diplomacia. Y para confirmarlo, como todos se habían quedado mudos, fue Juana la que amagando bajarse del caballo, vociferó:

- ¿Quién manda aquí?

Entonces indios y aindiados descubrieron que ¨la silla en que estaba sentada, como un bruñido trono, relucía como el mármol…¨ (7) y que como tomando conciencia del desproporcionado jaez, el alazán pampa se paraba en dos patas y relinchaba como loco temiendo que lo privaran de esa carga celeste y liviana.

Una mujer por seis caballos

De manera que Shakespeare trashumó por la precordillera neuquina, más de doscientos años después de componer ¨Antonio y Cleopatra¨, como que estamos hablando de la entrada de Don Venancio por pedido expreso de Rosas en vísperas de la fundación de Bahía Blanca, en 1827. Ustedes dirán que está bien, porque algunas interpretaciones sostienen que ¨Antonio y Cleopatra¨ es una típica tragedia romana caracterizada por rápidos cambios panorámicos en localizaciones geográficas y en registros, alternando entre la sensual e imaginativa Alejandría y la más pragmática y austera Roma.

Composición además de uno de los personajes femeninos más complejos pero a un tiempo previsibles de la tragedia clásica; dotada de soberbia grandeza –al igual que Marco Antonio-, deambula por la escena destilando sensualidad e histrionismo. ¿Es que podemos decir lo propio de Juana Seguel, esta niña chilena cautiva de las montoneras pincheiristas? ¿Qué conquista se propone de cara a esta despareja turba de indios, gauchos y milicos, cuando pregunta por la autoridad casi bajándose del alazán pampa?

Yo creo que se dispone a abandonar su papel de cautiva y acomete sobre la oportunidad del reparto de protagónicos. ¿Con quién? ¿Con Juan de Dios Montero, que ha dado un paso al frente sabiéndose el de mayor rango militar? ¿Con Don Venancio, al cual copia el rostro preocupado por todo lo que queda del otro lado de los Andes? ¿O con Iturra, ese milico que ha demostrado dedicación e inteligencia, aunque no pueda ocultar costumbres brutales propias de quien crece y se amolda a las intemperies?

 

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