Cual fue el principio, tal fue el final
Minuto a Minuto

Cuál fue el principio,
Así el final.
Nada puede lograr que recordemos
La fecha, el momento
Del aquel acontecido.
Nada. Ni la memoria está despierta
Ni el pensamiento tiene fuerza,
Para hurgar en los sitios
Donde están los impulsos
Que han de llevarte a la vivencia,
O perder la inocencia
De todo lo que fue, lo que te ocultas
Porque resulta doloroso.
Y tú quieres vivir sin el recuerdo.

Te dicen que lo olvides.
Si por si mismo está olvidado.
Y sin embargo, está presente:
(Es la imagen antigua)
Ante tus ojos, en el sueño,
Vez pasar las constantes:
Los minutos, los días;
Sientes cómo las horas te rasguñan
Los intestinos, el cerebro,
Porque los intestinos piden
Los líquidos vitales,
Y no perciben su presencia.
El cerebro pregunta:
Cuándo vendrá la voz que te consuele,
Cuándo los tactos que te animen
Porque te anuncien la presencia
Y el calor, confortantes.
Ignoras la palabra, confortante;
Pero sabes qué son y cómo son
Las percepciones, sensaciones
Los efectos del tacto, del contacto.

Ese es otro lenguaje,
Es lenguaje interior,
Es el código abierto
Que viene desde lejos,
Desde que la materia
Inició sus reacciones
Al experimentar los cambios:
Este hiela, este abrasa;
Este amenaza destruir.
Y tampoco es lenguaje articulado;
Se llama sensación.

Y tú, eres portador
De sensaciones, de reacciones,
Porque en el receptáculo
En que se agrupan filamentos
Transportadores de impresiones,
Ahí se funden, se confunden,
Se retrasmiten, se intercambian
Los filamentos entre si,
Mensajes que trasportan.

Tal vez ahí todo empezó.
El resultado fue el dolor,
La desesperación,
El miedo irracional,
Que quedó como costra
Adherido a los núcleos
Ordenadores, o, diríamos:
Los organizadores.

Así puede haber sido.
¿El resultado? Tú lo sabes:
Angustias y terrores
La sensación de soledad,
Y la proclividad a rechazar,
Al mismo tiempo que a buscar
Siempre la cercanía.
¿De quién?
No sabes bien;
Pero si sabes qué: calor humano.

Después vendrán los sicofantes
A señalarte con el dedo:
¡Es él! quiere palpar;
¡Horror¡ ¡Cómo se atreve!
¿Qué, nunca le dijeron?
Que esa intención era indecente
Que eso implica pecado,
Y que el pecado es ofender a Dios?

Todo eso dice el sicofante
Metido en su cubierta ,
Caparazón mayor
Que el de veinte tortugas.
No sabe ni sabrá
Qué representa ese ancho abismo,
El monstruoso desierto que llaman soledad,
Ni conoce, tampoco
La desesperación brutal y despiadada
Por la necesidad
De palpar, de tocar
Un cuerpo que, tal vez,
Allá en lo oscuro de lo oscuro,
Representa la efigie
De quien daba sustento
Solo una vez, en el trayecto
Del sol hacia el ocaso,
Con la angustia, quizás,
La amargura y la exasperación
De no tener auxilio,
Y no atreverse a estrangular
A lo que un día llamó:
Mi bebé lindo.

Ricardo Montes de Oca, Puebla, Pue., 5-6-2012

Ricardo Montes de Oca

 

Ricardo Montes de Oca ha escrito novelas, ensayos, cuentos y poesía. Ricardo ha cursado estudios profesionales en México y Rusia.