LOS NIÑOS CAMBIAN MI RUMBO
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Por: Alejandra Rivera*

 

He aquí mi secreto, que no puede ser más simple:
sólo con el corazón se puede ver bien.
Lo esencial es invisible para los ojos.

 

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Introducción

Quien no ha pasado por esta etapa o no ha tenido nada que ver con ellos, nos dirá lo contrario. Todo el mundo ha tenido que ver con ellos de alguna manera.
El que es maestro, papá, mamá, tía, tío, abuela, abuelo, vecino... sabe a lo que nos referimos. Sólo hay que atreverse a decirlo en voz alta para imaginar y confirmar lo que queremos decir con el tema de este ensayo.

¿Qué niños?, ¿Qué rumbo?

Para dar respuesta a estas preguntas que planteamos partiremos desde el punto de vista religioso. En el Nuevo Testamento se lee tanto en el Evangelio de Mateo y Lucas la historia de un niño que nos cambió el rumbo. Ese niño fue Jesús. Su madre y su padre habían subido a Jerusalén para empadronarse. Allí le llegó el momento de dar a luz y “lo envolvió en pañales y lo acostó en una pesebrera, porque no había lugar para ellos en la sala común”. (Evangelio de San Lucas 2,7.)

 

Quizás no era su tiempo ni el momento pero allí cambió el rumbo de sus padres, de los pastores: “No teman, porque yo vengo a comunicarles una buena nueva…hoy ha nacido para ustedes …un salvador…envuelto en pañales y acostado en una pesebrera” (bis.2,11-12) y de unos sabios a los que se les había revelado este acontecimiento: “y, habiendo entrado en la casa, hallaron al niño, …le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Luego regresaron a su país por otro camino…” (Evangelio de San Mateo. 2,10-12).

Después de este acontecimiento, le va a seguir otro: La huída a Egipto “…toma al niño y a su madre y huye a Egipto…” –cambio de rumbo- Herodes quiere matar al niño porque cree que éste le ha venido quitar su trono. No quiso jugársela. Cambiar de rumbo iba a ser muy drástico –después de cuatro generaciones de dinastía en el poder: Herodes Antípas; Arquéalo, el grande y este último-, los cuales tenían más claro su deseo de poder que el de servir.

Más adelante se nos contará sobre su encuentro con dos ancianos: Simeón y Ana, los cuales al ver a este niño van a decir en voz alta lo que les está provocando en el corazón y en las entrañas. “…ahora ya puedes dejar que tu servidor se vaya en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador...” (Evangelio de San Lucas. 2,29-30). Su condición, no fue un impedimento para encontrarse con el que les iba a revelar la cercanía de Dios. Más bien, esto fue el talante para decir en voz alta: “me he encontrado con él y no solo ha cambiado mi rumbo sino que cambiará el de los demás”.

Más tarde Jesús les dirá a los de su generación: “Dejen que los niños vengan a mí. ¿Por qué se lo impiden? El Reino de Dios es para los que se parecen a los niños…”. (Evangelio de San Marcos, 10,14-15) ¿Por qué se los repetía tantas veces? ¿Qué lugar ocupaban cultural, religiosa, económica y socialmente estos niños? Ellos iban marcando de alguna manera la historia y no lo sabían.

¿Los niños en su tiempo y en el nuestro ocupan un lugar significativo? La historia nos va a dar respuestas que posiblemente no acierten a lo que esperamos.

Y mientras que la historia nos responde, contestemos a esta otra pregunta: ¿Hay entre nosotros alguno que ya tiene claro esta opción por ellos desde el lugar que se encuentra? La India, Japón, África, China… lo tendrán claro? Sólo habría que echar un vistazo a los informes que nos envía la UNICEF (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia), organización que fue fundada en el año de 1946 y que desde 1954 llega a nuestro país ¿Qué lugares ocupan estos niños en los distintos sectores: salud, escuela, trabajo, etc.?

A nosotros, a los que nos encontramos de este lado de la periferia de la ciudad, compartiendo el sueño de San José de Calasanz (1557-1648), nos cuestiona la situación actual de los niños que nos llegan a esta escuela. Es una población de 426 niños y niñas. Cuarenta y seis de ellos llegan aquí de dos Casas Hogar. Otros, nos vienen de familias disfuncionales, otros (minoría) de una familia en la que aún se encuentra sin fracturas. Nos cuestiona, todo lo que cada uno lleva consigo –aparte de su mochila y su tarea-. Sus gritos y silencios, sus juegos y sus bromas, sus gestos y palabras nos van revelando sin que nos demos cuenta lo que son y lo que no son. Lo que quieren y lo que no. Pero, ¿cómo abordar esta realidad concreta que nos desborda? ¿Cómo estar con ellos si no nos vamos haciendo uno con ellos? No será que en el fondo no queremos cambiar de rumbo para no dejar nuestros “pendientes”: familia, amigos, casa, trabajo... No llegamos a creernos del todo eso de “El que reciba en mi nombre a uno de éstos niños, a mí, me recibe. Y el que me reciba a mí, no me recibe a mí, sino a aquel que me ha enviado” (Evangelio de Marcos, 10,15)


Perales, cantautor español creó una canción para decirnos al mundo lo que los niños quieren decirnos y no se animan sino es a través de una canción:

 

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