Manos pequeñas (Artículo)
Minuto a Minuto

 

 

19 de febrero 2021


31 de diciembre de 1970 Hospital Universitario BUAP: crónica del día 365 del internado de pregrado.
7.10 AM.- Llego diez minutos tarde a mi última guardia: una eternidad para el compañero que voy a relevar. He contado cada día de este sexto año en que- se supone- íbamos a aplicar nuestros conocimientos teóricos adquiridos en la escuela de Medicina durante 5 años, bajo la tutela de los médicos tratantes. En realidad, desde la primera semana nos destinaron a carne de cañón. Los residentes (médicos en adiestramiento para la especialidad y los titulares nos tratan con un rigorismo y dureza que nada tienen que envidiarle a la disciplina militar. Los pre internos incluso somos considerados por debajo de las enfermeras supervisoras, especializadas o simplemente las veteranas.
Hay oportunidades de correlacionar las enfermedades con la teoría de los cinco años previos, pero nunca porque nos enseñen algo. Son tantos los pacientes que aprendemos por ósmosis e iniciativa propia. No siempre los buenos alumnos son los mejores médicos: esta etapa significa el Waterloo de muchos compañeros: nada menos mi amigo que llevaba 9.6 de promedio en la carrera, desertó cuando pasamos por Cirugía. No fueron las guardias sino el stress del jefe de Piso que lo reprendía con dureza a diario frente a las enfermeras, pacientes y demás compañeros (la cobarde de yo nunca lo defendí, porque en mi interior daba gracias a Dios no ser el pararrayos de su mal humor). No es que a los demás nos trataran bien: para ellos somos “separadores automáticos”, “tijeras ambulantes” o “cachadores de niños”, pero yo tenía bastante con mi dosis extra de misoginia.
A mi compañero se le ilumina el macilento rostro al verme: ¡Es libre!: mañana tienen que presentarse los nuevos egresados de 5º. Año de la Facultad de Medicina. Me entrega la guardia: sólo hay dos pacientes de un accidente automovilístico que iban alcoholizados: contusiones y heridas leves suturadas, esperan al MP. Su euforia y atención son insólitas.
- ¿Fuiste a desayunar?
- ¿Bromeas? Ingresé a seis parturientas, saqué una canica que se tragó un niño, y uno de los accidentados me vomitó encima. Tengo hambre de cama.
- Creíste que no vendría ¿verdad Alfredo?
- No, claro que no. Mira, la muestra es que mandé esterilizar ocho pares de guantes del número seis para ti.
Un problema añadido a mis prácticas rotatorias: no hay guantes de mi tamaño: tengo que ponerme dos pares superpuestos del número más chico para poder suturar. Urgencias es muy presionado: recibimos fracturados, heridos, epilépticos, niños quemados, mujeres con hemorragias, trabajos de parto complicados. Hay una ventaja: no se hacen historias clínicas, solo una nota de ingreso breve y -salvo en casos particulares- los pacientes no están más de ocho horas: o se internan en algún Servicio, o van a Quirófanos, o a su casa. Los que se quedan en observación se les hace una evolución a las seis horas.
8.30 AM.- Recomiendo a la enfermera y al secretario que vigilen a los custodiados (algunos se arrancan el suero y salen corriendo a la 23 en bata), me voy al comedor: mi último desayuno de hospital: un vaso de jugo comercial, dos rebanadas de queso de puerco, un café con leche tibio con natas dudosas sobrenadando, una torta de agua y un plátano. Tras una guardia saben a gloria, hoy sólo es combustible.
Los compañeros de piso bajan a desayunar por relevos: todos están en plena actividad: listos para el paso de la visita, pasan notas de evolución y órdenes, sacan las muestras para laboratorio, ponen sondas, cambian vendajes, hacen curaciones. El comedor cierra a las 9. Los de cirugía y maternidad tienen que ponerse piyama quirúrgico cada vez que entran o salen de su área. Nos volvemos “flash”
12 AM.- Acudimos a una sesión clínica: ni porque es 31 suspenden las actividades académicas. Después de un “Feliz Año nuevo” expone un residente el tema. Los que estuvieron de guardia en piso prefieren permanecer de pie porque sentados se duermen apenas apagan la luz. Al principio nos extrañaba que pudieran hacerlo rodeados de gente y con ruidos. Ahora podemos dormir en el piso, en una camilla sin colchoneta o en cualquier otro sitio insólito cuando el cerebro decide desconectarse sin tu permiso.
13.30 PM.- Llega el MP y dos familiares con un ajustador. Doy cuenta y razón del caso y un pariente se pone áspero y reclama mala praxis:
- ¡Tú eres una chamaca practicante!, ¿Cómo puedes decir que mi primo venía manejando borracho?
- El Laboratorio reportó intoxicación etílica. El resultado está en su expediente.
El otro familiar -una señora de edad mediana me increpa:
- Ya vi la sutura: se ve como presidiario. ¿Con esas manos puedes dar puntadas de costalero?
Me mantengo ecuánime. Siempre -desde que hice en primer año mi primera disección- mis maestros me cuestionaron: decían que no podría ser médico, ni hacer tactos, ni atender partos y menos operar con manos tan diminutas.
Doy explicaciones y controlo la situación: no hay que molestar al nefrólogo encargado de Urgencias que hoy -obvio- no se va a aparecer. Despacho tres consultas, mando una obstrucción intestinal a Medicina Interna, tres parturientas al 5º. Piso, hidrato a un niño con diarrea y pido una placa y recuento de leucocitos a una probable apendicitis.
14 PM.- Vuelta al comedor. Nos dan una ración extra de postre por la fecha: duraznos en almíbar, ¡que rico! Paso también a la lavandería donde me entregan mis uniformes limpios y planchados, con el logo del HUP y mis iniciales con marcador.
16 PM.- La guardia termina para los que velaron el día anterior. Se retiran para descansar y comentan que el año de servicio social del 72 serán libres en un paraíso rural. Los que quedamos de guardia recibimos salutaciones cómo los gladiadores en la arena: “Que la guardia te sea leve” y contestamos en el mismo tono: “Morituri salutant est”
18 PM.- Vivimos una insólita tranquilidad. La gente está en sus casas, afanados en elaborar la cena de fin de año. La enfermera veterana me alienta y voy a sexto piso a bañarme (no pude hacerlo en la mañana). El agua caliente que fluye de las calderas del hospital es relajante y el aroma del “Rosa Venus” evoca mejores tiempos. Rememoro que ningún día de estos 365 ha sido igual. El cuerpo se adapta llevado a su límite, nada hace daño. Tengo apuntados récords de partos, cirugías, horas de pie, tiempo sin dormir, sin comer, regaños, ingresos, sin embargo todos me califican al ver mis pequeñas manos cómo inepta. ¿Será verdad?... ser lacayo de internos, residentes, tratantes durante cinco años más, acabará con mi autoestima. Tal vez no solicite ninguna especialidad, mejor después del servicio social me dedicaré a la epidemiología: ahí solo se manejan números, no pacientes.
20.30 PM.- Corro a cenar: drené un absceso en tiempo récord. Me cierran la puerta en las narices: hoy las cocineras se van más temprano. Una de ellas -compasiva- me deja una colación. Tres horas transcurren en engañosa calma: un trabajo de parto, un niño con fiebre.
23.30 PM.- Mi oído entrenado distingue el lejano ulular de una sirena entre los sonidos del hospital y el tráfico externo. Tres minutos después entra al estacionamiento de Urgencias. Un hombre joven bañado en sangre grita angustiado:
- ¡Un doctor!, ¡un doctor!, ¡apuñalaron a mi hermano!
Me calo los guantes y subo a la ambulancia, cuyo olor evoca vagamente el de una carnicería. El joven color de mármol que yace en la camilla tiene el abdomen cubierto con compresas que chorrean un líquido similar al agua de Jamaica; las retiro y observo un gran tajo debajo de la costilla izquierda: hay un vaso sanguíneo palpitante emitiendo hilos de sangre, cada vez más débilmente. A través de esa ventana con una pinza de cordón umbilical aprehendo el extremo pulsátil del vaso. Tras de mí llegan enfermeras, internos y residentes – por lo visto en una improvisada cena de Año Nuevo- pues uno de ellos aún mordisquea un muslo de pollo. El paciente es transportado en la misma camilla a Urgencias donde le ponen una venoclísis y llega el cirujano con guantes puestos disparando órdenes:
- ¡Cerciórate que la pinza siga cerrada! – Me escurre sudor por el entrecejo; impreca a un residente – ¿Qué esperas para hacer una venodisección?, no podemos depender de una aguja – vuelve su atención a mí -¡mira al paciente no a mí! –amonesta a la enfermera que le puso la venoclísis: - ¿Tomaste sangre para cruzársela?: el agua no le va a hacer nada, ¿dónde está el oxígeno portátil?, súbanlo a Quirófanos de inmediato, vamos a hacerle una Laparotomía exploradora…
En ese momento el paciente se torna más lívido y parece exhalar el último suspiro, el residente mueve la cabeza negativamente con el estetoscopio puesto.
- ¡Trae el equipo rojo para intubarlo! -en el mismo tono de voz se dirige a mí- ¡aquí la asepsia y la antisepsia valen madres!: mete tus dedos, deslízalos hacia arriba y justo ahí sentirás la punta del corazón como una bolsita, dale masaje firme y rítmico…
De una manera que parece natural mi mano se desliza por el boquete tibio, recorre la curvatura mayor del estómago, a través del diafragma percibo el corazón estático bajo mis dedos pulgar, índice y cordial: aprieto, suelto, aprieto, suelto, las maniobras de intubación tienen éxito, y siento el corazón aletear como pajarillo en su jaula. Alguien lo corrobora:
- ¡Late otra vez!
- Es por reflejo eléctrico del músculo. ¡vámonos a Quirófanos!
Yo sigo con los dedos dentro y me ordena: ¡Ya puedes dejar eso! – pero tengo temor que se pare de nuevo y me quedo inmóvil: él retira mi mano con inusual gentileza -lo hiciste bien doctora: ahora me encargo yo.
12 PM.- Vuelvo a urgencias bajo la mirada de todos. Me lavo las manos y escucho los primeros estallidos: por el encristalado veo el cielo explotar en chispas verdes, amarillas, azules, violetas que contrastan con mi uniforme salpicado de rojo. Tal vez mis manos si sirvan para la Medicina.

Alicia Flores R. Integrante del Círculo de Escritores Sabersinfin
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