
De Luis Manuel Pimentel
A Andrés Puig Saltarelli, in memoriam
Se vinieron los demonios y el fuego
a posarse en ese lugar de la montaña
que por un momento fue refugio, gloria, admiración.
Vieron a buscarte los otros elegidos de un mundo que
no conocías pero que te acercaste
con libros y teorías al supuesto remanso
del agua fría, donde los pies de los otros
ya no eran sus pies, sino el sueño ajeno de un lugar
donde se duerme hasta el próximo sueño.
El punto exacto que conecta los viajes dados
el puente y la carretera
para tocar tierras etéreas
junto a los espíritus familiares,
y los perros y los gatos que seguían en la memoria
de la casa, en la que ahorita estás
tendido, como una magia
que se vuelve himno del mundo prehispánico
de la sierra andina.
Pudieron pasar tres siglos y tu andar de profesor
quedó sobre la cama, donde también
le diste movimiento al cuerpo
y la sonrisa que no te dejaba quieto luego
de una frase brillante, que viajaba al Pico Bolívar
y regresaba con el gesto de alegría de un otro
que te veía en el andar rápido y a veces nervioso
entre las formas de amar.
Te acercaste para seguir cocinando
con algunas especies que se fundieron en
una botella de vino, y continuar la
fiesta eterna, a la que ayer llegaste
sin tanto alboroto,
reposado en la paz y luego de dar el todo
entre los que te rodeaban en un país
donde moverse se convirtió en pecado.
Vuelve de nuevo el Caballero que le hace
honor a su ciudad, en el andar con su niña
a caminar por el centro,
un tipo colosal, que va echando vaina por la calle
como perro dócil,
observando en el tránsito las
casas históricas que le dieron tanto.
Andrés mira hacia atrás y ve el mundo caerse
en la invisibilidad de un tiempo convulso
donde el despegar duele y causa insomnio,
no hay una compuerta en el planeta
que detenga la implacable distancia.









