ALTEZA REAL
Minuto a Minuto

RADIO Sabersinfin.com

 

 

 

elda ruiz flores.jpg- UN MUNDO SIN LIBROS ES COMO UN CUERPO SIN ALMA -

ALTEZA REAL

Autor: Thomas Mann

Sinopsis: Elda Ruíz Flores*

También nuestro buen amigo Thomas nos ubica en un país lejano e imaginario, tal y como lo hiciera Saavedra, pero ahora nos ubicaremos en el centro del lugar donde se desarrolla la acción de la novela. Se trata de un supuesto Gran Ducado, de unos ocho mil kilómetros cuadrados de extensión territorial y un millón de habitantes de población, que no puede considerarse en un país floreciente, ya que el estado de su hacienda pública era desde tiempo inmemorial realmente lastimoso, debido a que los productos de los bosques, ferrocarriles, minas y exageradas contribuciones, principales ingresos del fisco, no alcanzaban a cubrir los gastos, y constantemente había que recurrir a los empréstitos para enjugar el déficit.

 

 

Normal 0 21 false false false ES-MX X-NONE X-NONE

 

Por lo que a la familia ducal se refiere, no era más desahogada su situación económica, sino por el contrario: arruinada y llena de deudas, puede decirse que vivía sólo de apariencias, y sus diversos palacios, incluso el de La Residencia — éste era el nombre de la capital del Ducado— ostentaban inequívocas señales de incuria y de miseria.

Dos leyendas, relacionadas más o menos directamente con la familia reinante, eran conocidas en todo el país. Según la primera, hacía más de un siglo que una gitana había pronosticado que un príncipe de la casa soberana, con una sola mano, daría a su patria más de lo que otros con dos pudieran darle. Y en cuanto a la segunda, cuyo origen y fundamento eran desconocidos, se refería a un rosal que vivía solitario en el centro de un patio del llamado "palacio viejo" de La Residencia; dicha planta daba todas las primaveras unas soberbias y bellísimas flores, encantadoras para la vista, pero sin olor, o, mejor dicho, con un tenue y repugnante olor a podredumbre, y la legendaria creencia popular aseguraba que algún día el olor de las rosas de la solitaria planta había de ser tan delicado como correspondía a su especie y a su hermosura.

En Grimmburg, ciudad cuyo nombre ostentaba la familia reinante, estaba situado el castillo donde era tradicional que vinieran al mundo los hijos de los grandes duques; y allí nace el príncipe Klaus Heinrieh, segundo vástago de Johann Albrecht III. En el cuerpecito del niño es observada la deformidad de presentar atrofiados el brazo y mano del lado izquierdo, y aunque eso no era tener "una sola mano" y además no se trataba del heredero del trono, el ministro de Estado, von Knobelsdorff, no titubea en aplicarle la leyenda de la gitana para distraer un poco con su recuerdo el negro humor del contrariado gran duque...

Con detenida minuciosidad y con una sutilísima ironía lograda por muy contados escritores, va refiriendo Mann los detalles de la infancia del príncipe Klaus Heinrieh, sus juegos, las correrías con su hermana menor, la princesita Dit-lind, "a la busca" de sorpresas por las abandonadas y polvorientas estancias del caserón palatino; las lecciones privadas y las que después recibe en el internado de nobles de la Fasanerie (otro palacio ducal habilitado para este fin) y en un curso de la universidad. Pinta el aislamiento a que se ve condenado el muchacho por su alta alcurnia, y que no le permite gozar nunca de amistosa intimidad con nadie; nos lo presenta ingeniándose siempre para ocultar la extremidad atrofiada, ignorante y curioso acerca de la elevada profesión a que, según sus preceptores, estaba llamado, y sin conseguir averiguar cuál era esa profesión, en qué consistía lo elevado de la misma y cuáles podrían ser su personal destino y su papel en la vida. Una sola persona, entre todas las que le rodean, le da pruebas de relativo afecto y le trata con igualitaria confianza: el amargado misántropo doctor Uberbein, a quien conoce como profesor auxiliar en el pintoresco internado de la Fasanerie. Este raro tipo le libra de las irreverentes burlas de que se le hace objeto al final de un baile en el ayuntamiento y le asiste con originales consejos en diversas ocasiones...

A la muerte de Johann Albrecht es proclamado soberano del Gran Ducado, con el nombre de Albrecht II, el primogénito y heredero del trono; y el príncipe Klaus Heinrieh es declarado mayor de edad a los dieciocho años para auxiliar a su enfermizo hermano, ostentando su representación en los actos en que la asistencia personal del gran duque no sea precisa. Con este motivo se le concede el derecho a usar el uniforme de capitán del ejército y el tratamiento de alteza real, que sólo correspondía al soberano y a su inmediato sucesor, en lugar del título de alteza ducal que se le daba antes, y empieza a adquirir la popularidad que su hermano desdeñaba, no por presunción—según le dijo al proponerle que le sustituyera en las funciones representativas, inauguraciones, viajes, etc.—, sino por inclinación a la bondad y a la humanidad, ya que la grandeza humana es una cosa mezquina y los hombres deberían comprender que lo natural es comportarse humana y bondadosamente unos con los otros y no avergonzarse unos a otros... Hay que tener la piel muy dura —añade en su discurso—para sufrir sin vergüenza el engaño de la grandeza; yo poseo un temperamento tan sensible que no me considero con fuerza para soportar la ridiculez de mi situación de grande; cada lacayo que se dobla a mi paso sin que yo le conceda más atención que al quicio de la puerta, me azora; y si la popularidad viniese a mí, sólo podría considerarla como un error respecto a mi persona, y yo no quiero equivocar a nadie...

            Alternando los deberes de su cargo decorativo con ratos de hastío abrumador, va transcurriendo monótona la existencia de Klaus Hein-rich hasta que, cumplidos ya los veinticinco años, viene a turbarla un acontecimiento que conmueve a todos los ingenuos ciudadanos del pequeño país: el multimillonario americano, de origen alemán, Samuel Spoelmann, con su bella hija Imma, la condesa Lówenjoul, señora de compañía de la joven; un médico y dos secretarios, después de pasar una temporada en un balneario del Gran Ducado, resuelve quedarse a vivir definitivamente en La Residencia y, a tal fin, adquiere un vetusto palacio ducal llamado Delphineort, lo remoza y alhaja con suntuosidad y se instala en él poco después. El príncipe se siente atraído desde el primer momento por la belleza, el desenfado y la originalidad de la joven Imma; aprovecha la oportunidad de una visita al hospital de niños   para iniciar el trato con ella, y no tardan mucho en ser objeto de la atención y de los comentarios de todo el mundo las frecuentes visitas de Klaus al Delphineort y sus paseos a caballo con la americanita y la condesa.

 

  1. Facebook
  2. Twitter
next
prev
next
prev

Hay 1083 invitados y ningún miembro en línea